Primera y segunda convocatoria


No sé de ningún pleno que haya comenzado a la hora fijada para la primera convocatoria y a estas alturas a ningún concejal se le ocurriría presentarse cuando, supuestamente, debería iniciarse la reunión. Lo mismo sucede en las asambleas de asociaciones o en las de comunidades de vecinos. La segunda convocatoria está pensada por si alguien llega tarde, pero la realidad es que todo el mundo lo hace.

La falta de puntualidad no es un mal endémico de la Costa da Morte, pero aquí crece vizosa. El domingo en Malpica, el acto que debía comenzar a las cinco y media lo hizo casi 45 minutos más tarde. Lo habitual es que las actividades empiecen con retraso, lo mismo una fiesta que una comida o un concierto. Lo más curioso es que a nadie parece importarle y uno solo se apercibe de esta situación cuando va corto de tiempo y debe atender a varias cosas. Es posible que por esperar por una no llegue a las otras.

La impuntualidad pone de manifiesto la ausencia de previsión, una escasa capacidad de organización y, lo que es mucho peor, la falta de respeto por la gente y su libre albedrío. Los que llegan tarde no valoran de igual modo su tiempo y el de los demás, no son capaces de ponerse en el lugar del otro y limitan su libertad.

Algunas personas creen que hacer esperar a los demás es signo de distinción, de importancia. No es así. Llegar tarde solo es sinónimo de falta de educación y de desprecio por la persona que espera.

Tal vez haya que volver a reunirse en primera convocatoria para ir acabando con las malas costumbres.

A veces, no se trata de hacer esperar sino de interrumpir. En varios auditorios de la zona cierran las puertas para impedir que los impuntuales estropeen un concierto o una actuación, pero cuando no lo hacen es habitual que el público vaya llegando... No es un problema con la cultura, sino de cultura porque también llegan tarde a la misa o a un funeral.

Hay que esperar por una rueda de prensa, por una conferencia, por una representación, por una fiesta e incluso por un pregón. Raro es que las cosas empiecen a su hora. Toda esta cuestión sería muy fácil de solucionar si todo se prepara con antelación y, sobre todo, si llegar tarde estuviera mal visto.

Tampoco hay que pasarse y hacer como Fraga, que llegaba antes de tiempo a todas partes, porque se puede ser impuntual por exceso o por defecto.

Lo peor es que es algo que se contagia y cuando uno se cansa de esperar acaba llegando más tarde a los sitios para no verse obligado a aguardar. Así se entra en una espiral de retrasos sin fin... Ir tarde por si el otro va tarde no parece una buena política.

Autor Cristina Viu CIUDADANA

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