Del ascenso al monte Cachelmo a la última luz de Europa

La etapa Muxía-Nemiña es una de las que ofrece mayor dificultad de la ruta

El monte Cachelmo peina el viento entre la playa de Lourido y Punta da Buitra.
El monte Cachelmo peina el viento entre la playa de Lourido y Punta da Buitra.

santiago / la voz

El monte Cachelmo es uno de los nombres propios del Camiño dos Faros. Un lugar con magia. A este promontorio que peina el viento entre la playa de Lourido y Punta da Buitra, en Muxía, se asciende por una empinada senda de 750 metros, perdiendo el aliento a cada paso. En lo alto, la recompensa consiste en besar el cielo y contemplar una de las mejores panorámicas de la Costa da Morte, la que permite tocar con los dedos el cabo Vilán, el minimizado santuario de A Barca y la punta donde Europa apaga la luz de la tarde: Touriñán.

Es recomendable que la pausa para recuperar el latido dure unos minutos y deje tiempo a recrear la negra leyenda que guarda el monte en sus entrañas, la de una bella dama y su bardo que pareció componer las notas del mar enrevesado que se estampa contra la furna da Buserana cuando hay temporal.

La séptima y penúltima etapa del Camiño dos Faros, que enlaza Muxía con Nemiña (24,4 kilómetros), es seguramente la que ofrece mayor dificultad de toda la ruta. Conviene dosificar las fuerzas. El pasado domingo la recorrieron 261 trasnos y no fueron precisamente pocos los que aterrizaron con sus posaderas por la pronunciada bajada que salva la altura de 269 metros que hay entre el monte Pedrouzo y la playa de cantos rodados de Moreira.

La etapa arranca justo en la playa de O Coído, en Muxía, la zona cero de la marea negra del Prestige, y recorre con el suficiente relajo el arenal de Lourido como para que los senderistas se hagan preguntas sobre las impactantes obras del parador de turismo que se come la ladera. Al momento, asciende por una pendiente del 23 % a lo alto del monte Cachelmo, coronado por lo que el Plan de Ordenación del Litoral (POL) de la Xunta identifica como el yacimiento «defensivo» de las Pedras Miúdas, pero que el antropólogo Manuel Vilar Álvarez cree que son los restos pétreos de un facho. Es decir, un antiguo faro. Muy apropiado para una ruta que recorre algunas de las mejores construcciones de este tipo que hay en Galicia.

Después de Cachelmo, todavía aguardan 10 kilómetros más de respetables subidas y de bajadas de vértigo que llevan al caminante al borde de la aislada playa Arnela, por pinares en repoblación, por la ventosa Punta da Buitra en la que solo crece la queiruga y el toxo raso o la esforzada subida al Pedrouzo, avanzando entre helechos de talla humana, pinos fornidos y varas de avellano.

De este relieve brusco, que sube y baja del mar al cielo, tomaron buena nota el domingo las periodistas holandesas Nanda y Margriet, de la revista especializada Op Pad (En el camino), invitadas a conocer la ruta por la Axencia Galega de Turismo, Turespaña y la asociación de trasnos. En su retina se llevaron una buena ración del agreste paisaje de la Costa da Morte. No hay olvidar que, en Holanda, para asomarse a un acantilado hay que viajar, como mínimo, a las islas británcias y la montaña más cercana son las Ardenas belgas.

A partir de la playa da Moreira, los repechos de la ruta se suavizan y la luz del Atlántico lo domina todo, cediéndolo solo un poco de protagonismo al faro del cabo Touriñán, «o dedo mais longo da galega man», como escribió López Abente. Este es el Ara Solis del Camiño dos Faros, un punto propicio para relajar las piernas y perder la mirada en el horizonte. Si se tercia. Porque siempre hay algún trasno, como los noieses Noelia Pedrosa y su padre Jesús, que no andan, vuelan. El domingo arribaron a Nemiña primeros, tres horas antes de lo previsto. Es lo que tiene esta ruta, que cada uno marca su ritmo. Ya el vistoso paisaje se encarga de marcarles a todos el alma.

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