«Nadie me quita el agosto en Laxe»

El cineasta obtuvo el visado por méritos artísticos para trabajar en EE. UU.

C. viu
carballo / la voz

El montador Antonio Gómez-Pan (31 años), de origen laxense, es uno de los miembros más jóvenes de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas. Nacido a mediados de los ochenta en Madrid, vive a caballo entre la capital de España y Barcelona, aunque pasará el agosto en Laxe, la localidad que suele reunir a la familia.

-¿Es el más joven de la Academia?

-Tengo 31 años y yo creo que soy uno de los más jóvenes porque son todos octogenarios. Me alegra que me hayan dado esta oportunidad y este reconocimiento a mi carrera.

-No tiene un lugar concreto de residencia.

-Durante años me he movido entre Madrid y Barcelona. Ahora amplío a Estados Unidos. Justo una semana antes de que saliera Trump me dieron el visado por méritos artísticos, o sea, que me voy para allí. Pero nadie me quita mi mesecito, en agosto, de descanso en Laxe.

-¿El mundo audiovisual español sigue pivotando entre Madrid y Barcelona?

-Sí, en Euskadi hay cosas, en Galicia están saliendo cosas, pero esas dos ciudades son las que monopolizan toda la industria cinematográfica y publicitaria, el audiovisual en general. Madrid tiene mucha tele y Barcelona tiene cine y publi.

-Y le va muy bien en este campo.

-Tengo que romper una lanza en favor de la publicidad. Es un arma de doble filo porque a veces vendes valores con los que no estás de acuerdo, como la juventud o la delgadez, pero por otro te permite sintetizar muy bien y contar una historia en 20 o 30 segundos. Es una herramienta muy buena.

-Así se desarrolla mucho la creatividad.

-Cuando estoy muy agobiado con una publicidad siempre pienso: no te preocupes, la gente ha ido al baño y no lo está viendo, no te preocupes tanto por este sonidito o esta cosa. Hay que relativizar, en la vida hay que relativizar. Yo soy un afortunado dedicándome a lo que me dedico.

-También ha recibido premios importantes, como el de Berlín.

-Sí, gané el mejor montaje por un anuncio de Revlon. Además, fue curioso porque se puso en la Quinta Avenida, en Nueva York. La verdad es que estoy muy contento. En el audiovisual todo es hacer apuestas. Yo hago publicidad porque el nivel del cine no permite vivir solo de eso. Luego echo toda mi alma y mi corazón en proyectos más pequeños, pero con gente a la que quiero mucho, amigos de infancia y demás. Luego, esos proyectos también han sido galardonados, por lo que, fenomenal.

-¿Tiene solucionado su futuro profesional?

-No, ni mucho menos. Es una profesión en la que a los que estamos en ella nos gusta ese nivel de riesgo, de no saber lo que pasará. De hecho, yo estoy trabajando ahora en una publicidad, de Turismo de España, y después no sé que va a pasar. Tengo proyectos a largo plazo, pero del día a día no sé nada. Pero al final salen las cosas y esa emoción tiene su aquel.

-¿Qué fue lo que le llamó la atención del montaje?

-Vivir apartado de los focos. A mi gusta hacer mi vida, estar con los míos. Yo rechazaba un poco el oropel del cine español, la alfombra roja. La gente piensa que somos multimillonarios y que vamos de photocall en photocall y solo bebemos champán. Somos gente a la que le gusta contar historias y por eso me metí en esto.

-¿Los montadores se pueden considerar magos?

-La magia y el cine están relacionados desde hace mucho tiempo. Lo que hace un prestidigitador, de tener un cebo y con su lenguaje corporal o sus manos llamar tu atención en un punto para hacer el truco en otro punto es lo que hacemos nosotros, con la música, con el paso de un plano a otro más corto. Hay infinidad de maneras de hacerlo para provocar emoción en el espectador. Son oficios muy parecidos. Es una analogía muy buena.

-También se les puede comparar con los chinos porque se pasan horas y horas ante un monitor.

-Cuando te gusta algo pasa el tiempo volando, pero es cierto que miras el reloj y son las once y media de la mañana y vuelves a mirar y son las dos de la madrugada... ¿Cómo ha sido esto?

-¿Apasiona?

-Radicaliza, o lo amas o lo odias. Yo estudié en la escuela de cine de Cataluña y estoy muy agradecido porque el mensaje era un poco pesimista. El primer día nos decían: seguramente uno o ninguno de vosotros llegareis a vivir de esto. Éramos un aula magna con 120 personas y quedamos un poco chafados, pero es verdad que va pasando el tiempo y se va viendo que hay gente que lo hace por la fama, gente a la que no le apasiona y quedamos al final dos chalados, porque nos encanta. Es pura pasión.

-Pero al final es solo un trabajo, aunque con más repercusión.

-Sí, yo intento relativizar. Entiendo que se necesitan historias. Por un lado es una profesión y por otro los seres humanos hemos vivido de cuentos, los que nos contaban nuestras madres, las tesis, las moralejas... Puede cambiar el formato, ser una película, algo de tres minutos o realidad virtual, pero es lo mismo.

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