A los espíritus les atraen los colores

La Cova da Xerpa, en Seiruga, otro tesoro escondido en la costa malpicana

La Furna dos Espíritus exhibe, al igual que la Furna das Grallas, un espectáculo cromático de gran belleza.
La Furna dos Espíritus exhibe, al igual que la Furna das Grallas, un espectáculo cromático de gran belleza.

Carballo / La vOZ

Hay lugares y espacios tan hermosos que el ingenio humano sería incapaz de reproducir o, al menos, imitar. La costa de Malpica es uno de esos mundos en los que es posible encontrarse acantilados que dan vértigo y furnas escondidas detrás de las mareas que guardan con celo tesoros visuales incomparables. La Cova da Xerpa, en las inmediaciones de la Area Pequena de Seiruga, es una de ellas. En realidad, son dos en una, las conocidas como Furna dos Espíritus y Furna da Caveira. En la primera de las dos galerías, como ocurre en la Furna das Grallas, en el área oriental del litoral malpicán, el extremo de tierra se ha desplomado y tiene doble entrada de luz, que contribuye a enriquecer la sinfonía de colores de la que uno puede gozar en su interior. Antiguamente, los labradores del entorno sacaban de ahí las algas que depositaban los temporales. Cuenta Xosé Manuel Varela en una guía de Malpica que, según una leyenda, esta cueva llevaba hasta el castillo de Mens. El filósofo y escritor Xelucho Abella localizaba en este lugar una escena de su obra Gundar e o cabalo de oito patas: «Por algún efecto acústico, o ruído de fóra e murmurio do mar esmorecían debilitados e absorbidos por aquelas paredes humedecidas, coma un eco perdido que viñese de ningures».

Ahí están, los cantos rodados, trabajados por siglos de mareas, y las finas venas de colores variados, que unas veces evolucionan en efectos ópticos en espiral y otras en líneas que se van torciendo caprichosamente por las rocas. Hay que aprovechar las mareas muy bajas para disfrutar de este privilegio de la naturaleza, una extraordinaria cavidad horadada por el mar en paredes de rocas verdes, grises, azules, amarillas y otros colores e infinidad de tonos. Anfibolitas y esquistos situados en un lugar en el que los líquenes y otros microorganismos han estado trabajando para elaborar este tesoro. Y todo ello con las Sisargas a la vista fondeadas frente a San Adrián.

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