«No tren militar cara o Sáhara todos levabamos comida, eu tiña percebes»

El responsable de la fábrica de hielo de Malpica, Antonio Romay Pérez, pertenecía al último reemplazo español en El Aaiún. Empezó la mili un mes antes de morir Franco

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Carballo / la voz

El malpicán Antonio Romay Pérez que ahora tiene 62 años empezó la mili el 20 de octubre de 1975, justo un mes antes de morir Franco. Como a muchos otros gallegos su destino fue El Aaiún. Le duró poco porque el 6 de noviembre 50.000 ciudadanos marroquíes cruzaron la frontera y acamparon en territorio español. Ya pasó la Navidad en Sevilla después de haber participado en la evacuación de la zona.

El era solo un recluta, pero las extraordinarias circunstancias que tuvo que vivir hicieron que su mili fuera todo menos normal. «Aínda non xuraramos bandeira e xa nos mandaron catro días ao deserto, armados», explica. Dormían sobre la arena, bajo una lona, en condiciones extremas. «Tiñamos unha cantimplora cunha marmita na que nos botaban a comida. Tiñamos que limpala cun cacho de pan, porque a auga só era para beber», recuerda.

El nerviosismo entre la tropa era enorme y para chavales de solo 20 años que un mes antes estaban tranquilamente en sus casas el cambio fue enorme. «O peor eran as guardias de noite, no deserto non se vía nada de nada e pasabas moitos nervios». Alguno los llegó a perder: «Cando oías un ruido tiñas que pedir o santo e seña e se non cho daban, empezar a disparar. Unha noite un compañeiro púxose moi nervioso, creo que había un can e como non lle respondía empezou a disparar. Tiña o Cetme en ráfaga e aquilo non paraba. Creo que foi un teniente o que veu por detrás e quitoulle a arma. Menos mal porque puido haber unha masacre».

La aventura de Antonio Romay, que es el responsable de la fábrica de hielo de Malpica, comenzó ya en el viaje en tren a Madrid, un trayecto que duró 24 horas. Todos los reclutas llevaban un paquete de comida para el viaje. Él también. «Tiña unha veciña que era percebeira e deume dous quilos, cocidos». Además, en el ya desaparecido bar Isidoro, donde solía parar, le regalaron dos botellas de ribeiro. Nada más llegar a Madrid los arrestaron. Le habían cortado el pelo a un chico que se había añadido al grupo coruñés en la caja de reclutas, entre otras andanzas, hicieron que el trayecto casi les pareciera demasiado corto. Después de darles un huevo cocido como cena, los embarcaron en un Hércules en el aeródromo de Getafe y cuando se bajaron en El Aaiún les pusieron «vinte vacunas como mínimo».

Antonio Romay apenas pasó dos meses en El Aaiún, pero la mayor parte del tiempo lo dedicó a la evacuación de las pertenencias de los españoles de allí. Pasaron días y días embarcando vehículos particulares y militares en barcos «grandísimos», que llegaron hasta las instalaciones construidas para exportar el fosfato que salía de las minas de Bucraa, el verdadero motivo del interés de Marruecos por la zona. A mediados de noviembre, los reclutas ya casi no hicieron otra cosa que preparar la marcha de España del Sáhara. Antonio Romay solo tenía 20 años entonces, pero ya se dio cuenta de que muchos de los habitantes de esa zona, entre los que había muchos soldados saharauis, quedaban completamente indefensos. «Moitos non querían que marcharamos, pero había outros aos que non lle gustaba que estiveramos alí. Tiveron que marchar a campos de refuxiados e aínda seguen alí e xa pasaron 42 anos diso», explica.

«Había un cine e bares con chicas»

La vida en el campamento no fue nada fácil. Vivían en barracones de madera, en literas de cuatro pisos. Antonio Romay estaba en el último, pero no le salvaba de los bichos. «Había moitos chinches, enormes, eran máis grandes ca velutina esa», señala.

El agua era un bien tan escaso, que una vez a la semana podían pasar por las duchas, aunque el agua era bastante salada, pero lo habitual que fueran al mar a bañarse. ¿Con jabón? «Non iso non sabiamos nin o que era», repone Romay Pérez, que es el único funcionario que queda en la Cofradía de Malpica.

Tuvo la suerte de encontrarse allí con Arturo Quintela, de Xoane, que era instructor de reclutas. Lo conocía porque se había casado con una chica de Seaia. Fue su salvación. «Tiña unha jaima e buscábase a vida, ao mellor conseguía un polo ou facía unha tortilla. A cea non era obrigatoria, só a comida, e tiñas que amañarte», explica. Reconoce que sintió una gran tristeza cuando se enteró del fallecimiento de Arturo Quintela, que se licenció antes que él. Ambos compartían los paquetes de comida que llegaban de casa, «con xamón, chourizo, queixo... Percebes non, que non chegaban moi ben alá», bromea.

También recuerda el calor intensísimo, con hasta 50 grados aquel octubre de 1975, y los paseos por El Aaiún. «Había un cine que se chamaba Las Dunas e bares con chicas que eran de españois sobre todo de canarios. Había onde divertirse», recuerda. Él tenía ya novia, con la que se carteaba casi a diario y que después se convertiría en su esposa.

Pero lo más curioso eran los baños en el mar. No olvidará Antonio Romay la expresión de los que veían por primera vez el mar, que eran muchos, ni del miedo que les daba adentrarse en él. «¡Dios mío, cuanta agua!, dicían os pobres».

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