«Perdín a cinco compañeiros no Panchito»

PERSONAS CON HISTORIA | Luis Lema (Laxe, 1960) faenó en el Panchito durante tres años, hasta que una operación le hizo desenrolarse. Poco después el pesquero naufragó en Touriñán cobrándose la vida de los que hasta entonces habían sido sus compañeros

Luis Lema, en el simulacro de naufraxio de 2015
Luis Lema, en el simulacro de naufraxio de 2015

Carballo / la voz

La primera vez que Luis (Laxe, 1960) saltó al barco en el que su padre salía a faenar tendría unos 7 años. Los marineros le cubrieron bien para que no fuese visto y allá fue, con su padre a Corme. Con 13 años ya iba «ao tramaño» con un hermano más mayor que él, y con 15 se fue a navegar. Dice su historial laboral que pasó 42 años en el mar. «Eses son os que contan, as que non contan eran esas noites que saía co meu pai aos 13 anos», recuerda.

La escuela un día a la semana, si se podía, y a regalarle unas buenas merluzas al maestro para que les aprobase a final de curso. «Non é mentira isto que che conto eh!», dice Luis, que confiesa haber echado mano de algún que otro soborno. «Chegaba de ir aos volantes e miña nai dábame unha bolsa para que lle levase a Don Bruno, que vivía nas casas baratas. ‘Tome, de parte de miña nai’, lle dicía eu ao maestro, para que me aprobase».

Loco por ver mundo y por dejar atrás una vida que no daba muchas oportunidades, agarró una bolsa y con quince años se echó al mar. Once meses estuvo fuera de casa en esa primera travesía. «Non me deu mágoa ningunha, eu quería escapar. Na casa eramos moitos xa», incide.

Dos vueltas al mundo

Guarda en cuatro libretas todos y cada uno de los enrolados que hizo en esos cuatro decenios de mar. Tantas millas se recorrió en alta mar, «que ben podería ter dado unha ou dúas voltas ao mundo», señala, y enumera: la costa sur africana, Marruecos, Asia, Sudamérica, Canadá, las islas griegas... «Pero o lugar que máis me impresionou foi a zona dos Grandes Lagos, entre Estados Unidos e Canadá». Poco antes de jubilarse anduvo por el golfo Pérsico seis meses en un barco americano, el Blue Arrow, colocando 10.000 kilómetros de cable submarino. Y también transportó pasajeros durante una temporada entre Ibiza y Formentera. «Pero alí cansei. Dixen: ‘Collo un barquiño e volvo para Laxe, a xubilarme tranquilamente».

Entre risas se acuerda de las noches de juerga que vivía con sus compañeros cada vez que pisaban tierra: «De festa tamén temos ido moito. ¡Mira cómo somos os mariñeiros, eh! Iso si, despois de tantos meses no mar, pisabas a terra con tanta forza que case se movían os edificios».

Lo feliz se torna en agridulce, y lo agridulce en amargura cuando continúa narrando el siguiente capítulo de su historia. No todos fueron buenos momentos, y aún se le encoge un poco la patata cuando pasa con su barco por encima del Panchito. «Aí perdín eu a cinco compañeiros». Estuvo tres años enrolado en el pesquero, pero después de una complicada operación decidió dejarlo. Poco después el Panchito zozobró en el Coído de Cuño, en la costa de Touriñán, y se llevó por delante las vidas de cinco marineros con los que Luis había trabajado codo con codo. «Esa é a parte máis dura de todas: andas con aquel home e, de repente, aí vai, afogado. E vívelo moito peor estando en terra. A veces paso polo lugar onde naufragou e pénsoo: ‘Aquí debaixo está o Panchito’. O mar é traicioneiro, nunca se lle debe dar a espalda nin perder o respecto. Moitos dos erros que levan a estas traxedias son humanos, de feito». Para él, «o mar é unha princesa de ollos azules moi fermosa, pero cando se cabrea tórnanselle verdes».

A él, por fortuna, no le tocó vivirlo en sus carnes. Aunque de algún que otro susto se acuerda aún a día de hoy: «Teño estado en Bilbao coa mercante, apagarse as máquinas e ir directos ás pedras. Tiveron que vir os remolcadores quitarnos de alí».

Sí vivió, sin embargo, el Prestige, y todo lo que ello supuso. Junto con sus dos hijos (uno de ellos es también marinero, un «mariñeirazo», dice su padre) limpiaron la costa de Laxe, y aún nose termina de creer todo lo sucedido. «Mira ti como é a natureza, non pensei eu que se dese limpado todo, tal e como estaba. Foi un pau tremendo para os que andabamos ao mar, e eu creo que o procedemento que se fixo foi un gran erro: había que traelo a algunha das rías, bollalo e baleiralo. A Xunta pagou, iso si, pero como diciamos naqueles tempos: ‘Nós non queriamos as 200.000 pesetas, queriamos poder saír ao mar, facer o noso’».

El caramelo, poco a poco

Año y pico después de haberse jubilado, Luis solo pide «saúde» para poder estar por aquí «uns dez ou vinte anos máis, polo menos». Se cuida más que antes, y de hecho sale a caminar todos los días por el puerto de Laxe: «Agora quedo eu só, porque a miña muller vai a traballar. ¡Estou eu de amo de casa! Lavo os pratos, cociño... De feito gústame moito facer de comer».

Uno de sus dos hijos vive del mar y el otro está emigrado. No quiere más marineros en casa, dice, aunque él todavía se escapa de vez en cuando a pescar con su sobrino. «Temos unha boa lancha, unha desas planeadoras, e saímos de vez en cando. Non me poden sacar o mar de golpe, porque morrería. Unha cousa hai que dicir: quen nace no mar, no mar vive e no mar morre».

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