Fisterra nunca llega a su fin del mundo


Al igual que con los Guti o Djalminha o Mágico González del fútbol, Fisterra, ahora más de relieve aún si cabe a cuenta de la serie de Netflix, no se libra de esa sensación de que tiene mucho más juego en las botas del que se materializa en los resultados. El cementerio de Portela es un ejemplo, pero habría decenas, porque el mascarón de proa de la Costa da Morte, en lo turístico y en lo simbólico, siempre se topa con algún iceberg que le impide redondear esa singladura gloriosa a la que parece estar abocada por historia, por tradición, pero, sobre todo, por posición en el mundo.

Tiene Semana Santa, tiene entroido -lo acabamos de comprobar-, ha tenido y sigue teniendo más que dignos representantes en poesía, narrativa, teatro, televisión, deporte, música, navegación... incluso en inventiva y en eso que ahora está tan de moda que es el emprendimiento y la automotivación. Cuenta con su singular faro, el Monte do Cabo, las Pedras Santas, el Cristo da Barba Dourada, Santa María das Areas, Duio, Castromiñán, las leyendas del Ara Solis y la Orca Vella, el icónico final de la ruta de peregrinación más importante de Europa y un patrimonio subacuático, con barcos de armadas reales incluidos, solo comparable al del estrecho de Gibraltar.

Y con todo eso sobre la mesa, da la impresión de que siempre va haber alguna piedra en el camino, como el mojón del kilómetro cero que ahora falta, que impide ponerle la guinda al pastel y que toda esa potencia se transforme en acto por encima de las eternas esperas. Que hay un barco que simboliza su historia reciente, se lo desguazan. Que cuenta con una playa única para ver morir el sol, se ahogan peregrinos en ella. Que el faro es de los puntos más visitados de Galicia, lleva más de un año cerrado. Que los peregrinos llegan por decenas de miles, surgen los incendios, las acumulaciones de basura en el Monte do Cabo y los albergues patera. Que una lancha recuerda parte de su historia reciente, se pudre en Cee. Que el pueblo se convierte en destino de segunda residencia, la recta da Anchoa acaba dominada por el desastre urbanístico. Que inventan una forma de extraer navaja, se la quieren prohibir. Y así hasta donde se quiera: centro de salud, plan general, carretera del faro, puesta en valor de los castros, plan director del Monte do Cabo... Pasan los años, los gobiernos, alguna generación ya y Fisterra sigue siendo Fisterra, con todo lo bueno, que lo tiene y mucho, pero también con rémoras, que, sin que se explique nunca muy bien por qué, impiden ese despegue definitivo hacia una excelencia en lo turístico, lo cultural y, por añadido, en lo económico, a la que está llamada y que, antes o después, tiene que alcanzar.

Autor J. V. Lado CIUDADANA

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