Ya son 24.000 los kilómetros a pie de Alberto Castelló: «Sigo teniendo fuerza para caminar»

Ha ido y vuelto de Roma, ha pasado por Bosnia y ha llegado a cruzar el Gran San Bernardo. Desde Fisterra cuenta este Viernes Santo su historia: desea volver a Roma y alcanzar Jerusalén. Peregrina sin recursos económicos, sin teléfono, sin nada material


Carballo / La Voz

«Once mil kilómetros a pie, y sin dinero», titulaba La Voz de Carballo en sus páginas la historia del alicantino Alberto Castelló de Pereda el 11 de abril del 2016. La contaba desde Fisterra, llegado desde Roma, y, hoy, Viernes Santo del 2019, tres años y unos días después, vuelve a estar en este punto, en el finis terrae, en uno de esos iconos de la Costa da Morte para el peregrinaje. Arribó al albergue Mar de Fóra el jueves, pero muchas cosas han pasado en este tiempo. Así, aquellos 11.000 kilómetros de abril del 2016 son ya ahora 24.000. Alberto tiene 55 años. ¿Qué fue de él tras salir de Fisterra? «Desde aquí me fui hasta Valencia, hasta mi casa. Hacía tres años que no había ido», cuenta. Había salido de su tierra en junio del 2013, nada menos. Sin recursos, sin dinero, sin móvil, sin nada que lo localizase. Es por eso que no fue hasta su regreso cuando supo de la muerte de sus padres. En casa pasó una semana, pero se decidió a continuar con aquel «Camino de Roma a Roma» que había iniciado. Después, recorrió Italia, dio la vuelta a Sicilia y transitó el Adriático por la parte italiana, hasta llegar a Accoli Pisceno. Inició ahí el Camino de San Francisco de Asís, hasta Asís, continuando más tarde con el Camino de la Paz y arribando a Medjugorje, en Bosnia. Sus pies pasaron por Eslovenia, por Croacia... pasó un mes en Florencia articulando un belén en la iglesia de un sacerdote que había conocido en la ruta... «Nunca lo había hecho, fue una bendición», cuenta. 

«¿Puede decirse que el Camino es ya su lugar de vida, su hogar?», se le pregunta. Alberto dice que sí: «Hoy el mundo es mi casa y Camino tras Camino voy haciendo. Aún me quedan muchos por recorrer y sigo teniendo esa fuerza para caminar». ¿Por qué empezó todo? «Buscaba un lugar en el que rehacer mi vida y fue en Oviedo, haciendo mi primer Camino, el Primitivo, donde empezó todo. Buscaba un trabajo mientras caminaba, pero ese trabajo nunca acababa de llegar y yo hacía cada vez caminos más largos. Hasta que decidí irme a Roma. Entonces el trabajo me buscaba a mí». Antes de iniciar estos periplos, Alberto trabajaba con caballos y así, en su peregrinar, encontró trabajos eventuales, temporales, por los que ni siquiera pedía dinero: «Una ducha, comer...». Es así como subsiste, sin haber llegado a pedir nunca. Le aportan ropa, algo de comida, un cobijo... Va obteniendo lo que precisa para seguir. 

No vive atado a un teléfono. No lleva nada con lo que comunicarse, aunque sabe que existe una cuenta de Instagram que creó su familia para saber de él. «Cuando ven una foto, o alguna cosa, -son muchas las entrevistas que ha concedido- se lo mandan a mi hermano por Whatsapp y así todo el mundo sabe de mí, pero yo no se dónde está nunca nadie», ríe. Sellos y más sellos tienen sus credenciales, quizás el único recuerdo físico de todo lo que ha vivido. En la memoria, muchos. «Momentos especiales te ocurren cada vez que te encuentras con una persona que, sin pedirle nada, te abre su casa, te deja ducharte, te da una cena e incluso un desayuno por la mañana», afirma. Cree que hay una visión errónea de lo que sucede en el mundo, trasladada también por los medios: «Parece que todos somos criminales, pero de verdad que en todo este tiempo no he encontrado ningún problema. Muy al contrario de lo que se cree». Llama a no temer el Camino: «La posibilidad de que te pase algo malo es mucho menor que al coger cada día el coche». Habla de hospitalidad y es capaz de darle la vuelta a las cosas: «Dicen que cuando una puerta se cierra otra se abre. En realidad, no se te ha cerrado. Estar allí supondría tener menos de lo que después ibas a recibir. Hay algo mejor que viene después de esto», dice. 

Aquellos que se encuentra le brindan apoyo: «Realmente, soy un vagabundo. Pero cuando te pones una concha, un bastón y una mochila dejas de ser un vagabundo para ser un peregrino. Y la gente a quien peregrina le ayuda», valora. No existe para él una meta, ni siquiera un lugar donde empezar o terminar: «El peregrinaje parte desde casa». Desde aquel día que sintió no saber a dónde ir y una fuerza lo echó al Camino, continúa convencido y «sin saber cuándo acabaré»: «Cada día tengo más fe en mí mismo, incluso en Dios, pero sobre todo más fuerza para caminar». Es dar y es recibir: «Ves tantas personas que te aportan cosas y tú también a veces aportas, aun sin saberlo. Creo que siempre llevamos algo para alguien, siempre». 

Volvió a casa después de Bosnia, siempre andando, pero nuevamente inició ruta. De su pueblo a Alicante y Murcia, para luego emprender los Caminos de Caravaca de la Cruz, la Plata y Sanabrés, hasta llegar en estas semanas a Santiago y a Fisterra. No puede quedarse con solo un peregrinaje («cada Camino es un mundo») ni con unas gentes, aunque sí con algún paisaje particular. En pleno noviembre, nevando, pasó los Alpes de Italia a Suiza, por el Gran San Bernardo: «Me parecía estar en cielo». Hasta le dijeron que debía llevar una bendición encima, por la imposibilidad de cruzar esa zona con tal tiempo. Ahora, Alberto quiere volver a Roma y, después, llegar a Jerusalén: «Me hace mucha ilusión». 

Alberto, a las puertas del albergue Mar de Fóra, en Fisterra
Alberto, a las puertas del albergue Mar de Fóra, en Fisterra

Ha conocido a muchos peregrinos especiales y guarda numerosas anécdotas, como cuando dijo una noche en Asís que nunca había leído nada sobre la vida de San Francisco. Al día siguiente, y llevando dos euros en el bolsillo, dando una vuelta por el lugar, se encontró con un mensaje: «Lucha contra el cáncer, 1,50 euros». Entró. «Dejé los dos euros. Había un cubo muy grande con números y te pedían que cogieses uno, porque te daban algo a cambio. Me entregaron un paquete envuelto, ¡y era la vida de San Francisco de Asís en español! Eso es un acto que te tumba», describe. Su forma de hacer el Camino choca con muchas de las cosas que ve, como el ir cargados, o con prisas: «En el Camino la gente cree encontrar alguna cosa, pero en realidad aquello que buscan está dentro, solo que tienes que caminar muchos kilómetros para darte cuenta». Es partidario del encuentro con los otros peregrinos, pero también de «caminar solo, rumiar tu vida». Asegura que es un error trasladar la vida diaria al Camino (el tiempo apremiante, lo material...), porque lo que en realidad debe hacerse es trasladar lo que uno aprende del Camino a la vida diaria. 

La madre de Alberto ya no pudo verlo en su regreso a casa en el 2016. «Murió el 6 de abril, el día que yo entraba a Santiago. Yo no lo supe hasta volver, pero ella sí sabía que volvía a casa». Detenerse, de momento, no es una opción. 

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