A costa de la muerte


En apenas dos días (dos) me coincidió la visita a un tanatorio de Coristanco, navegar sobre los restos de un barco hundido -con víctimas nunca rescatadas- frente a la costa de Fisterra, y ver cómo ha quedado el Bosque Animado de A Laracha, un lugar de reposo de cenizas funerarias sobre las que crecerían (ya lo hacen, pero muchos menos de los esperados) árboles. Tres maneras distintas de acercarse a la muerte desde la afortunada perspectiva de la distancia, en pocas horas y sin salir de la Costa da Morte, que para eso llevamos la condición ya en el topónimo.

Sobre Fisterra, un par de apuntes. Pese a que han pasado 54 años de la tragedia del Bonifaz, sobrecoge ver de qué manera impresiona a sus familiares (hermanos, hijos, nietos) encontrarse justo 100 metros sobre esa tumba por primera vez en su vida. Fue la mayor tragedia marítima con víctimas del siglo pasado en el litoral comarcal, y qué poco la conocemos. Esta, y otras a su alrededor. Trozos de nuestra historia que marcaron para siempre a decenas de familias, y para que las que no hay ni una placa en su recuerdo. Ni para ellas, ni para muchas más.

Fisterra también tiene algo en común con el Bosque Animado larachés, del que ya hemos escrito hace unos días: ni la recogida parcela situada en los límites de Soandres, ni el cementerio de Portela han tenido éxito, pese a tratarse de ideas interesantes, con un punto romántico y un tanto arriesgado. Tal vez ambos están en los lugares equivocados, y fuera de su tiempo. Y tal vez también dentro de pocos años los cubos vacíos de Fisterra tengan nueva vida como receptores precisamente de urnas funerarias, como lugares en los que dejar las cenizas mirando al Pindo eternamente, al menos de momento. No le faltaría demanda, el precio sería mínimo, el mantenimiento igual que ahora (nada: cortar tojos) y se evitarían los mil trámites que ninguna corporación ha querido hacer en veinte años, con el agravante de que la legislación mortuoria se ha endurecido en este tiempo.

No es mal lugar para velar cenizas, aunque nos parezca extraño. Hará también unos 20 años creíamos que los tanatorios nunca cuajarían y mira ahora, con parroquias pequeñas que hasta tienen dos, y algunos tan bien diseñados que ya le gustaría a algunos pisos de lujo. Y los grandes, con unos bares que competirían si quisieran con los mejores del pueblo. Esto ha cambiado mucho, no tardarán en darnos una tableta para escoger virtualmente cualquier mínimo detalle del muerto, hasta los colores a juego. Nos acostumbramos a todo, y a la primera. Somos más modernos y abiertos, también los viejos, de lo que nos hicieron creer. Fumar fuera de los bares, no fumar, sacar la cita del médico electrónicamente, comprar por Internet... Hasta en el adiós lo somos.

Por Santi Garrido Ciudadana

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