Lucía Pazos: «Cando vía o mar, vía o demo»

LOBOS DE MAR | Durante 12 años, desde 1984, fue tripulante del María Esther y después, percebeira: esta es la historia de la muxiana Lucía Pazos Touriñán


carballo / la voz

«Aí está o barquiño da muller, que vén facer gas». Así se referían a ella en los muelles de Camariñas. En esa Capitanía Marítima se sacó en 1984 su cartilla de navegación, diez años después de casarse y por pura necesidad. Lucía Pazos Touriñán (Frixe, Muxía, 1956) nació labradora, pero la vida la hizo marinera y la puso a vivir frente al Atlántico, donde conoció a su marido y perdió a dos hermanos y una cuñada. Fue más o menos entonces cuando el mar se convirtió en su medio de vida y en su mayor enemigo. Ahora no va a la playa, tampoco nada. No tiene necesidad.

Aún no había cumplido los 20 años cuando se casó. Lo hizo demasiado pronto, según reconoce, y con el armador del María Esther, un barquito que su entonces novio había comprado en A Coruña, junto con un socio. Pasaron los años y su marido tuvo que comprar la mitad de la embarcación que no era suya y la convirtió en un negocio puramente familiar. Lucía pasó a ser tripulante, con todos los derechos y deberes que impone la flota artesanal, que no distingue de sexos.

Para entonces tenían una hija de diez años. Partían muy temprano y regresaban a tiempo para recogerla del colegio y darle la comida. Las tardes pasaban entre la compra, el cuidado de la pequeña y la reparación de las redes, que muchas veces se alargaba hasta la madrugada, porque entre la merienda y la cena y la atención a su hija y a su madre se le iban las horas.

El mejor regalo que le hizo a su progenitora, que enterró a un hijo de 20 años y fue abuela de un huérfano de cuatro, fue romperse una pierna. Hasta entonces la mujer no paraba de temblar hasta que ella regresaba a casa. Aquel día llegó más tarde, después de pasar por el hospital de Cee. Saltando de una roca a otra, muy cerca de donde se perdieron sus hermanos, Lucía dio un mal paso y no llegó a caer al mar, pero se fracturó tibia y peroné, una lesión fea, con mal arreglo, y que la alejó de los percebes para siempre, para júbilo de su madre. Y eso que siempre fue capaz de regresar a casa. «Tivemos moitos golpes de mar, moitos sustos, pero a Virxe da Barca sempre mirou por nós, nunca nos pasou nada», explica.

Recién casada, el mar se llevó a su hermano de apenas 20 años; antes, a su padre, y tiempo después, en la misma zona, una ola engulló a los padres de su sobrino. Ella lo sujetaba a él y ambos murieron: «Cando vía o mar, vía o demo».

En teoría, su vida no debería haber sido así. Era todavía muy pequeña cuando la suerte de la familia se torció. Sus padres eran caseros en tierras de Frixe. Trabajaban para señores que estaban en Argentina y que los habían mandado llamar. Ya tenían los baúles hechos para abandonar la miseria que era entonces Muxía para una gente sin fincas que cultivar cuando la señora murió y todo el plan se vino abajo.

De allí se fueron a Morquintián, siendo todavía agricultores. Iba con sus amigas a por algas, para vender o para abonar la tierra. Un día, en las rocas, vio a un joven en una lancha y lo llamó para que la acercara a una zona donde el argazo era más fino. Él lo hizo y desde ese día ya no tuvo que llamarlo más. Ya vino por su cuenta.

Más o menos por entonces todos se mudaron a Muxía y «empezou o noso calvario», la historia de pérdidas y luchas para salir adelante con lo que el mar ofrecía, más o menos lo que sigue ocurriendo ahora en una localidad todavía muy volcada en la pesca y el marisqueo.

En Muxía, como en otros puertos, hay muchas mujeres enroladas, pero ninguna ejerce de marinera. Están vinculadas a la pesca y al marisqueo desde siempre, por familia o por matrimonio, y las hay percebeiras, pero no andan a los miños y los trasmallos.

«Todo o mundo que vén aquí flipa. A temperatura é cambiante e por iso é tan bonito»

A Lucía Pazos no le gusta el mar que le ha dado de comer tantos años, pero tampoco la playa, y no porque tenga arena y agua, sino por el sol. Detesta el calor, por lo que sorprende que se haya ido de viaje a Almería. Allí, en una tienda de recuerdos, se dio cuenta de que no le hacía falta viajar por el mundo para disfrutar. «“¿A qué vienen aquí?”, dixo o señor da tenda, “si lo más bonito lo dejaron allí, en vuestra tierra”», explica. Fue una especie de epifanía que la tiene anclada a Muxía. «Todo o mundo que vén aquí flipa. A temperatura é cambiante, por iso é tan bonito», asegura rotunda.

Su madre estaba convencida de que los viajes del Imserso respondían a un plan maquiavélico del Gobierno para deshacerse de los pensionistas. Los accidentes de autobús la hicieron sospechar. Lucía dice que se reían mucho con la ocurrencia, pero no puede evitar pensar si algo de razón no tendría.

De su nacimiento guarda el amor por los animales. «Gústanme moito as vacas, as ovellas, os cochiños... Cando os vexo quedo mirando un bo cacho», explica. Cuando aún no existía lo vegano ella casi lo era ya. «Choraba polos cuchos e non podía escoitar ao porco berrar cando había a matanza. Marchaba a correr», recuerda. «Non entendo como se pode comer un animal que criaches», señala, lo que demuestra que tiene poco de labradora y que su pasión por las especies domésticas es muy poco del rural y sí de la gente de la costa, que no tiene que tratar con los animales a diario.

Ahora anda algo cansada por el calor. Como muchos gallegos, prefiere la lluvia al sol. Pero eso es ahora que está prejubilada, porque cuando andaba con los trasmallos o en pos de los percebes prefería que el agua solo estuviera debajo.

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