José Varela: «Con cinco años vendía vino con mi madre en la mina de Varilongo»

Personas con historia | Con 20 años se fue a Argelia con un hermano al que no había conocido por la guerra


Carballo / la voz

José Varela Rodríguez (Malpica, 1932) fue patrón de barco durante cuarenta años por el Mediterráneo. Pero antes, desde los 9, se curtió en el mar de Malpica sin poder apenas ir a la escuela.

Él era el menor de seis hermanos y siendo casi un bebé se quedó huérfano de padre. «Con cinco años iba con mi madre a la mina de Varilongo a vender vino al mediodía, y también caña de la blanca», narra José. «El hermano mayor, que era el que le podría haber ayudado algo, lo llamaron para la guerra y, de hecho, lo conocía por fotos solo», añade.

Al ser su madre viuda se libró del servicio militar y, a los veinte años, partió hacia Argelia para conocer a su hermano, que vivía a unos 100 kilómetros de la ciudad de Orán. Esa decisión no sentó muy bien a una novia suya que tenía por aquí, pero enseguida José conocería a la que hoy es su mujer y con la que tiene dos hijos en común.

En el norte africano estuvo durante diez años, también viviendo del mar. Pero todo se torció en 1962, cuando finalizó la Guerra de Independencia de Argelia y los franceses tuvieron que abandonar su colonia. «Cogí a mi mujer y a mi hijo de dos años y nos fuimos rápido de allí», apunta el malpicán, que no se llevaba del todo mal con la población árabe, pero que aun así

Se instalaron en Santa Pola (Alicante), localidad en la que lleva afincado ya 58 años. Al llegar allí se hizo con un barco para ir empezando, pero enseguida se construyó uno más grande y dirigió su propia tripulación, con la que iba al arrastre pescando gambas, cigalas, langosta... «De todo tipo de mariscos y pescados, y por diferentes lugares como Almería, Sevilla...», recuerda.

Apenas dos años después de instalarse en la costa alicantina protagonizó una gesta que le valdría la Cruz del Mérito Naval con Distintivo Blanco, con un diploma firmado por Franco y entregada en por parte del comandante de la Marina.

Cuatro o cinco barcos con base en Santa Pola -entre ellos, el suyo- habían sido derivados a faenar en la costa argelina, que el malpicán conocía como la palma de su mano tras surcarlas durante sus diez años de estancia en el país africano. Estaban, en concreto, en el antiguo Nemours (hoy Ghazaouet): «Un día había muchísimo poniente, pero nos atrevimos a salir porque yo ya había sido patrón en la zona durante varios años y la conocía bien», recuerda José. Entre tanto, se toparon con una tragedia: una pequeña embarcación había sufrido un percance y 2 de sus 16 tripulantes habían fallecido al salir a pedir auxilio. Él salvó a los restantes: «Les tiramos un bidón de aceite vacío para que el viento no se llevase la lancha y los remolcamos. Aquello era todo aplausos en aquel momento», rememora. Aparte de la medalla, les brindaron dos o tres días de fiesta para agasajarlos por su gesta.

Pero no fue la única. José siempre contó con el aprecio de las autoridades marítimas, pues ayudó siempre en situaciones de riesgo, como cuando auxilió al barco del presidente argelino cuando le faltaban apenas 200 metros para llegar a la playa y no tenían nada para amarrar la embarcación. Esa buena fama y el aprecio que se ganó durante sus años de profesión hicieron, incluso, que se librase de pagar alguna que otra multa, según cuenta.

En sus años más prolíferos lo apodaban el Cordobés, en referencia al torero. «Me decían: ‘‘Ahí viene el cordobés lleno de pescado''. No se me escapaba nada y, además, siempre tuve mucha suerte. Estaba acostumbrado al mar de Malpica, con lo que el resto no se me hacía nada», bromea.

Eso no quita que no haya tenido algún que otro susto en sus cuarenta años de patrón. Como cuando, a la altura de Casablanca, encontraron una vía de agua en el barco que tuvieron que tapar con una manta hasta llegar a puerto. De ahí, corrió a Comandancia porque el buque se iba, literalmente, a pique en el pantalán. «Sustos siempre hay. Del mar nunca debe uno fiarse, porque al final acabas con la vida de los tuyos», dice tajante.

Incluso es crítico con su hijo, al que prestó su barco en una ocasión y que pasó lo suyo en el estrecho de Gibraltar: «En esa zona hay mucho levante y hay que tenerlo controlado. En un momento le pegó un golpe y se quedó con el timón en la mano; todo lo demás, voló. Siempre le digo que eso fue un despiste, porque al mar hay que tenerlo muy estudiado antes de surcarlo», asegura.

José pasa estos días sus tradicionales vacaciones en Malpica, lugar al que vuelve siempre que puede y con el que guarda una estrecha vinculación. Agradece el buen tiempo; ya que, acostumbrado del clima levantino, siempre le parece «que el verano no da llegado a Malpica, con tantos días de nordés», bromea.

Tiene 88 años, pero no quiere quedarse ahí. Quiere continuar con la carrera de fondo: «Tengo un cuñado de 94 años y yo le digo siempre que le tengo que ganar al menos 10. Lo malo de todo eso sería quedarme sin mi mujer por el camino. Preferiría irme yo antes, lo tengo claro», asevera.

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