El goteo incesante de muertes


La familia de Jim Ha Cho, el surcoreano de 41 años que lleva dos semanas desaparecido en Cabo Fisterra, se preguntará allá en la distancia por qué a su hijo o su hermano se le ocurrió hacer el camino de la purificación y llegar hasta el extremo de Europa para perderse para siempre. Un dolor lejano bañado en lágrimas, pero tal vez sea demasiada distancia para conmover, como si los desconocidos no tuviesen corazón. Lamentablemente, Jim Ha Cho no es el primero. Antes, Leroy Denis Paul Valentín Louis, de 49 años y llegado de cerca de Brest (Francia), dejó su piel también en Fisterra. Igualmente en su casa y en la de sus familiares seguirán preguntándose qué razón llevó a su persona querida a acercarse al balcón atlántico fisterrán, qué hado lo atrajo hasta tal punto de atraparlo para siempre. Un ser querido seguirá desconsolado y con un hueco imposible de llenar en sus entrañas. Pero también a los padres y hermano del alemán Max Hildert, de 20 años, se le habrán derrumbado muchos muros vitales ante la pérdida del chaval. O los allegados de Adrián Ruiz de Munuera, de Fuenlabrada, que como era de aquí hubo más diligencia en recuperar su cuerpo. En su hogar dejó, como los otros, un profundo agujero, de esos que hacen cambiar de ritmo el corazón, que unas veces se acelerará y otras reducirá sus frecuencias dependiendo de la angustia de un recuerdo imposible de borrar. O la llaga interior por la pérdida de Francisco Javier Azcona, navarro de 34 años, que como los otros vivió en Fisterra sus últimos momentos. La euforia de pisar el último rincón de la tierra europea lleva a peregrinos y visitantes a embriagarse del paisaje sin mirar los riesgos. Seguramente la madre del italiano Guilio Rico, de 26 años, aún no se hizo a la ausencia de su hijo, que también se dejó embriagar por la fascinación del inmenso Atlántico, que lo atrapó como el saurio sorprende a sus presas distraídas. Una ristra de vidas perdidas entre las piedras y las arenas de Fisterra que no ha servido para que se tomen medidas y evitar este incesante goteo de muertes. Una sociedad avanzada trabaja en la prevención. Una sociedad que no lo está, pierde el tiempo en lamentaciones. Un sol en prevención, ahorra diez en reconstrucción, decía un periodista peruano. Aquí se gastan muchos en búsquedas y operaciones de salvamento. El Camiño no puede convertirse en una vía de la tragedia. Si unos organismos no tienen medios, tendrían que ser los otros (de entes públicos andamos sobrados) para echar una mano y evitar esta cadena de dolor. La gente tiene que venir a disfrutar y a tener vivencias enriquecedoras, no a morirse. Piscina de Cee. Se han cumplido los peores presagios y al final se ve que llevaban razón los primeros trabajadores díscolos que dieron la voz de alarma y que fueron despedidos con viento fresco. Los empleados con los brazos cruzados y los usuarios, cerca de un millar, sin piscina. Colectivos, como Aspadex y Apem, ponen el grito en el cielo porque las instalaciones formaban parte de la terapia de sus miembros. Una piscina es la infraestructura deportiva más democrática. La usan gentes de todas las edades y condiciones. Un campo de fútbol es solo para 22 individuos, y los domingos, pero el agua permite que todo un pueblo haga ejercicio. Es salud y una necesidad colectiva evidente. Lleva cerrada desde abril y ahora hay que añadir un semestre. ¿No deberían replantearse algunos concellos gestionar directamente estos servicios? En Carballo funciona.

Una buena ciudad es cosa de todos

 Una semana sobre la movilidad, siete jornadas para la reflexión. La calle necesita humanizarse. Ha de estar al alcance de todos, incluidos niños y viejos. Mientras ellos no puedan andar seguros quedará mucho alquitrán que conquistar. Hay aún enormes lagunas. En Carballo piden semáforos acústicos para los invidentes, orden en las mesas de las terrazas, señalización adecuada de las obras o que todas las aceras sean accesibles para sillas de ruedas y carritos de los bebés. Unas demandas exigen inversiones, sentido atinado de los técnicos o el cumplimiento de normas ya existentes. Otras claman por una mayor conciencia ciudadana: ese vehículo aparcado en los espacios para personas sin movilidad, las deposiciones de perros, el coche estacionado cuyo morro invade gran parte de la acera, cuando no un auto atrapando un espacio peatonal. Los coches siguen dominándolo todo y los ciclistas asumen muchos riesgos. Dice el italiano Francesco Tonucci, el apóstol de la humanización de las ciudades, que a más niños en la calle, mayor seguridad, y que la casa puede ser tan peligrosa como la rúa. Las vías conquistadas por los pequeños, los ancianos y las bicicletas no solo se hacen más humanas, también se enriquecen. Andar a pie revaloriza los comercios. En la calles Coruña o Valle Inclán lo saben muy bien.

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