Ernesto Vázquez: «La proa parecía un submarino y el mar pasaba por encima del puente»

Lobos de mar | También fue pescador en Laxe, con el arte del boliche, prohibido hace años


carballo / la voz

En el golfo de Vizcaya pasó diez días a la capa en un mercante de 6.000 toneladas. El temporal era de tal magnitud que, según recuerda Ernesto Vázquez Lema, «la proa parecía un submarino y el mar pasaba por encima del puente», que era como un edificio de tres plantas. Aun así, el marino laxense ha vivido sus peores galernas en tierra. Un error médico lo dejó sin una pierna a los 43 años y una pensión de solo 658 euros, crio siete hijos en un piso de 43 metros cuadrados y tuvo que enterrar a dos, comidos por el cáncer: «A Vicente Manuel lo puse yo en el ataúd, no pesaba ni 30 kilos».

Hijo de pescador y nacido en Laxe, tenía que acabar en el mar, aunque a él lo que le tiraba era el campo. Empezó siendo casi niño con una lancha y durante años se dedicó al boliche, un arte de arrastre artesanal que ha desaparecido de la Costa da Morte y que cuando Ernesto se dedicaba a ella tampoco daba demasiado para vivir. Fue por eso por lo que pilló la maleta y terminó en la mercante.

Lo de la marinería ya le venía de la mili. Estuvo en Ferrol y fue allí donde conoció a su esposa, de Camelle, que trabajaba para una familia en la ciudad departamental. Aunque el trabajo lo llevó por casi todo el mundo, dice que lo de tener un amor en cada puerto no se aplica en su caso, por devoción, pero también por ocasión porque aunque pasaba casi tres semanas fuera de casa casi nunca bajaba a puerto. Su destino era normalmente el sur de África, para dar asistencia a barcos pesqueros y hacer otros transportes, pero las estancias eran mínimas, aunque sí había quien las aprovechaba.

En el sur, el gran problema era el calor y la pasión del primer oficial por la bebida, pero en el norte había que batirse con los temporales y los peores parecían instalados en el golfo de Vizcaya. «Íbamos a Dover y pasamos diez días a la capa aguantando un temporal que ponía los pelos de punta», explica. Poco importaba que fuera un barco de 6.000 toneladas, casi se comportaba como si fuera de cáscara de nuez. «El capitán era una persona tranquila y paciente, pero me preguntaba si aquello iba a acabarse. «La proa era como un submarino. No había demasiado problema porque cerrábamos las bodegas, pero el mar pasaba por encima del puente, que era como un edificio de tres pisos. En el más alto estaba el telegrafista, en el central estaba el puente y en el bajo la cocina y otros servicios», explica. El fue contramaestre y procuró no buscarse problemas. Le habían de llegar de todos modos.

Apenas tenía 43 años cuando notó que uno de sus pies desaparecía. «Me pisaban y no notaba nada. Estaba frío», recuerda. Fue a un hospital privado de A Coruña, a un médico conocido y fue lo peor que pudo hacer. Esperaron más de una semana a ver qué ocurría y atribuyeron la falta de sensibilidad a una hernia, pero para entonces ya se había declarado la gangrena y poco se podía hacer. Cuando terminó en el Juan Canalejo de A Coruña, hoy Chuac, el médico fue muy claro. Si hubiera acudido a ellos seguiría con sus dos piernas. Lo suyo fue un error médico de libro, pero no llegó a denunciar. «Mi suegra, que me hizo mucho bien en la vida, me recomendó no reclamar. Me dijo que tenía niños pequeños y que no iba a ser bueno para ellos. Ya se sabe como son las cosas en los pueblos pequeños», recuerda con amargura. Han pasado más de 40 años desde entonces y está a punto de haber vivido más tiempo sin su pierna que con ella, pero se le han quedado grabadas las cinco veces que ha tenido que pasar por el quirófano, la penúltima porque olvidó que le faltaba un miembro y la más reciente por un cáncer de colon que no le impide tampoco trabajar en la huerta que tiene y procura cuidar a diario y a la que llega montado en su moto. La finca está más cerca del monte que de la ribera.

«Las centollas, las rayas, los jurelos y los lenguados estaban en la playa»

Cuando Ernesto iba al boliche «era una maravilla. Había de todo y ahora no hay nada». Aun así, la riqueza del mar no se reflejaba en tierra. No había transporte y debías vender lo que pescabas en Laxe, lo que no era fácil. «Llevabas una robaliza para ofrecer a los ricos del pueblo y te ponían problemas si les pedías diez pesetas por ella», explica. Eso sí, el arrastre artesanal se realizaba muy cerca de la costa, prácticamente en la playa y la variedad de pescados y mariscos a los que tenía acceso era enorme. «Las centollas, las rayas, los jurelos y los lenguados estaban en la playa», casi al alcance de la mano, pero no era suficiente para una familia tan grande.

Su hijo mayor lo acompañó en muchas ocasiones. Empezó antes de los 14 y después continuó, pero terminó dejando la pesca también para hacerse comprador de pescado.

Poco o nada queda de esta familia tan amplia en Laxe. Sus hermanos emigraron y también se fueron (o fallecieron) los hijos. Él se hubiera ido en caso de haber tenido la oportunidad. Probablemente a Australia, donde acabó siendo mecánico uno de sus cuñados.

El mar no se llevó a ninguno, pero tampoco los ayudó. El padre de Ernesto, murió con 59 años de otro cáncer, el verdadero naufragio en tierra de esta familia anclada al mar, pero sin la épica de los que llevan el salitre en las venas.

Ernesto cumplirá los 83 en solo unos días y ha vivido grandes tempestades, también en la costa de Laxe, como aquella de 1973 que llevó a los barcos casi a navegar por las calles. Aquella jornada en que las olas recorrían la rúa principal él había salido a recoger los aparejos con su hijo mayor, batallando con los golpes de mar. Podría haber sido entonces la gran hazaña en el mar, pero la vida le tenía reservados otros vuelcos que nada tienen que ver con la pesca.

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