«O mar non me quixo»

Manuel Lema Fariña, «Cances». Durante más de cuatro decenios, fue percebeiro, uno de los mejores de la Costa da Morte. Con lo que obtuvo  por la venta de los crustáceos sacó adelante cinco hijos. Ganó mucho dinero. «O primeiro día fixen 40 pesos», recuerda. Comenzó en las rocas de niño para poder comer «castañas de castiñeiro asadas»

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«O mar non me quixo» Manuel Lema Fariña, «Cances», empezó en las rocas de niño para poder comer castañas asadas. Durante más de cuatro decenios fue uno de los mejores percebeiros de la Costa da Morte

carballo / la voz

A Manuel Fariña todo el mundo lo conoce por el apodo de Cances. El primero fue su bisabuelo, que llegó a Barizo (Malpica) desde la parroquia carballesa para ser criado de una casa importante de labradores. Ahora Fariña Lema también se dedica al campo, planta cebollas, ajos y algunas patatas, pero él no es agricultor y nunca lo ha sido.

Manuel Fariña cumplirá el próximo mes 71 años y durante más de cuarenta fue percebeiro, de los mejores de la Costa da Morte. Llegó a sacar piñas de tres kilos, frente al restaurante As Garzas, y en As Sisargas y a base de marisqueo mantuvo una familia de siete personas, el matrimonio y cinco hijos. Además le dio para «comprar unhas terras» que le están ayudando a llevar una jubilación confortable.

«Estaba sen cartos e os mociños ían ás tabernas, uns cos outros, e comían castañas de castiñeiro asadas. Eu tamén quería». Cances decidió ir al percebe por necesidad, porque no había otra cosa, «porque vía a outros» y también porque su padre «foi moi bo percebeiro».

Tenía solo 11 años cuando fue por primera vez a las rocas. Sacó «corenta pesos» por sus primeras extracciones y se enamoró del oficio, hasta el punto de que volvería mañana mismo. «Son moi envidiosos os percebes, velos aí, na pedra e queres ir por eles. Pero agora vixían moito e non se pode», explica.

Con esos «corenta pesos» de hace 60 años Manuel Fariña ayudó a su madre y se fue a la taberna a por los cucuruchos de castañas asadas y «unhas xarriñas de viño que me souberon a gloria».

Ganó mucho dinero y también trabajó mucho. De noche iba a las nécoras y de día al percebe, muchas veces sin dormir. «Cinco días e cinco noites estiven sen parar de traballar», recuerda. Entonces no había topes y en buena jornada de marisqueo podían salir 60 o 70 kilos, aunque había que repartir con los compañeros, también con el que sostenía la cuerda y que impedía que el mar los arrebatara.

No fueron muchas las veces que Cances se vio en peligro. Solo recuerda una cuando una ola se llevó al que debía mantenerlo ligado a tierra firme. Los dos fueron arrastrados, pero devueltos a las rocas. «O mar non me quixo», dice convencido y visiblemente emocionado. Es el motivo de que se pueda pasear por el mercado de Carballo acompañado por su mujer y de que plante con ella la huerta para andar entretenidos.

Sus dos hijos varones también van al mar. Son los que más pescan, explica con orgullo de padre y de hombre de ribera, pero no los reconoce como percebeiros de los buenos, como lo fue su padre. Ellos van más a las artes menores que al percebe, que se ha convertido también en Malpica en un complemento para los mariscadores que trabajan desde una embarcación.

Antes sí que era negocio el percebe. Cances recuerda que durante la guerra de las Malvinas, que en 1982, llegó a vender el kilo de crustáceos a 18.000 pesetas de entonces, nada que ver con los 108 euros que corresponden al cambio de moneda, porque el coste de la vida se ha incrementado mucho, pero los percebes ya no valen tanto como antes, quizá porque ya no son iguales. Él los seleccionaba «gordos e curtiños», que son los de más valor comercial, pero para eso hay que ir a las zonas de sol, donde el mar bate con más fuerza.

Hace quince años que es un jubilado, pero reconoce que cada vez que pasa cerca de las rocas percebeiras tiene que contenerse para no ir a apañar un puñado. Se siente con fuerzas y, sobre todo con ganas. Considera que es un oficio que «nunca se deixa». «Cando o mar baixa, non sei o que pasa, pero os percebes tiran polos ollos, envexan», manifiesta con ojos brillantes y mira para las cebollas que planta en su casa con una mezcla de tristeza y cierta resignación. Uno de los más grandes está ahora varado en tierra.

«O percebe é igual que o toreo, hai que arriscarse para ser un bo mariscador»

Manuel Fariña explica que el único secreto para coger buenos crustáceos es «ir atrás do mar», hay que seguir de cerca la marea mientras baja. Para eso se necesita valor y mucha vista, para elegir los mejores ejemplares. Cances cree que sus hijos no nacieron percebeiros, al menos no como él.

Para ser un buen mariscador es necesario arriesgarse, explica. Compara el oficio con el toreo, porque en ambos casos hay que arrimarse, al animal o al mar, para hacer una buena faena.

Las suyas han sido sonadas. A lo largo de los años salió varias veces en el periódico por sus extraordinarias capturas, por crustáceos fuera de lo común que se pagaron a precio de oro.

El problema es que igual que lo ganó lo gastó, como ocurre en muchas ocasiones con la gente del mar, pero no se arrepiente de nada.

Cree que ahora cualquiera vale para percebeiro. Él mismo ha vestido el traje de neopreno con el que dice sentir incluso calor, a pesar de que el mar es frío como una tumba, sobre todo en diciembre, cuando los crustáceos se convierten en protagonistas de las mesas más pudientes o en regalos de extremo lujo.

Sudaba embutido en la goma porque cuando él era joven no llevaban más que una chaqueta, que impregnaba de aceite en un vano intento de que el agua resbalara. El primer golpe de mar en el pecho ya le hacía temblar descontroladamente y eso que aún le quedaban horas de labor. Eso sí que era duro, reconoce. Lo que menos echa de menos de su vida de mariscador es precisamente el frío que pasó y la falta de medios de seguridad.

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