La educación en una zona rural hace 100 años: la escuela de Duio, en Fisterra

Cornelia Muñoz Insua dedicó medio siglo a la enseñanza, y después siguió también en su jubilación


Cada vez existen más hilos perdidos entre el ayer y el hoy, y muchas son las cosas que se encuentran en el trastero o en el desván de la memoria colectiva. También historias minúsculas, con huellas muy borrosas que vamos hoy a mirarlas de forma comprensiva: la de una escuela rural y una generación de finales del siglo XIX, principios del XX.

En 1915, con una población de 1.600 habitantes de derecho, la agrupación de aldeas de la zona rural de Duio-San Martiño sufría en sus carnes una emigración que la maestra, Cornelia Muñoz Insua, puntualizaba que se iba «bastante a las Américas y a la navegación», tal como consta anotado en el libro de la Inspección realizada el 16 de febrero de aquel año. Un camino migratorio, el de las Américas, que generalmente solo era de ida, y no de vuelta.

Cornelia, nacida en la capital municipal, dirigió como maestra interina desde septiembre de 1894 la Escuela Elemental Mixta, de Duio-Fisterra, con una matrícula en 1915 de 64 alumnos y una asistencia media de 45; en total 36 niños y 28 niñas, de 6 a 12 años. La causa de no asistir a clase estaba en la «labranza de los campos y pastoreo del ganado», faltando más los alumnos/as de 10 a 12 años, en un absentismo dirigido a aliviar necesidades y miserias en aquella época en la que trabajaban los hijos para ayudar a la raquítica economía familiar, en tareas agrícolas o en el pastoreo, o en la actividad pesquera en la capital municipal. Todo muy prosaico y extrapolable a la geografía rural de la Galicia de la época, amén de que las gentes del campo concedían escasa importancia a la educación de las mujeres.

La escuela de Duio, ubicada a unos 5 kilómetros de la capital municipal, y «a 2 ó 3 kilómetros del litoral Atlántico», ocupaba un local en una casa particular sin vivienda para la maestra, y por la que el municipio pagaba un alquiler de 60 pesetas anuales. El aula medía 31,37 metros cuadrados -menos de 0,70 por alumno, teniendo en cuenta la asistencia media- y estaba dividida en cuatro secciones.

La organización de la enseñanza seguía el sistema simultáneo y clasificaba a los alumnos en cuatro grados según sus conocimientos, todo en una época en la que los índices de alfabetización eran muy bajos, impartiéndose el curso durante los meses del otoño, invierno y primavera. A través de todo ese tiempo, entre los libros utilizados en la instrucción de los alumnos estaban los de Rufino Blanco y Ascarza, los de Dalmau Soler; el Grado Elemental y Medio; Lecciones de Historia Sagrada del Presbítero Lcdo. Fermín Baigorri; el Compendio de Historia de España; la Gramática de la Lengua Castellana de Felipe González Calzada; Literatura Práctica de José V. Rubio Cardona; Hojas Literarias para niños, de Manuel Ibarz; Geografía para niños, de la editorial Saturnino Calleja, S.A.; Escritura y Lenguaje de España, de Esteban-Paluzie; Aritmética. Teórico-Práctica, de la Librería Católica... En fin, todo un lujo acceder y trabajar con ellos en la propia escuela ya que nadie los tenía en su casa. Y también había pizarras, pizarrillos, tizas, lápices, libretas, tinteros, plumillas...

Largas distancias

Los niños acudían caminando por senderos desde distancias entre los 3 y los 4 kilómetros diarios, tanto con sol, lluvia, viento o frío, y procedían de lugares como As Escaselas (con 72 habitantes y a 0,88 kilómetros de distancia de la escuela); de Mallas (con 328 habitantes y a 0,94 kilómetros); de San Martiño de Abaixo (con 187 habitantes y a 1,04); de San Martiño de Arriba (con 137 habitantes y a 0,92 kilómetros); de Vigo (con 151 residentes y 1,10 kilómetros); de Castro de Duio (con 120 habitantes y 0,58); de Denle (con 113 habitantes y 0,82 kilómetros); de Ermedesuxo de Abaixo (con 160 habitantes y 3,5 kilómetros); de Ermedesuxo de Arriba (con 77 habitantes y 4,0); de San Salvador (con 121 habitantes y 2,2); de Vilar (con 116 habitantes y 0,74 kilómetros)...

«Era una escuela de austeridad obligatoria, acorde con aquellos lejanos tiempos»

Evidentemente, esta escuela de Duio era una escuela de austeridad obligatoria, acorde con aquellos lejanos tiempos, con poco más que una bola del mundo y un mapa de hule y pupitres de madera muy frotada, rayada y oscurecida; con una pizarra colgada en una de las paredes y un trozo de tela para limpiarla. Y, un crucifijo también colgado, adoleciendo la enseñanza de ejercicios de lectura explicada y comentada, de cálculo mental... Sí, sabemos que las prácticas de labores, llamadas del hogar, no se relacionaban con la enseñanza de geometría y dibujo, requiriéndolo la Inspección y aconsejando también el destierro del memorismo y verbalismo.

Tiempos de penurias generalizadas, y con telón de fondo, la pobreza. La totalidad, o la inmensa mayoría de los alumnos/as, no dispusieron de horizontes más amplios que los que disfrutaban día a día, profundamente ligados a la tierra y con una vida enraizada en el mundo rural. En aquella escuela, y a los 12 años -en muchos casos, antes-, terminaba su instrucción y formación, sin posibilidad de seguir estudiando, aspirando solo a una supervivencia en el medio rural en el que residían, o en la actividad pesquera en la capital municipal. O, en la dura emigración, como salida para los más decididos.

En los más de 100 años transcurridos han cambiado mucho las cosas, ampliándose también el horizonte de posibilidades de cada uno de los alumnos. La vieja escuela de Duio desapareció absorbida por el grupo construido en la capital municipal, y la maestra Cornelia Muñoz, que en 1915 llevaba 20 años en esa escuela cobrando un salario de 708,33 pesetas, incluidas las gratificaciones, experimentaba dificultades económicas «por la mezquindad del sueldo».

Años después pasó a la escuela de niñas número 1, de Fisterra, ubicada en la calle Santa Catalina, trabajando más de 50 años en la enseñanza y terminando su aventura profesional y el largo camino iniciado a los 14, en la década de 1940, aunque siguió después impartiendo clases particulares hasta cumplir los 83, con el fin de reequilibrar sus haberes pasivos. Y, después de dedicar toda su vida a la enseñanza primaria, falleció, soltera y a los 84 años, en Fisterra, el 18 de julio de 1959.

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