Hola, soy la Constitución


Rocío es sevillana de toda la vida, le encanta su ciudad y disfruta de sus fiestas como nadie; Juan es de Malpica y le encanta el fútbol. Ambos van a casarse y, aunque él era más partidario de hacerlo en el juzgado, ha aceptado para contentar a sus futuros suegros. Ante el cura, el día de la boda ambos están felices y Rocío luce esplendorosa con su traje flamenco lleno de volantes.

Llegado el momento crucial el cura pregunta a la novia si quiere a Juan por esposo y esta, con lágrimas en los ojos, le contesta: «Por la Virgen del Rocío y la manzanilla, si quiero». Acto seguido el oficiante pregunta lo mismo a Juan y este le responde: «Por imperativo familiar y por el ascenso del Bergantiños, si quiero». El cura, atónito ante las respuestas de los novios, contesta: «Yo os declaro marido y mujer. Podéis besaros, mamarrachos».

Obviamente, es una historia inventada pero por extraña que les parezca es bastante similar al espectáculo que presenciamos en la sesión del Congreso en que los señores diputados debían prometer o jurar la Constitución Española para hacer efectiva su condición de parlamentarios. Cada uno hizo lo que le dio la real gana, convirtiendo la llamada «casa de todos» en una feria. «Por la república, por España, por los presos, por el planeta», etc., solo faltó el ¡Viva Honduras! de Trillo.

Al parecer, la presidenta del congreso amparó este bochornoso espectáculo en base a una sentencia de los tribunales que, aunque no la he leído, viene a decir que siempre que se termine con lo sustancial, el juramento o la promesa son válidos; pues no estoy de acuerdo. Si esto es así yo prometería diciendo: «Cuando salga de aquí me voy a tomar una cervecita y unos calamares que os vais a enterar. Si prometo». Espero que el citado tribunal se pronuncie sobre la validez de mi constitucional aceptación.

Nos hemos acostumbrado a tal degradación de la política, a la falta absoluta de educación, que consideramos como normal cosas que no lo son. Que entre los ciudadanos existan mamarrachos o amantes de la bronca no quiere decir que deban estar también entre nuestros representantes políticos; un mínimo de respeto a los votantes, y al reglamento de la cámara, son requisitos mínimos para un trabajo bien pagado que nadie les obliga a aceptar. Utilizar esas fórmulas para acatar la Constitución no es progresista ni reaccionario, no es de derechas ni de izquierdas, no es nada, solo retratan el nivel de quienes las usan. Echen un vistazo al pasado, recuerden a Ernest LLuch, a José Antonio Labordeta o José María Maravall y convendrán conmigo que, salvo excepciones, cada vez hay en los escaños más zafiedad y menos cabeza, más postureo y menos solvencia intelectual.

En fin, como diría Forges: «¡Hola soy la Constitución! ¿Passa con vosotros?»

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