El monte no arde por un loco solo


«Que hai un tolo que lle está dando lume é evidente, pero iso non significa que poidamos mirar para outro lado e esquecernos de como está o monte». Así, tajante, se muestra el teniente de alcalde de Fisterra, Xan Carlos Sar, después de que la semana pasada la localidad sufriese el incendio más devastador de la comarca en lo que va de año. Un incendio del que, de momento, no hay ni culpables ni sospechosos contra los que existan indicios sólidos, por más que parezca claro que en ese entorno, entre las parroquias de Duio y Sardiñeiro, alguien está quemando el monte de manera deliberada. Salvo los fuegos cerca del faro, que obedecen a otras razones, la práctica totalidad de los incendios registrados en Fisterra en los últimos años se registraron en esa zona. Generalmente con viento, de noche... los ingredientes precisos para causar el mayor daño posible, a veces con poca pericia además, como un foco prendido con viento de sur con idea de que subiese por el monte sin lograr su objetivo.

Ahora bien, los culpables o más bien los responsables en un sentido más amplio, hay que buscarlos en el conjunto de la sociedad y no solo la de Fisterra. Es algo bastante más complejo: un sistema económico, una estructura de propiedad y, en último término, un despilfarro de recursos madereros, ambientales, paisajísticos y de toda índole, que es a lo que ha conducido el abandono del monte.

Casualmente ese sábado (al final no se hizo porque era fiesta en Fisterra) tenían intención de celebrar una nueva reunión para la constitución de una Sofor, las sociedades forestales que ahora están en auge, promocionadas y financiadas por la Xunta y a las que, por ejemplo en Dumbría, se están sumando los vecinos en masa, hasta el punto de que los que quedan fueran son ya raras excepciones.

Si la gestión comunitaria del monte ya parecía la única fórmula con algo de futuro, si se aspira a tener algo más que cuatro pinos nacidos de cualquier forma y con un aprovechamiento maderero casi nulo, los incendios deberían ayudar a disipar dudas. Está más que demostrado que el monte sin gestionar arde más, los incendios son más complicados de extinguir y, por supuesto, su rentabilidad económica, social y ambiental es prácticamente nula.

Ahora bien, la pelota está en muchos tejados, pero sobre todo en el de los propietarios, que son en último término responsables de sus fincas. Son los que deben decidir si es mejor que las trabaje alguien o que tengan por único desbroce el del fuego que las arrasa cada 10 o 15 años.

Por J. V. Lado CIUDADANA

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