Alejandro Finisterre, una vida de novela olvidada en su pueblo

GALICIA OSCURA, FINISTERRE VIVO | Fue poeta, empresario, periodista, editor, inventor y albacea de León Felipe


Recordar es una forma de hacer justicia. Todos conocen que uno de los hijos más ilustres -e ilustrados- de Fisterra, Alejandro Finisterre, fue el inventor del futbolín, pero la mayoría de la gente poco más sabe de su biografía. Alejandro Campos Ramírez, el Alejandro que quiso llevar con orgullo y fidelidad total en su apellido el nombre de su pueblo de origen, nació en Fisterra el 6 de mayo de 1919. Era hijo de un radiotelegrafista coruñés destinado en la estación de radio, el Marconi, en la cumbre del famoso promontorio. Y en esa localidad residió 11 años, correteando por la calle Real, la plaza o las callejuelas de A Cerca, creció junto a la playa da Ribeira y respiró en la atmósfera salitrosa de su mar.

Alejandro Campos llegó a Madrid con 15 años a mediados de 1934, enviado por su padre para estudiar el bachillerato. Pero cuando el negocio familiar quebró, se quedó en la capital de España a la intemperie, obligado a dormir en la calle y a esperar que abriesen las iglesias para cobijarse un poco. Y alternando sus estudios pronto comenzó a trabajar de peón, al tiempo de vender sus versos entre los clientes del café Universal. Y allí entabló amistad con el poeta, escritor y periodista, anarquista Pedro Luis de Gálvez y entró más tarde a trabajar en una imprenta. En esa situación progresó en el ideal anarquista, y creó una revista, Paso a la Juventud, al tiempo que conoció y entabló amistad con el poeta León Felipe.

Aunque nunca militó en partido político alguno -sello del anarquismo imperante-, su ambiente transcurrió entre troskistas, anarquistas y comunistas. Y llegó la guerra civil, y con 17 años una bomba lo malhirió en Madrid y lo trasladaron al pueblo catalán de Monserrat para curarse. Quedó aislado de su familia, que residía en Galicia. Y cuando los franquistas fueron a detenerle, pasó a Andorra y después a Francia y pudo enviar tras dos años un telegrama a su familia: «Estoy bien, en Andorra. Besos». Tenía 18 años e iniciaba un largo y penoso peregrinaje: primero de exilio en Francia e Italia, en donde pudo acabar Filosofía y Letras y Artes Gráficas, colaboró en la radio y ejerció de crítico, teatral y de ballet.

Después regresó a España, y fue alistado para el servicio militar en Melilla. Permaneció allí cuatro años, un tiempo que aprovechó para estudiar árabe. Cuando en 1943 finalizó la mili, sobrevivió ofreciendo conferencias sobre cultura hispano-musulmana. También se hizo estudioso de la riqueza folklórica nacional. Y ya como poeta, a mediados de los 40 participó en charlas y recitales por ciudades españolas y portuguesas. Con una cierta fama de crítico de arte, poeta y conferenciante, en marzo de 1944 impartió una charla sobre danzas populares ante los micrófonos de una emisora de la Red Nacional de Radiodifusión (REDERA). Al día siguiente, en otra intervención puso en evidencia sus buenas dotes de poeta y recitador con obras de Carrere, Valle Inclán y Ricardo León. Recitó la poesía Remanso y dio medida de su capacidad artística. Al año siguiente, en marzo de 1945, en la misma emisora pronunció otra conferencia con el tema titulado, La Cuaresma en el folklore. Había recorrido toda España estudiando su folklore en compañía de la doctora en derecho, Emilia de Roa, primer premio en el Conservatorio de Madrid. Al mismo tiempo colaboraba con el periódico francés, L’Espagne Républicane...

En enero de 1947, en los micrófonos de Radio Nacional de España en A Coruña pronunció otra amena charla-recital que versó sobre el Cante jondo en la muerte de Manuel Machado, y estudió su lírica y resaltó sus bellezas y el sentido folklórico. Al final recitó varias composiciones poéticas del poeta andaluz, fallecido poco antes. Alejandro Finisterre se reveló ese año, en un libro que publicó, Cantos Esclavos, como un poeta de gran finura y sensibilidad, y mereció grandes elogios de la critica.

