El viaje hacia un dolor común, el del exilio, de los «escapados» de Fisterra

Los dos hermanos Díaz Lobelos emprendieron una incierta marcha hacia, primero, Asturias


La incertidumbre estresaba a los dos hermanos fisterráns Díaz Lobelos, que el 18 de diciembre de 1936 se lanzaron a la huida de la opresión. Tiraron los dados aún temiendo que un puro golpe de azar hiciese fracasar su aventura. En la travesía de Corcubión a las islas Sisargas no surgió problema alguno, dejando José atrás a una esposa, Josefa Insua Calo, y a una hija. Ellas ignoraban su huida. Ambos los dos dejaban también a su padre y hermanos. Y como daño colateral un serio problema al progenitor, que además de ser detenido por la Guardia Civil y multado, los demás hijos le pusieron en cara que hubiesen llevado el barco, el único sustento de la familia. Manolo de Xan, conocedor del grave peligro corrían en Fisterra sus dos hijos escapados, contestó: «Se llevaron lo que es mío», avalando la decisión y apoyándoles tajantemente, consciente del peligro de quedarse en casa.

En la navegación del Cabo Finisterre nada estuvo bajo control. Ni al alba, ni a la primera hora de la mañana, ni al medio día, ni a la tarde, ni al atardecer, ni al crepúsculo, ni a la noche siguiente... Nunca. Las certidumbres escaseaban y sufrían ansiedades y temores sabiendo que su suerte pendía de un hilo. En tanto, cada hora que pasaba ponían mar por medio, y aunque no deseaban perder de vista la costa, se fueron alejando hasta que el azul del océano se convirtió en el único telón de fondo de babor y de estribor, de proa y de popa, volviéndose más tarde bajo y gris el cielo y comenzando con una llovizna fría que empeoró más tarde, permaneciendo siempre alerta por lo que pudiera presentarse.

Todo fueron límites

En esta travesía del Cabo Finisterre todo fueron límites. José tuvo que levantar casi a pulso desde la bodega a la cubierta un tanque de 200 litros de combustible, en tanto su hermano volcaba la atención en mantener el rumbo, azotando al barco un vendaval muy fuerte. Al llegar la noche avistaron una luz que resultó ser el faro de Luarca, que sabían en poder de los nacionales. Y, siempre en alerta, cambiaron el rumbo dirigiéndose a cabo Torres, apareciéndole en las cercanías dos lanchas de pesca de sardina, una por babor y otra por estribor, que les preguntaron si eran gallegos. Después de cruzar breves frases, los asturianos escoltaron al Cabo Finisterre hasta el pueblo de Lastres, recibiéndoles muy bien y ayudándoles la agrupación local socialista.

Por delante aún quedaban muchos desafíos. Trasladados a Gijón el 11 de enero de 1937, José se afilió al PCE y Juan hizo lo mismo en la población de La Escrita, y también a las Milicias Populares republicanas. Y a partir de aquí participaron en la lucha contra el ejército sublevado, y luego, cuando cayó Asturias también en Cataluña. Juan en los frentes de guerra asistiendo a ras de suelo al espectáculo de las batallas y los bombardeos, y en ocasiones a pecho descubierto. Primero fue en el Batallón Asturias número 61, y después en el Batallón de Infantería número 270, 3ª Compañía. José Díaz, en cambio, por su profesión de mecánico fue destinado a otras tareas en retaguardia como primer maquinista en un barco que hacía la travesía Avilés-Bilbao, llevando carbón y regresando con manganeso y otros metales, trabajando después en el Parque Automotor como encargado del mantenimiento de camiones.

Este último, Pepe de Xan tardó en enviarle a su familia una carta para tranquilizarles. La primera ocasión que dispuso fue por medio de un marinero gallego enrolado en un buque mercante americano, llevándole una misiva con el fin de depositarla en correos de Francia, y destinada a Fisterra, enterándose así su esposa de que ya se encontraba en Barcelona. Más tarde pudo enviar las cartas desde Andorra; después desde Inglaterra... Por supuesto, conociendo que pasarían por la censura franquista. En ese tiempo ya su esposa e hija, después de sobrevivir con un pequeño puesto de verduras en la villa del Santo Cristo, habían decidido abandonar Fisterra y trasladarse a Coruña para trabajar allí y escapar de la miseria y de la agobiante atmósfera fisterrana, colocándose al frente de una fonda en la capital herculina.

Los dos hermanos sufrieron hambruna en Asturias, pero valoraron la libertad que tenían. Del Principado, el 22 de octubre de 1937 José se trasladó a Francia en un mercante en el que antes de la guerra había trabajado como primer maquinista, atracando en el puerto de La Rochelle; luego pasó a Cataluña por el Alto Aragón y con el paso del tiempo y el transcurso de la guerra llegaron las sucesivas decepciones y con el desmoronamiento del ejército republicano todo acabó en un triste final.

Flaqueando, al llegar el triunfo de los fascistas, que no trajo a España ni paz ni perdón y sí los insolentes años de la victoria franquista, se bifurcaron los senderos recorridos por ambos hermanos para viajar como un mal menor hacia un dolor común, el del exilio, al encuentro de un mundo en el que nadie les esperaba, atrapados por la tragedia.

En Francia y en Argel

José Díaz buscó asilo en Francia en febrero de 1939, conduciendo un camión, y Juan, en Argel. Y los dos sufrieron un sinfín de problemas, hundidos en la miseria material y psicológica, comiéndoles los piojos en los campos de concentración en los que fueron confinados, instalados en playas y aislados por alambradas, montando carpas con tres mantas sobre la arena: una en el suelo y dos haciendo de paredes y techo. Más tarde, ellos mismos construyeron barracas de madera, sufriendo mucha hambre: les daban una lata de sardinas y un pan de dos kilos para 15 hombres; robándose los unos a los otros para poder comer unas pocas patatas asadas, calzar unas botas viejas, o vestir un pantalón lleno de piojos...

En los primeros meses de 1939 dejaron atrás una España machacada por la guerra y por el fascismo, con las esperanzas rotas y muchas batallas perdidas. En Francia, una vez estallada la Segunda Guerra Mundial, a José lo destinaron a los grupos de trabajo del ejército francés en diciembre de 1939 y más tarde como oficial mecánico al campo de Septfonds. Finalmente fue contratado por una empresa en San Martín de Tours, en la que trabajó durante tres años, para después luchar contra los nazis alemanes integrado en la Resistencia francesa, en tanto Juan se presentó voluntario para la Legión Extranjera.

Después de muchas aventuras y de huir de un tren en marcha que lo llevaba prisionero a Alemania, al final de la guerra europea Pepe de Xan penetró en seis ocasiones en España por los Pirineos para colaborar con la guerrilla antifranquista y abrir estafetas de apoyo. Y por la lucha a favor de la Francia liberada, y cuando el horizonte parecía más negro que nunca y todo era un túnel sin final, José logró la concesión del derecho de asilo político como refugiado español, logrando trabajar de herrero en la época de las vendimias y consiguiendo que su esposa y su hija, de 16 años, se trasladasen al país galo, naciendo en Burdeos otra hija más en septiembre de 1949, precisamente, Juana Díaz, una de mis informadoras.

Pero la historia siguió persiguiendo la esperanza...

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