Mame Mbissine Lo: «Si quieres algo, puedes hacerlo, y yo voy a por todas, lo tengo muy claro»

«De bar no tenía ni idea y tuve que aprenderlo todo en dos días, porque los anteriores dueños cerraron el 28 y yo el día 1 ya volví a abrir»


cee / la voz

Si necesita una inyección de vitalidad pase a tomarse un café por el bar Vila de Laxe, porque su propietaria, Mame Mbissine Lo, la derrocha. Contagia tal ilusión por su trabajo y en general por prosperar en la vida, que cuesta mucho siquiera pensar que existan metas que no se puedan conseguir.

Su historia arranca en una bulliciosa y masificada capital africana como Dakar (Senegal) y continúa ahora entre la paz de la playa de Laxe y los estudios en la Escola de Hostalaría de Carballo.

«Vine directamente aquí porque estaba Cora (una compatriota) en marzo del 2013 y me enamoré de Laxe. En Senegal vivía en una gran ciudad y me encantó esto por la tranquilidad. Es muy parecido al pueblo de mis abuelos, que también tiene mucho mar y montañas, donde yo pasaba al año dos o tres meses cuando tenía vacaciones», explica.

Con la reagrupación familiar no tuvo problemas con los papeles y «a los tres meses de llegar ya estaba trabajando», en el restaurante O Bocho, del que le estará eternamente agradecida a Eva y a todo el equipo. «Me trataron muy bien, me quieren y todo lo que sé de hostelería se lo debo a ellos. Estuve allí cuatro años. El primero empecé a fregar platas, luego hacía las ensaladas y al final estaba en la cocina sacando cualquier comida. Me gustó mucho y por eso me apunté en la Escola de Hostelería de Carballo, con José y Fernando, que son unos profesores buenísimos. Si quieres algo, puedes hacerlo y yo voy a por todas, lo tengo muy claro», insiste la alumna que obtuvo la segunda mejor nota de acceso con un examen en gallego. «Entiendo lo que quiero entender», bromea.

El trabajo no le es ajeno, porque aunque se crio en una familia de cinco hermanos sin estrecheces económicas, enseguida empezó a ayudar en el negocio familiar. «Mi madre tenía un comercio de cosas de costura, para comprar una cremallera y eso. Aquí le dicen mercería. Cuando no iba a estudiar le ayudaba allí y ya llevaba más o menos tres años. Cuando vine aquí me costó mucho decidirme porque no me gusta nada viajar y tenía un buen trabajo de asistente de dirección en el aeropuerto. Me llevó más o menos un año convencerme, pero ahora que vine estoy encantada», cuenta.

En una conversación con Fernando Paredes, de A Ventana, se enteró de que los dueños del Vila de Laxe se jubilaban y le animaron a coger ella el negocio. «Tengo un círculo de amigos buenísimo y me animaron mucho, me ayudaron a decorar... Yo de bar no sabía absolutamente nada y tuve que aprender todo en dos días: los nombres de los vinos, cervezas... Ahora muy bien, porque tengo los mejores clientes de Laxe y le estoy muy agradecida, aunque dicen que tengo mal carácter [sonríe] y es porque pongo unas normas y hay que cumplirlas. En el bar hay que respetar como si estuvieras en una oficina. Es un lugar de trabajo y tampoco puedes llegar, decir lo que te da la gana e irte. Pero sí que agradezco mucho el cariño de mis clientes. Ahora mismo lo tengo solo como taberna, pero mi intención es poder seguir mejorando y por eso me quiero formar, aprender cosas. No me gusta ir a ciegas, sino estar segura de lo que hago», concluye la hostelera, convertida en una vecina más de Laxe a todos los efectos.

«No tengo ni media hora para sentarme sola a tomar un café, pero el que algo quiere, algo le cuesta»

La rutina de Mame arranca a las siete de la mañana. «Salgo a los ocho menos cuarto de Laxe, dejo al niño en la guardería de Ponteceso [tiene dos, uno de cinco años y otro de 12 meses] y voy para Carballo. A la vuelta ya aparco delante del bar y a trabajar. La verdad es que no tengo ni media hora para sentarme sola a tomar un café, pero el que algo quiere algo le cuesta. Y también le estoy muy agradecida a la abuela porque se queda con los niños cuando no tienen colegio y eso», detalla.

Aunque ha descubierto que en Laxe está su sitio en estos momentos, para nada ha desconectado de su país. «Voy todos los años con los niños. Mi madre también viene y se queda un mes o 40 días, mi padre 15 porque no puede quedarse más... Mi país es Senegal y mis hijos cuando sean mayores podrán elegir cual es el suyo», asegura.

Entre tanto, además de criarlos y sostener su negocio, lo que más le motiva es seguir aprendiendo hostelería, aunque, a juzgar por las opiniones de sus clientes, ya no se le da nada mal. Sonríe cuando al preguntarle por sus famosos callos. «Sí, los hago todos los domingos. Me gusta mucho la cocina española, es muy sencilla y rápida, aunque mi especialidad son los arroces al estilo de Senegal, con cordero, bueno, y con lo que sea. Aún acabo de tener una cena con diez personas y se lo hice. También hago unos calamares que a la gente le gustan mucho. Hago así todo un poco a mi manera, pero también quiero aprender de estos grandes cocineros que tengo de profesores», explica Mame, que, además del francés, su lengua nativa, domina perfectamente el castellano y sigue las clases en gallego sin ningún tipo de problema.

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