El castillo del Príncipe fue comprado por 1.500 pesetas en 1894

Plácido Castro Rivas hizo una fortuna, pero sus reveses políticos lo llevaron a abandonar el pueblo y la comarca


El castillo del Príncipe y sus terrenos enclavados en Ameixenda (Cee), ahora en venta de nuevo, salieron ya a la venta en subasta pública celebrada en el Parque de Artillería de A Coruña el 20 de abril de 1894. Fueron adquiridos por 1.500 pesetas por Plácido Castro Rivas. El nuevo propietario restauró el monumento y lo rehabilitó conservando sus fosos, contrafosos, puente, torre, aspillerado, gran patio, con sus casas matas abovedadas y sus grandes chimeneas. Instaló estanques surtidores y fuentes. Bajó el agua encañada del monte y construyó un enorme depósito de cantería para utilizarla para el riego.

También remató la construcción del último trozo de la carretera de Cee a O Ézaro y construyó una cómoda rampa hasta el mar. En la parte oriental construyó un hermoso chalé con una gran torre con azotea, desde la que se domina un amplio horizonte y la entrada de O Pindo, Carnota, Quilmes, la ría de Muros, la ensenada de Fisterra y Corcubión y Cee.

Plácido Castro Rivas nació en Fisterra a mediados del siglo XIX y estuvo casado con la muxiana Eufrasia del Río Recamán. Dejaron dos hijos, Plácido Ramón y Hermitas. Ejerció de secretario en el Ayuntamiento de Corcubión a partir de 1885 y emprendió paralelamente varias aventuras empresariales en las que obtuvo jugosos beneficios. Acumuló una gran fortuna primero con la exportación de langostas y, después, como banquero, armador y con depósitos flotantes de carbón, entre otras actividades.

En política fue concejal, elegido en varias ocasiones diputado provincial y ejerció mucha influencia en la comarca, tanto política como económica o social. No obstante, en 1905 Plácido Castro sufrió sus primeros reveses políticos al apoyar la candidatura de un rico indiano, Anselmo Villar Amigo, originario de Malpica, para diputado nacional por el distrito de Corcubión. Triunfó con facilidad su oponente, Ramón Sanjurjo Neira. Y, aquí, sí violentaron su ego.

A mediados de la segunda década del siglo XX, y perdida su influencia política por diversos episodios y contrariedades, Plácido decidió abandonar las luchas enconadas entre dos oligarquías: la que él lideraba y la del viejo Manuel Miñones Barros.

Sus fracasos políticos lo llevan a tirar la toalla y se alejó del pueblo de su cuna. Su figura, y la de Manuel Miñones Barros, que competían empresarial, profesional y políticamente, están directamente relacionados con la aparición de la etapa de mayor esplendor vivido por Corcubión en su larga historia.

Vendidos los depósitos flotantes a la Compañía General de Carbones y cedida su cartera de clientes de la actividad bancaria a Perfecto Castro Canosa, de Cee, el 7 de noviembre de 1916 apareció en La Voz de Galicia un anuncio en la que se ofrecía a la venta un automóvil Panhard, modelo 1914. Y pocos meses más tarde, el 22 de julio de 1917 puso a la venta una casa situada en la plaza de Corcubión en 50.000 pesetas y también una fábrica de salazón en Fisterra y la Batería de San Carlos, pasando él y su familia a residir en el castillo del Príncipe y después a San Sebastián, de donde regresaba los meses veraniegos. Plácido Castro iniciaba así su radical desvinculación, primero con Corcubión, y después con las actuales comarcas de Fisterra y Soneira.

Ventas

Nueve años más tarde, el 21 de enero de 1926 apareció otro anuncio en La Voz: «Se reciben ofertas para compra de las fincas siguientes: Finca urbana a base de un fuerte de guerra comprado al Estado, nombrado Castillo del Príncipe de Ameijenda (...) Una casa en Corcubión (calle de San Marcos) de planta baja y dos pisos construcción del año 1880 en la plaza y vistas al mar (...) Las ofertas a su propietario D. Plácido Castro...”.