Pero, después llegó otro exilio político en Francia y más tarde en Centroamérica. En este último año, 1947, viajó a Ecuador y en 1951 estaba allí establecido junto con varios de sus hermanos. En Quito fundó la revista, Ecuador 0º 0’ 0’’ y más tarde se trasladó a Guatemala para dedicarse al traficó de maderas y convertirse en un hombre práctico y adinerado. Con sus hermanos creó una empresa maderera, Campos Ramírez Hermanos, y también una fábrica de futbolines y otros juguetes. Con el negocio de las maderas ganaba dinero, y editando versos, lo perdía; pero siempre estuvo dispuesto a editar versos, por lo menos mientras le durase el dinero que ganaba con las maderas.

Cuando todo discurría a su favor en Guatemala, la guerra volvió a cruzarse en su camino: un golpe de Estado trajo un clima de violencia. «Estuve secuestrado por las fuerzas policiales en 1956, y tuve que irme de Guatemala y trasladarme a México. Estos avatares provocaron que perdiese todas las propiedades que tenía allí», relató en una entrevista.

Alejandro Finisterre fue detenido y obligado a abandonar el país. Y desde 1958 residió en Méjico y fundó su Editorial Finisterre Impresora -¡siempre Fisterra!-. Tenía la exclusiva de las obras del popular Cantinflas, entre ellas, Su Excelencia, la primera novela del actor cómico mexicano, un libro que vendió más de 150.000 ejemplares en poco tiempo.

Admirable libertad en México

En México, Finisterre alcanzó una admirable libertad personal y creativa. Además de periodista, escritor, editor, poeta, inventor y albacea de León Felipe, fundó la Asociación de Escritores de México, y fue miembro de la Cámara Nacional de la Industria Editorial de ese país, entre otras numerosas actividades culturales, empresariales o sociales que desenvolvió. «Conocí a León Felipe en Madrid, en 1936, en la Guerra Civil Española y en tiempos de la revista Paso a la juventud. Luego, en México nuestra amistad fue estrechándose cada vez más. Desde un principio hubo entre nosotros una gran compenetración, grandes coincidencias en temas fundamentales. Y desde el primer momento admiré su poesía, el valor de su testimonio humano», declaró en La Voz el 18 octubre de 1981.

Finisterre fue miembro de numerosas instituciones y también ampliamente premiado, impulsor de una gran trayectoria en la edición con la editorial Finisterre, las revistas Poesía en México y Ecuador, 0º 0’ 0’’, y un taller de artes gráficas, así como autor de una completa obra poética. En 1961 viajó a Galicia y estudió la poesía gallega del momento. Publicó en su editorial el libro Poesía de Galicia Contemporánea. Y en diciembre de 1967 fue elegido académico correspondiente de la Real Academia Gallega. A mediados de diciembre de 1975, casi un mes después de fallecer el dictador, Alejandro Finisterre efectuó un viaje a España. En Ourense fue detenido por la policía en un céntrico hotel y encarcelado, al existir una orden del Tribunal de Orden Público por estar procesado junto con el distribuidor en España del libro Nueva antología de León Felipe. El 12 de mayo de 1975 fue declarado en rebeldía y el 7 de octubre el fiscal le acusó de un delito de «injurias al Jefe del Estado», y solicitó para él un año y seis meses de prisión y 20.000 pesetas de multa. Y ordenaron su busca y captura. No obstante, al fisterrán le alcanzaba el indulto concedido tras la muerte de Franco, y por tanto su responsabilidad estaba extinguida. Las autoridades esperaron instrucciones de Madrid y quedó en libertad en la tarde del 17 de diciembre. Años después regresó a España.

Bien es cierto que no mantuvo, por razones obvias de su exilio, un contacto físico con Fisterra, pero sí afectivo como lo demuestra un apellido que tomó prestado. Casado con la cantante lírica María Herrero, con la que no tuvo hijos, falleció en Zamora el 9 de febrero del 2007 a los 87 años, después del sacrificio del tiempo dedicado a construir una obra y un legado con el apellido, Finisterre. Murió poco antes de que el concello quisiera concederle el título de Hijo Predilecto, en un segundo intento que tampoco llegó a buen término. Sin duda que existían razones para otorgárselo. Él, ya en la vejez, desde hacía tiempo, esperaba poco de todo y menos de los demás.

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