Los temporales se comen las playas

Desde Fisterra a Malpica se observan grandes arrastres de arena debidos a la acción del mar


cee / la voz

La playa de A Langosteira de Fisterra, que no es precisamente O Rostro ni Mar de Fóra en lo que exposición al océano se refiere, presenta estos días un escalón de entre tres y cuatro metros de altura dependiendo de los puntos.

El envite de la sucesión de temporales de los últimos días ha producido un arrastre de la arena verdaderamente llamativo. «Eu levo aquí toda a vida e como está agora mesmo non a vin nunca», señalaba ayer por la tarde un marinero ya veterano de la localidad.

El caso no es ni mucho menos único porque, por ejemplo, en Malpica se observa incluso como han quedado a la vista gran número de piedras y partes del fondo rocoso pegado a la pared del paseo marítimo en el tramo urbano de la playa. Incluso sin salir de Fisterra hay más ejemplos, en algunos casos muy visibles, como el de O Rostro, donde ha vuelto a quedar al descubierto el esqueleto de un barco que emerge cada cierto tiempo con estos fenómenos meteorológicos.

Tampoco se trata de la primera vez ni nada por estilo. En mayor o menor medida ocurre todos los años, aunque suele notarse bastante más en las playas de mar abierto, donde su acción castiga con especial dureza la costa, como ocurre, por ejemplo, en Traba, Soesto de Laxe o en el litoral más exterior de Muxía, Camariñas... En cualquier caso, salvo cuestiones puntuales como ahora la de Baldaio o las que se dieron en años anteriores en Sardiñeiro, Estorde o la Cruz de Muxía, lo habitual es que el propio medio por sí mismo vaya recuperando esa arena y regenerando las playas. Es por tanto muy pronto para plantearse la necesidad de ejecutar algún tipo de actuación al respecto, a no ser que se produzcan situaciones graves en cuanto a seguridad o deterioro litoral.

Resurge lo poco que queda del Silva Gouveia

Una de las consecuencias habituales de estos arrastres de arena es que en la playa de O Rostro de Fisterra queden a la vista los ya escasos restos de las cuadernas y otros elementos del casco del Silva Gouveia. El vapor portugués, que iba cargado de azúcar, se hundió en esa zona la víspera de Nochebuena de 1927. Hace dos años por esta época volvió a quedar también bastante visible e incluso empezaron a desprenderse algunos fragmentos metálicos de la estructura.

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