Juan y José Lobelos, los dos escapados de Fisterra en el 36

Habían sido advertidos de que su vida podía peligrar si no desaparecían del pueblo


Existen sociedades que siempre olvidan y nunca enaltecen, que tienen muchas historias humanas arrumbadas y extraviadas y nunca las recuperan; que solo apuestan por un presente continuo. En pocas palabras: que la historia de nuestros pueblos está compuesta de numerosos acontecimientos que ignoramos.

El próximo día 20 se celebrará en O Pindo una charla sobre escapados, dentro del IX Seminario sobre a Memoria ‘Omesomonte’. Allí estaré y como adelanto va esta historia olvidada de los huidos de Fisterra.

Una crónica que construida sobre recuerdos. Los de un escapado fisterrán entrevistado en 1999 por la revista de la Agrupación Fisterra Unida, de Avellaneda (Buenos Aires), y de un Boletín del CIRSP -Centro de investigación Ramón Suárez Picallo- número 2, de agosto de 2009; así como de la memoria de su hija, Juana Díaz Insua, residente actualmente en la Argentina, además de con documentos obtenidos en mis investigaciones en varios archivos españoles. En el del Concello de Fisterra, nada encontré.

Y versa sobre un pasado que debería cotizar más que el efímero presente, sobre hechos y circunstancias vividos por dos hermanos de la villa del Santo Cristo, en un tiempo en el que todo estaba por hacer y todo era posible, con esperanzas de cambios radicales. Y la situamos a caballo entre la memoria y la crónica, y en el fondo es una historia de personas corrientes, pero adobada con una pequeña punzada de imaginación.

Una sombra

Esta reflexión introductoria nos sirve, pues, como marco para recuperar la sombra de una historia que viene y se va, la aventura vital iniciada en diciembre de 1936 por dos escapados de Fisterra. Comienza así:

Juan y José Díaz Lobelos eran hijos de Juana da Richa y de Manolo de Xan, una familia de la villa del Cabo Fisterra a la que hay que sumar cinco hermanos más: Manolo, Agustín, Pepita, Bernardina y Amada. Para todos ellos, al igual que para la mayoría de las familias de aquel pueblo del fin de la Tierra, nunca fue fácil vivir. José nació el 19 de mayo de 1912, y como la mayoría de los niños de su edad dejó la escuela de la Socorra a los 8 años. Le necesitaban para asumir determinadas tareas de intendencia doméstica: buscar leña y piñas, acarrear estiércol, ir al balume...

Después, con 11 años se inició en las labores de la pesca como tripulante en el barco de su padre, despertándole pronto la pasión por la mecánica y desarrollando una gran habilidad en ella: a los 16 años era él quién reparaba y atendía el motor de la embarcación, desplegando desde la adolescencia y primera juventud un cierto espíritu crítico, social y político: era de los que durante el régimen republicano reclamaba igualdad y libertad para todos.

Juan, por su parte, 8 años mayor que José, emigró con 17 a los Estados Unidos, un país en el que trabajó de chófer, albañil, minero, fogonero, marinero, pescador...

Detenido

En 1932 fue detenido y procesado por motivos político-sindicales, regresando a España. Y, en julio de 1936 lo encontramos trabajando en A Coruña afiliado a un sindicato de la CNT, y cuando los militares sublevados dieron el golpe de Estado, imponiendo el yugo y convirtiendo la ilusión en tragedia, Juan Díaz fue detenido y encarcelado durante un tiempo, sufriendo golpes y torturas en la capital provincial.

En esta misma época, su hermano José Díaz Lobelos, Pepe de Xan, que anteriormente había navegado en la Marina Mercante como primer maquinista, ejercía de concejal en la corporación municipal de Fisterra, y también de dirigente del Sindicato de Oficios Varios afecto a la UGT socialista. Y también fue detenido y encarcelado en Corcubión durante dos días y sancionado con una multa de 250 pesetas, lo mismo que otros compañeros y vecinos, además de retirarle el título de mecánico naval. Y, solo, por ser miembro de una generación que creyó que España podía cambiar a mejor, o «por pensar distinto a los demás».

Al quedar Juan Díaz en libertad en A Coruña, regresó a Fisterra buscando protección en la familia. Pero también los vecinos de la villa del Cabo sufrían en sus carnes las iras, la intolerancia y el odio de los que se sumaron al golpe de Estado, manifestándose desde los primeros momentos que llegaron los guardias y falangistas para controlar la vida de todos los fisterráns. A partir del 25 de julio de 1936 se iniciaron los encarcelamientos, y también las agresiones, y esas coordenadas fueron las causas por las que los dos hermanos barajaron la idea de huir a tierras controladas por el Gobierno legítimo, una difícil decisión que demoraron hasta que, precisamente, conocieron que habían paseado al alcalde Cipriano Fernández.

Una confidencia

Todos los vecinos en la villa sabían que los dos hermanos estaban en el punto de mira de los fascistas, condenados por su liderazgo sindical o por sus ideas políticas. Por eso, los dos estaban dispuestos a correr riesgos y alejarse de aquella cárcel que habían convertido a su pueblo natal. Y más aún cuando José Díaz recibió la confidencia de la esposa de un falangista, una amiga de juventud, que le avisó: «Nos iban a matar». Que iban a por él, que habían hablado de arrancar las malas hierbas...

Y los dos hombres se pusieron en guardia, conscientes de quienes tenían toda la fuerza en aquel momento, dependiendo su vida de lo que pasara o no pasara al día siguiente, o en esa misma noche, o al cabo de unas pocas horas..., viviendo en una atmósfera explosiva y en una realidad opresiva, aunque no eran ellos de los de esconder la cabeza bajo el ala.

Y adelantaron la partida. Como les esperaba un largo viaje, y no querían quedarse sin combustible, vaciaron depósitos de gasóleo de otras embarcaciones y lo trasladaron al barco propiedad de la familia. Se hicieron con algunos alimentos, con agua, con tabaco, con ropa de abrigo... Mostrándose mucho más activo José, el ideólogo de la huida, el que más cerca estaba del peligro, aunque los ideales de ambos eran los mismos: republicanos y de posiciones de izquierda.

Cinco meses después de iniciarse en España la sublevación militar, comenzó la verdadera aventura de los escapados de Fisterra. Fue, precisamente, el 18 de diciembre de 1936 cuando soltaron amarras, sin conocer que iban a emprender un camino solo de ida, arriesgándose a sufrir un dudoso futuro.

El pesquero Cabo Finisterre, de 12 metros de eslora, con base en la villa del Cristo, estaba ese día fondeado en la dársena de Corcubión tal como habían ordenado las nuevas autoridades que querían evitar tentaciones de huidas por mar de los republicanos. Y esa noche el barco fue abordado por los dos hermanos con toda la discreción posible, subiendo a bordo para vivir una peligrosa aventura: huir de la represión física y del agobio fascista y recuperar una libertad que estaba secuestrada. E, iniciaron, la peligrosa aventura...

«Todos los vecinos sabían que los dos hermanos estaban en el punto de mira de los fascistas»

«El 18 de diciembre de 1936 soltaron amarras, sin saber que iniciaban un camino solo de ida»

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