«Nueve veces estreché la mano al papa Pablo VI»

Celso Alcaina, con raíces en Muxía, narra cómo fue su estancia en el Vaticano como oficial del Santo Oficio

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Me pedís que cuente algo de mi excepcional actividad en Roma. Mi nombramiento para el cargo de oficial del Santo Oficio se produjo de forma inesperada. Yo había estudiado en el Seminario de Santiago, en la Universidad Comillas y en el Instituto Bíblico de Roma. Concluidos mis estudios de Teología y Ciencias Bíblicas, defendí mi tesis doctoral.

El papa Pablo VI quería internacionalizar la curia después del Concilio Vaticano II. Llamó a varios rectores de colegios para saber de posibles candidatos. El rector del Colegio Español sugirió mi nombre. El cardenal Ottaviani, prefecto del Santo Oficio, me llamó. Una entrevista cordial. Naturalmente en italiano, pero me hizo hablar algo en francés y en inglés. Pidió el consentimiento del cardenal Quiroga, del que yo dependía. Una semana después, Pablo VI firmaba mi nombramiento. Ocho años de servicio al Papa y a la Iglesia católica. Hasta que decidí respirar nuevos aires.

La primera vez que entré en el Palazzo sentí un estremecimiento indescriptible. Más de cuatrocientos años de historia. Una historia sangrante. Herejes perseguidos y atormentados por la vieja Inquisición. En sus sótanos languidecieron muchos cristianos y cristianas por sus opiniones de vanguardia o por realizar cultos ahora inocentes. He escrito sobre Giordano Bruno. Pasó ocho años en las mazmorras del Palazzo sometido a tormentos. No abjuró de sus convicciones (heliocentrismo y otras). Fue quemado en la Piazza dei Fiori en 1600. También Galileo Galilei ocupó los mismos sótanos. Se salvó de la hoguera porque abjuró de boquilla: Eppur si mueve. Casualmente, mi vivienda, dentro del mismo Palazzo, estaba exactamente sobre dichos sótanos-mazmorras, ahora abandonados.

El Concilio Vaticano II decidió echar tierra sobre los desmanes de la Inquisición. Pablo VI pretendía llevar savia nueva al departamento heredero de la Inquisición. No fui yo solo. Entraron conmigo otros cinco jóvenes procedentes de varios continentes. Incluso un maronita del Líbano. Mi cometido era examinar las publicaciones de tema religioso, sobre todo las de lengua española. Los procesos a teólogos se dulcificaron. No lo suficiente. La inercia de una institución centenaria ahogó las expectativas del Vaticano II. Pablo VI, tímido, indeciso, no supo o no pudo enfrentarse a una curia siempre potente. Es la intendencia de la Iglesia.

Desaparecido el moderado Montini, el Santo Oficio volvió a mostrar sus dientes. Durante el pontificado de Juan Pablo II, cientos de teólogos fueron censurados y acallados. Tuvo que venir Francisco para dar por finiquitada la Inquisición.

En mi cerebro quedó incrustada la escena de mi primer día de trabajo en el Palazzo. Mi primera desazón. Ante el cardenal Ottaviani tuve que pronunciar el juramento antimodernista. Una lectura en latín de un texto dictado por el papa Pío X contra la teología modernista. Hacer ese juramento era preceptivo para todo clérigo o laico que iniciara un cometido en la Iglesia. Algunos de los teólogos modernistas o sus discípulos habían participado como expertos en el Concilio.

Unas nueve veces tuve ocasión de estrechar la mano de Pablo VI y hablar con él. Mis padres, que me acompañaron durante un par de años en el Vaticano, y también mi sobrina, fueron recibidos por el Papa en audiencia especial. Desde mi apartamento podía contemplar la Plaza de San Pedro. Muchos de los dossiers eran redactados por mí y enviados al Papa. Monstini los devolvía con anotaciones marginales y con muchos signos interrogativos. Una muestra de su carácter dubitativo.

DNI. Celso Alcaina. Funcionario en la Delegación del Gobierno en Madrid durante 20 años, profesor en la Universidad Comillas, traductor en la FAO, fiscal en Nueva York, colaborador en varias ONG... El currículo de Celso Alcaina es tan amplio que resulta complicado de resumir en apenas unas líneas. El relato sobre su estancia en el Vaticano, que resume en estas líneas, lo plasma también en su reciente obra literaria Roma Veduta. Monseñor se desnuda.

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