La Barca se inundó de lirismo

El santuario retumbó con Amancio Prada y la interpretación del poema que Lorca dedicó a la romería


carballo / La Voz

El mar hervía a cachón en la punta de A Barca, como si quisiera arrasar de nuevo el santuario. Dentro, ausente a los desvaríos de las aguas, la voz de Amancio Prada llenaba el templo con una marea de lirismo. Muxía vivió el domingo por la tarde un momento para la historia. Una jornada de reafirmación muxiana. Como si un ángel bajase a cantar la poesía del pueblo en el lugar de los rezos y las plegarias. El berciano se ganó al público desde el primer momento, con Nosa Señora da Barca. A la primera ya le cayeron un manojo de claveles blancos. Al acabar la pieza, se levantó y se giró hacia la imagen de la Virxe, como si le ofreciese su guitarra. Este gesto de respecto le valió otra salva de aplausos.

Fue mucho más que un concierto. La poesía de Rosalía y Lorca entró de lleno en el templo como desagravio a su destrucción por rayos y temporales. Amancio Prada arrancó diciendo que había «soñado moito» con ese «momento» y ese «lugar». Con Campanas de Bastavales la emoción empezó a inundar la ermita. Más claveles. Semejaba que la voz del cantante y los versos rosalianos hubiesen sido creados adrede para el santuario y todo lo que envuelve.

Se acordó del carnotán Teófilo Caamaño y sus historias de marinero, el barco de tres palos y las coplas al vendaval, relatos épicos de pescadores que los pueblos como Muxía llevan grabadas muy dentro. Fuera, el mar continuaba embravecido, pero dentro el clima espiritual hacía navegar al público en un remanso de paz. Siguió Pra Habana y con ella más claveles. Con el mar fuente de vida y de muerte llegó Lorca y, luego, la cantiga de Mendiño. En ese momento, el sol entraba por la vidriera del pórtico e iluminaba a la vez el rostro del cantor y el sagrario. Como si el cielo quisiera sumarse al acontecimiento, un concierto para escuchar con los ojos cerrados. También los trovadores tuvieron su vez, con Leliadoura, la tradición, con Ver bailar Carmiña; la Canción de cuna para Rosalía de Castro, morta, de Lorca: «Érguete miña amiga que xa cantan os galos»; A dama e o cabaleiro, de Cunqueiro; Pondal y sus pinos, y de nuevo Rosalía, con Como chove miudiño. El público ya estaba entregado. La emoción y el lirismo habían inundado por completo la ermita. Se oían bravos y halagos entre pieza y pieza. Hasta la apoteosis. El coro de la localidad, que ya había intervenido antes del concierto, se levantó para acompañar a Amancio Prada en la interpretación por primera vez en Muxía de Romaxe da Nosa Señora da Barca, de García Lorca, y el santuario retumbó: «Ruada, ruada, ruada...».

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