Fracasada la venta del castillo del Príncipe y del automóvil -donó este último a la Residencia do Estudiantes de Santiago-, y deseoso de desprenderse de la propiedad y alejarse definitivamente de la comarca en la que había nacido y enriquecido, Castro Rivas trató de donarlo a la Diputación de Valladolid con la prohibición de enajenarlo. La donación: la finca con todas sus dependencias, excepto el fuerte del Príncipe que quería reservarlo en tanto viviese, pasando luego a la muerte del donante a engrosar la propiedad de aquella corporación. La Diputación vallisoletana envió dos comisionados para cerciorarse del valor de la propiedad, la aplicación que podrían darle y los gastos de mantenimiento que acarrearía. Y según los comisionados se trataba de «una admirable finca, valorada en un millón de pesetas, cerrada por sólida y alta muralla, con varios edificios -un chalé de estilo inglés, otro titulado Casa de Pintura, una llamada Mezquita construida al estilo árabe, casa para criados, almacén de herramientas, etc.-, aparte del Castillo del Príncipe con su galería de cristales, campos de tenis y dependencias lujosamente amuebladas (...) Para finca de recreo, para sanatorio marítimo, albergue de colonias escolares o base de explotación agropecuaria, resultaba inmejorable».

Las condiciones fueron incumplidas sin que nadie hiciese nada por evitarlo

Décadas después, ya al principio de la actual democracia, la cláusula impuesta prohibiendo la enajenación fue sorteada en 1978. De esta forma quedó anulada la voluntad del donante. Los bienes se hipotecaron por la Asociación de Prensa madrileña en una entidad bancaria, pasaron a manos del banco al no cumplirse con los pagos comprometidos. De este modo, la entidad bancaria adquirió así la propiedad y la puso a la venta.

Una transmisión hecha a todas luces en fraude de ley que hizo desaparecer la carga sobre el bien donado en el camino del negocio bancario, un bien que debería entregarse a las cuatro diputaciones gallegas en beneficio exclusivo de los «hospicianos incluseros» y con las mismas restricciones que habían fijado a la Asociación de la Prensa de Madrid. Y nadie hizo nada para recuperar un bien expoliado.

Hoy en día, los nuevos propietarios quieren venderlo por seis millones de euros.

Negativa a la ACB de Corcubión en Buenos Aires para convertirlo en asilo y sanatorio

La Diputación de Valladolid renunció al castillo por las cargas y restricciones. Enterada la Asociación ABC del Partido Judicial de Corcubión en Buenos Aires del deseo de donarlo, se lo pidió a Plácido Castro para convertirlo en un sanatorio-asilo de ancianos emigrantes que retornasen a su tierra sin recursos. Nunca recibieron contestación. Fue, pues, una respuesta contundente: el silencio. O su particular ajuste de cuentas entremezclado con resentimientos, inquinas y antiguos rencores. Y haciendo caso omiso a los intereses de sus comarcanos, lo cedió a la Asociación de Prensa de Madrid para convertirlo en residencia veraniega para hijos de periodistas.

Crítica de La Voz

El 30 de octubre de 1927 La Voz publicó una critica a su postura: «El ex-diputado provincial, corcubionés, D. Plácido Castro, ha ofrecido a la Asociación de la Prensa madrileña su castillo del Príncipe, extensa finca situada en las inmediaciones de Corcubión. Ya antes la había brindado a la Diputación de Valladolid, pero con tales restricciones y tan complejas cláusulas que aquel organismo renunció a la donación. En vista de lo cual el Sr. Castro la brinda a los periodistas de Madrid, como pudiera hacerlo a los escribanos de Cuenca o a los tintoreros de Tarragona».

Ya no regresó más

La escritura se otorgó en Madrid en diciembre de 1928. Y al deshacerse de la batería costera del Príncipe, costeó una fuente pública en el lugar de Ameixenda y la vida de Plácido Castro tomó definitivamente otros derroteros: ya no regresó de San Sebastián, y se exilió al inicio la guerra civil en una villa que poseía en Niza (Francia), pero la Segunda Guerra Mundial le empujó para Uruguay, país en el que falleció en el año 1945.

Plácido Castro Rivas, fue un hombre que puso a la comarca en antagonismo con sus ideas, y como castigo no quiso que su inmensa fortuna beneficiase a la tierra que le vio nacer y enriquecerse. Pudo ser un gran filántropo. Significó algo mientras mantuvo su poder económico, político y social, pero, luego, solo con el económico buscó el destierro sin dejar aquí raíces. Pudo ser un Fernando Blanco de Lema o un José Carrera Fábregas. Hoy su nombre dice poco. De cualquier forma, por sus emprendimientos empresariales Corcubión le dedicó el paseo marítimo de Quenxe y otros honores.

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