El trato a Fisterra


Decía una crónica de 1915 que «el populoso vecindario de la inmediata villa de Finisterre está pasando una agudísima crisis. Hay tanta miseria, que muchas familias se han visto precisadas a lanzarse a la mendicidad, inundando esta villa - Corcubión- y la de Cee numerosos pordioseros, niños y mujeres principalmente, que inspiran verdadera compasión. Obedece la crisis a que los tres factores de la subsistencia allí, que son: emigración, industria encajera y pesca, atraviesan las precarias circunstancias de todos conocidas».

Todo esto sucedía un año después de haberse abierto la carretera que unió por tierra a Fisterra con el mundo e inaugurarse la línea de energía eléctrica que suministró al pueblo y supuso un importante avance. Pero, aun así, el firmante se preguntaba: «¿Por qué no solicitar del Gobierno la construcción del muelle, que hace verdadera falta, esencialmente pesquero -fue construido 40 años más tarde-; la prolongación al faro de la carretera -necesidad que hasta reviste carácter internacional- o cualquier otra obra pública que pueda aliviar aquellas tristes circunstancias? ¿Por qué aquel Municipio, o si no el vecindario, no lo piden debidamente? Sorprende, en verdad, que no se haya imitado todavía la conducta de otros pueblos, que atentos a sus conveniencias y a sus necesidades, han obtenido sendas consignaciones para obras públicas, invocando la crisis general latente». Y preguntaba: «¿Hasta cuándo nos hemos de ver desatendidos y olvidados?».

Han pasado más de 100 años, y entiendo que ahora el problema no es el no pedir, pues al parecer sí se hace, y supongo que se re-pide. La cuestión radica en que las instituciones autonómicas y estatales hacen caso omiso a las justas reivindicaciones de las corporaciones, o perjudican a la villa del Cristo con decisiones arbitrarias y, por lo tanto injustas, como la reciente duplicidad del kilómetro 0.

Afortunadamente, Fisterra no está pasando la agudísima crisis del 15. Al resurgir con fuerza la peregrinación xacobea, con indudables antecedentes en la Edad Media, y su componente de la «muerte del sol», hizo que el Fin do Camiño sea un valor en alza que está modificando, que ya ha cambiado, la economía y la vida de los fisterráns. No obstante, el municipio necesita un fuerte empujón para completar proyectos que consoliden este flujo de bienestar: la materialización del Plan del Cabo -con ello la eliminación de los pilotes de cemento de Movistar que afean el Facho, además de la finalización del cementerio de Portela...-; la negociación de convenios con Portos, gestión turística de las instalaciones del faro, uso de ciertas áreas portuarias y de la fachada marítima; construcción del centro médico que figuró 40 años en los programas electorales, la aprobación definitiva del PXOM; parcelas estratégicas para reordenar el tráfico y aparcamientos, rehabilitación del paseo dunar de Langosteira, deteriorado por el tiempo y la desidia; visitas guiadas, al tiempo de poner en valor restos tangibles, y no tangibles, de la historia y del Camiño -señalización de la ubicación del desaparecido hospital de peregrinos y su huerta, en la que aparecieron restos arqueológicos que un particular conserva-; excavaciones en los castros..., entre otras muchas. Sin duda, Fisterra merece mejor trato por la Xunta de Galicia y demás instituciones del Estado. ¿Hasta cuándo?

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