Sabemos qué pájaros picotean el grano


Cuando la ilusión colectiva enferma, la sociedad ya puede ir reservando cama en el hospital e ir ahorrando para el ataúd y la sepultura. La campaña electoral nació moribunda, con la gente distraída por el cansancio y la falta de esperanza en que los dirigentes sepan o puedan ofrecer soluciones y darle gas a la máquina del Estado. El temor o la amenaza de que la ingobernabilidad persista se ha metido hasta la médula ósea e incluso ha provocado la reducción de la frecuencia cardíaca en la vida ordinaria de nuestras instituciones o incluso en la calle. Los concellos se han contagiado de esta situación, y en sus pasillos se palpa un estado de ánimo entre la desidia y la impotencia que está calando en el cuerpo político local, que parece ir cayendo en un erial sin ideas propias y originales que puedan sacar esta comarca de la depresión y la desertización poblacional que la asola. Lo que decía José Manuel Iglesias, ese iluso que llevó Galopín al éxito: «Hay que crear una relación fluida entre cultura, creatividad e industria». Pero aquí parece que, en general, andamos a otras cosas. Ocupados o distraídos en la medianía, la reiteración y la queja permanente por los muros de la burocracia. Y en esta situación, congratula que haya gente como la brasileña Andréa Prestes, que hizo el Camino Portugués hasta Fisterra y Muxía y que lanzó una publicación con fotos de su aventura, o los promotores del concurso de pintura de Cabo Vilán. Por citar dos casos de ayer. En Camariñas han convertido el faro en fuente de luz y universalidad. Un imán para atraer creatividad y visitantes. Un esfuerzo ímprobo casi nunca correspondido. Ojalá el hastío no las detenga. No hay que olvidar que cada libro y cada cuadro es un mensajero. Como una paloma invisible que lleva la imagen de la Costa da Morte hasta lugares insospechados. La idea de un espacio con hechizo que merece la pena adentrarse en él, como cuando en los cuentos uno se imagina siguiendo al hada que se mete en un bosque encantado. Esa y otra gente, que es mucha, trabaja sin descanso por su pueblo y su entorno sin dedicaciones exclusivas, concejalías, sueldos ni reconocimientos, como si por naturaleza estuviese obligada a hacerlo y sin que los demás quieran subirse al carro de la ilusión colectiva. Convendría que se le dieran las vitaminas que necesitan para que no desfallezcan. No tenemos nada más valioso que el tiempo, y no hay mayor generosidad que entregárselo a los demás. Lo malo es que en los concellos no siempre se ve, ni apoya toda esta labor convenientemente, o por lo menos no en todos. Como los que ayer salieron a limpiar playas: tarea que parece ajena al poder municipal en muchas localidades. En general, no se entienden los consistorios como el campo ideal para formar los equipos del pueblo. Esos que juegan y sudan la camiseta para darle ritmo y vida a la sociedad. La política tendría que servir para solucionarle los problemas al pueblo, a la gente, o por lo menos a una mayoría. Claro que los ayuntamientos tendrían ser espacios para el entendimiento. Sobre todo aquellos en los que se vive una crisis más profunda. Es muy difícil avanzar sin que todos remen en una dirección en los asuntos clave. Aquí se necesitan los esfuerzos y las ideas de todos, no solo los de un bando. La ilusión de los nuevos y la experiencia de los veteranos. Perder o ganar unas elecciones solo indica quién ha de llevar la batuta, pero todos deberían tocar. Ya se sabe que suena a utopía sabiendo qué pájaros picotean el grano, pero es una esperanza necesaria.

Una meca de las sensaciones

La mejor marca de Carballo, además de la multinacional Calvo, es la ilusión. Y dentro de ella hay dos productos que cotizan muy alto en la bolsa de la imagen en ese espacio sin fronteras, según para qué, que ahora es el mundo. Uno es el Derrubando muros con pintura o el Rexenera Fest, o como se quiera llamar este viaje desde el feísmo más agresivo hasta el museo al aire libre abierto las 24 horas del día. Un viaje que parece que ya no tendrá retorno. Carballo se ha subido a un tren que lo puede situar como una de las mecas de las sensaciones, esos destinos ineludibles marcados por la flor de esas ilusiones nuevas, lo que suele ocurrir cuando se deja que la creatividad cobre el protagonismo de la vida. Una buena gestión de este movimiento puede reportarle en el futuro a la capital de Bergantiños pingües beneficios desde el punto de vista social, artístico, urbanístico y, sin duda, económico. El otro producto es el FIOT: 25 años superando las fronteras a base de fantasía. Cuando Carballo suena, arte lleva. El teatro creció junto al Anllóns como la hierba de las praderas que baña y ha ido llegando tan lejos que está haciendo pequeño el Pazo da Cultura. No es descabellada la idea de Sueiro de la necesidad de ir pensando en habilitar más infraestructura en el futuro. Los sueños, sueños son, pero a veces se van haciendo realidad.

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