Agapito Mendoza: «A única vez que deixei o faro foi coa evacuación pola explosión do Cason»

Personas con historia | Retirado en 2016, este farero pasó por Fisterra, Vilán y Estaca de Bares


Carballo / La Voz

Agapito (Fisterra, 1952) ni siquiera iba para farero. De joven tuvo diferentes empleos, viajó por Francia y, tras hacer el servicio militar en Ferrol, se embarcó durante nueve meses en un pesquero en Canarias. Estaba a gusto y tenía toda la intención de continuar por ese camino, pero en unas vacaciones en Fisterra su padre le sugirió que se presentase a unas oposiciones para ser técnico de señales marítimas. Sería una opción que le daría estabilidad laboral y un futuro cerca de casa, así que unos meses más tarde, cuando fueron finalmente convocadas, se marchó a Madrid a preparárselas. «Nunca pensei ser torreiro, pero aquí estou, xa retirado despois de corenta anos de oficio», señala.

Obtuvo plaza en 1976 y lo curioso es que, de las 19 vacantes que había, 5 se las llevaron aspirantes de la zona. En Fisterra estuvo dos años en comisión de servicio al inicio de su carrera, para después desplazarse hasta Estaca de Bares, un lugar del que guarda un muy buen recuerdo. «Estiven do 1978 ao 1983 e nesa época alí había unha base americana con soldados destinados dende Torrejón de Ardoz. Eu cheguei a coñecer ao sarxento, que era americano e estaba casado cunha sevillana», explica Agapito. La instalación, cerrada desde 1991, fue comprada en febrero del año pasado por el Concello de Mañón con intención de darle un uso turístico. Un albergue o un hotel de lujo es lo que barajaba el ejecutivo una vez formalizada la compra del inmueble, completamente desvalijado tras años de abandono.

Tras su paso por el punto más septentrional de la península y habiendo guiado a muchas embarcaciones en la división entre el Atlántico y el Cantábrico, Agapito fue destinado al faro de Cabo Vilán, otro histórico en el que vivió con su familia, al igual que había hecho en Estaca de Bares. «Vivir alí, nos faros, foi extraordinario. Hoxe en día páganse moitos cartos por estar unha soa noite en lugares así, como no Semáforo de Fisterra, por exemplo». Enclaves únicos que muchos envidiaron: «Esta é unha profesión fóra de serie, impresionante. Esperta moito interese na xente, e tamén algo de envexa», sostiene el fisterrán.

Emisores

Además de «impresionante», Agapito describe la que fue su profesión como tranquila y sosegada. También asegura que ellos, los fareros, no jugaron un papel destacado en los grandes acontecimientos ocurridos en la Costa da Morte, especialmente en los trágicos. La emisión de señales, explica, fue su función principal, y de lidiar con naufragios y encallamientos se encargó siempre Salvamento. Sí guarda el recuerdo, sin embargo, de ver las rías teñidas de negro por el chapapote del Prestige, y del caos que se generó cuando se accidentó el Cason. «O único día que abandonei o faro foi cando evacuaron a zona polas explosións do Cason, e porque así o ordenaron as autoridades», rememora. No fueron momentos fáciles y considera que, de haber sucedido en la actualidad, se habría gestionado de manera más eficiente y sin despertar semejante alarma social, ya que la ciudadanía dispone hoy de más y mejores vías de información.

Los últimos veinte años de carrera los pasó en su tierra natal, algo que para él fue «un regalo». Allí tuvo que evolucionar de forma paralela a la profesión, «que non ten hoxe nada que ver con cando eu comecei», dice. Eso le obligó a mantener un aprendizaje continuo y a adaptarse a cada nueva técnica que iba lanzándose ya que, según explica, «Fisterra, pola súa localización, foi sempre o lugar no que se probou todo o novo que ía saíndo».

Allí experimentó la última gran avería del faro, cuando un rayo fulminó la instalación eléctrica en 2014; y también el ocaso de la emblemática sirena conocida como A Vaca, «a última de aire comprimido de España, e diría que de Europa», apunta.

El «último torreiro de Fisterra» es también un gran amante de la cocina con recetas propias

El mismo día que cumplió 64 años, el 6 de agosto del 2016, se retiró tras cuatro decenios de oficio como torreiro. Dice, «indudablemente», que lo hecha de menos; y, sobre todo al principio, se despertaba inconscientemente por las noches pensando que no había ido a supervisar el faro. «Corenta anos dan para bastantes experiencias», sostiene, aunque dice estar disfrutando felizmente de su retiro.

Durante este confinamiento, por ejemplo, estuvo haciendo muchos trabajos manuales y ordenando sus recetas. Es un apasionado de la cocina y consiguió elaborar tres cuadernillos temáticos: uno con cócteles, otro con un glosario gastronómico y un tercero con especies de pescado que hay por la zona. Quería organizar todo este material para guardarlo como recuerdo, pero no se ve haciéndolo público.

De vez en cuando también se acerca hasta el Cabo: para contemplar el faro, pero también para visitar a su buen amigo Jesús Picallo, que le presenta ante sus clientes del Semáforo como «o último torreiro do faro Fisterra», ya que ahora la gestión de las instalaciones se hace de forma remota desde A Coruña y solo acude algún técnico de forma presencial en caso de averías.

Aprovechamiento

Le apena que su profesión esté desapareciendo, pero también que no se aprovechen las instalaciones para darles un uso turístico o cultural que podría reactivar la economía y potenciar el turismo. «Faría falla unha inversión importante para poñer en funcionamento a parte baixa, pero este espazo xa foi usado no seu día con fins culturais, para presentacións literarias ou exposicións de arte, por exemplo», expone Agapito.

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