«Berraban: 'Vamos, vamos, que o avión vai explotar, vai facer chispún'»

Personas con historia | Antonio Romero Ramallo fue uno de los rescatadores de los tripulantes de un avión de guerra derribado en Langosteira el 28 de agosto de 1943


carballo / la voz

El 20 de agosto, Antonio Romero Ramallo, de Fisterra, celebró sus 100 años. El 28 se cumplieron 75 del derribo de un avión americano en la playa de Langosteira, una de tantas batallas aéreas de la Segunda Guerra Mundial. El centenario lo celebró por todo lo alto, rodeado de su familia. La otra efeméride la recuerda con plena nitidez con frecuencia, casi sin darle importancia. Él estaba allí y puede contarlo.

Romero andaba entonces al xeito, a la sardina. Tenía las piezas tendidas en el Campo do Testón. Trabajaba con normalidad y de repente todos escucharon un fuerte ruido. «Alguén dixo: ‘¡É un avión, é un avión’. Viña moi baixo. Pensamos que ía caer, e caeu», relata.

Lo hizo en la playa, a unos 40 o 50 metros de la arena, entre San Roque y A Serra, más cerca de esta. Rápidamente se puso en pie y se dirigió a la zona. «Canosa, de San Martiño, tiña un barco, o Dejen Paso, amarrado en San Roque, e chegamos ata el nunha chalana. Xa fomos dereitos». Detrás le siguieron los compañeros de Romero, los que trabajaban con él, en su propia lancha de remos y vela, el Romera. A priori, acercarse a un avión de guerra en el mar, que acaba de ser derribado, y con la evidente posibilidad de que su perseguidor alemán quisiese rematar la tarea, parecía arriesgado. «Nós non pensamos niso. É como se agora ves un accidente dun coche. ¿Non paras a axudar? Pois o mesmo».

Antonio recuerda que cogió su navaja y la puso entre los dientes, maniobró con el barco y ató un cabo a la cola del avión. Subieron al barco grande a siete tripulantes, algunos heridos, y en la lancha fue otro. Más tarde llegaría la motora Lili y se llevaría a otro. Un décimo tripulante falleció.

Pero antes de que pudiesen dirigirse a tierra, uno de los avisadores se vio algo dentro del aeroplano y salió advirtiendo de que había que irse: «Un deles empezou a berrar, a facernos sinais, porque non lle entendíamos nada, para advertirnos. E nós entendémoslle o seguinte: ‘Vamos, vamos, que o avión vai explotar, vai facer chispún. Iso era o que el dicía: ¡Chispún!, ¡chispún! E efectivamente, despois, ao separarnos, explotou e rebentou todo».

El resto de la historia lo contó La Voz el día 9 del mes pasado: el soldado fallecido enterrado en San Martiño, las atenciones de los dos médicos de Fisterra a los heridos, una carta de agradecimiento del Consulado Americano en Vigo a la familia de Manuel Mayobre, agente de policía marítima que los atendió a todos en su casa...

Antonio explica que a él nunca nadie le agradeció nada. Ni una carta, una llamada o una visita. Una vez le pidieron una firma parta atestiguar que una determinada persona había estado con él ese día en el rescate, y así obtener un reconocimiento o facilidades en Estados Unidos, y de paso se enteró que, en algún lugar del país, había una placa en la que estaban los nombre de los rescatadores, incluido el suyo. Pero no supo más de ello, ni siquiera los datos exactos. Ahí se quedó todo. Ahí, en el día que declaró en Corcubión sobre lo sucedido, y en su memoria y las veces que lo ha ido contando en una larguísima vida de trabajo y familia numerosa. «Eu creo que aqueles homes non sabían que estaban en España nin onde estaban, e que estaban máis preocupados polo que lles podía pasar que polo que lles pasara». Ahora ya es historia.

Últimos testigos que vieron al Bonito

Antonio come a las 11.30, o como muy tarde a las 12.00. Horario europeo al cien por ciento: a él no le van a afectar los debates sobre el adelanto el retraso del reloj, tan en boga estos días. A diario sube y baja de su casa por las estrechas escaleras de Calafigueira, que él conoció cuando el mar llegaba hasta esa zona. En realidad, su Fisterra era otra en todos los aspectos: «As lanchas de remos subiámola ata o río da Mixirica», calle arriba desde el monumento al emigrante.

Tuvo siete hijos, un matrimonio muy longevo que hasta le mereció un diploma del Vaticano. Ocho nietos, nueve bisnietos y dos tataranietos. Su primer barco fue el Romera, al que siguió el Feroz, de un motor; el Panxón, que le costará 1.200.00 pesetas y en diez años lo vendió por cinco millones, y finalmente el Hijos Romero.

Su vida ha estado siempre ligada al mar, como la de tantos fisterráns. Y estuvo en más rescates que en el del avión americano. Uno de ellos fue el barco Santo Cristo, que rompió amaras en el puerto en dos ocasiones, y en ambas participaron él y sus hijos. Al final acabó contra las piedras, pero ya sin nadie a bordo. En otra ocasión estaba al lado del Bonito recogiendo los palangres, antes de que se levantara el viento sur de repente, llevándoselo por delante y causando una de las mayores tragedias que se recuerdan en Fisterra. Fueron los últimos en ver al malogrado barco.

Antonio es conocido como Barracas, mote que heredó de su padre, y de él pasó a toda su familia. Viene de cuando su progenitor había emigrado a Argentina, para trabajar de albañil. Allí dormía en la barraca de obra. Tantas veces lo citó, que le quedó. Por cierto, que logró el trabajo memorizando un texto que hacían leer (él no sabía) a los que llegaban para ver si eran analfabetos.

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