¡Nos comemos Galicia!

Estamos para enchentas. De Norte a Sur y de Este a Oeste, en verano Galicia es una fiesta, más que de guardar, de xantar. Todo lugar que se precie tiene una enchenta al año a medida de su prole. Nada sabe como en casa... y en estas nos invitan a pasar.

Qué mejor manera de celebrar algo bueno que comiendo. Esa es la fórmula que siempre se ha aplicado en Galicia, y hay que decir que nunca falla. Si nos vamos al rural, la enchenta irá además precedida del baile de la silla. ¿Cómo si no sentarse tantos alrededor de la misma mesa? De eso saben algo José Antonio y su familia, los García-Ramos, que siempre se reúnen en Laxe para tan deliciosas xuntanzas en la casa de Pilarita de Perfeto. Las fiestas que montan allí son casi tan conocidas como las del pueblo. Y el responsable de tanto alboroto no es otro que José Antonio (cuarto en la mesa por la izquierda), que se lo pasa en grande liando a la gente y animando el cotarro. Esa es precisamente la seña de identidad del local que tiene en A Coruña, O Faiado, donde no lo se lo piensa dos veces a la hora de subirse a la banqueta con la guitarra. «Se chego a saber tocar e cantar xa non sei o que pasaría», asegura entre risas. Pero volvamos a la fiesta. La de la foto fue el día de las Marías, el día 15, pero él es experto en organizarlas. «Pasan de veinte las fiestas del año», reconoce. Su madre, que pone la casa, siempre dice lo mismo: «¡Dios me dé paciencia!». Porque el jaleo, las risas y la música se confunden incluso desde fuera: «Hay gente que pasa y dice: ‘Ay, mira, deben de seguir las fiestas de Laxe que se escucha a la orquesta’. ¡Pero somos nosotros!», dice José Antonio, que revela que su madre siempre murmura: «Se souberan que é a miña casa...».

Pero aún no hemos presentado a los once comensales. A la izquierda, Pili, Chus, Jacobo (hijo de José Antonio), el propio José Antonio do Faiado, Lara (su otra hija), Antonio de Dora. A la derecha, Blanca, Dopico, Pilarita (su madre y anfitriona) Andrea (su sobrina, de pie), Manolita y Pedro. Y ahí los tienes, disfrutando ya del postre. La larpeira no puede faltar, pero mucho menos la tarta de la abuela de su prima Manolita. «El peligro es la hora de llegar a comer, porque las sesiones vermú de Laxe son imperdonables. Nos dan las cinco, y no nos levantamos de la mesa hasta las nueve», cuenta nuestro amigo, que no cocina pero sí prepara: «Mi primo y yo hacemos todo el preparado de los jamones, les hacemos una buena salsa y los adobamos. Luego los dejamos a asar y los recogemos antes de comer. Ya en casa, los emplatamos». «Pero entonces cocinar no cocináis», le digo. «Pero hay mucho que preparar. El mérito lo llevamos nosotros, ¡qué carallo!», responde. Y chitón.

NO EXISTE EL PLATO ÚNICO

Para la familia Nóvoa Fernández, de la localidad de Palmés, en el concello de Ourense, reunirse es más que un hábito. Alrededor de la mesa comparten anécdotas, estados ánimo, preocupaciones o conversaciones banales. Lo importante: estar juntos. De eso tienen mucha culpa los patriarcas: Antonio Nóvoa y Dorinda Fernández. Ellos son los que aglutinan al resto de la familia, a los que se unen en muchas ocasiones otros vecinos de la localidad. Para Dorinda el plato único no existe. Y ayudada de sus dos hijas, Isabel y María José, y del varón, José Antonio, preparan grandes comilonas. De esas de cinco platos, incluidos dos tipos de carnes. Durante las fiestas de Palmés se reúne toda la familia, hasta las novias de los nietos de Dorinda y Antonio. Incluso, el día grande de los festejos, se suma el cura de la localidad. Una de sus hijas, María José, asegura que todo es posible gracias a su madre. Ella es la que ha querido mantener esta tradición para tener a la familia unida. Y, además, es la que se lleva la mayor parte del trabajo que supone dar de comer, en ocasiones, a más de quince personas. Y lo hace siempre con la sonrisa en la boca, animando a cualquiera que entre en su casa a sumarse a la comida. El resto de la familia lo agradece porque, como ocurre en casi todos los casas, nadie cocina como lo hace la abuela. Las nuevas generaciones han ido sumándose a la cita. De ellos dependerá que la comida siga siendo el pretexto perfecto para reunirse.

TREINTA EN TRIVES

Las Festas de San Lorenzo son la excusa en casa de Jaime Diéguez para juntar a cerca de treinta personas. El octogenario vive con su mujer y un hijo, pero cada 10 de agosto se juntan muchos más alrededor de la hija. Viene la hija, el yerno, los hermanos, los primos, los sobrinos, los hijos de estos... Y vienen de otras parroquias de Trives, pero también de otros pueblos de la zona, de Ourense y de Barcelona. «Xuntarnos todos é a alegría máis grande», señala el anfitrión. Así que la fiesta es a mediodía dos jornadas seguidas, y también una noche (aunque para este momento los más mayores suelen irse y quedan los jóvenes, apunta Diéguez).

En la intendencia, la mujer, que comienza con los preparativos la víspera. Después llega la hija y echa una mano; y ya el día de la fiesta hay que ir al horno a buscar el plato principal. «Compro tres ou catro cabritos e lévoos asar ao forno; non teño máis que levalos e ilos buscar», señala el hombre, que dice que eso evita mucho trabajo. «Dá pouco traballo; é máis preocupación por ter que acordarte de comprar todo», apunta. También en el caso de la vajilla. En las Festas de San Lorenzo se usan platos de plástico para evitar tener largas pilas para fregar. «Son platos de comer e tirar; a xente non quere fregar», cuenta entre risas.

No es la única reunión de la familia en verano. En otras fiestas toca devolver la visita. Y ya en Navidad vuelven a juntarse. «Pero nunca tantos, cantos máis é sempre en agosto», dice Diéguez.

«HAI QUE ESTAR UNIDOS»

Desde hace cinco años, el 15 de agosto, la familia Rodríguez Álvarez tiene una cita en la parroquia de Quetesende, en el municipio lucense de O Corgo. Con motivo de la celebración del San Roque, la familia se reúne en casa de Concha, una de las cuatro hermanas. «Dúas irmáns viven nesta zona, outra en Madrid e eu na Coruña, pero hai cinco anos mercamos aquí unha finca e construímos unha cabaña. É aquí onde celebramos a festa e nos xuntamos todos», relata Concha, quien explica que entre los asistentes se encuentran sus hijos, yernos, nietos, hermanas, cuñados, sobrinas, consuegros... y así hasta sumar los 18 que se reunieron este año. Como la cabaña es muy pequeña, la comida se degusta debajo de un árbol. Este año, no faltaron en el menú langostinos, ensaladilla, lacón, empanada ni cordero. Y la sobremesa no fue menos. Hubo que probar los dulces que la organizadora del evento había comprado y los que trajeron los invitados. Así que... comida y postre a reventar. «Como hai que estar unidos para o malo, tamén hai que estar para o bo. Esta festa é unha maneira de xuntarnos a familia e de ver a toda esa xente que agora non vive aquí. É unha forma de lembrar tempos pasados», concluye esta vecina de A Coruña que celebra la fiesta en la parroquia donde compró una finca.

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