Una tragedia que nos ha abierto los ojos


Fisterra, esa proa enfilada al Atlántico, es destino y preocupación constante. Hay que congratularse de que los equipos de rescate hayan sido eficaces y, en apenas en un par de jornadas, localizasen el cuerpo del enésimo peregrino que paga con su vida la aventura de caminar hasta el extremo, ese mito que atrae a Europa entera desde el principio de los tiempos. El episodio de la lamentable pérdida de Adrián Ruiz, un joven de 25 años que ha culminado su camino en las frías aguas del cabo, debe abrir, al menos, dos reflexiones. La primera es que, a pesar de la gran cantidad de víctimas que pagaron con su último aliento el viaje por los mundos interiores y exteriores de Fisterra, nunca se ha tomado medida alguna para evitar estas tragedias. Solo la mera búsqueda de cadáveres, que, no nos engañemos, cuesta lo suyo, en horas laborales y medios fabulosos. Son demasiados los episodios como para que ningún organismo se haya preocupado de poner fin a este goteo permanente de desgracias. Como si la pérdida de peregrinos formase parte del tributo de la más grande aventura que se ha venido sosteniendo siglos y siglos. Esa misión excitante de llegar a Fisterra, que es el Fin del Mundo legendario, pero no puede seguir siendo el fin de la vida de los que se ven arrastrados por su magia. Su misma grandeza puede venirse abajo si continúa este carrusel. En el Concello anuncian medidas o muestran su intención de tomarlas, al menos. Pero ya lo han hecho en otras ocasiones, aunque las iniciativas o no existieron o fueron insuficientes y acabaron siendo inútiles. Como si no se hubiera tomado en serio el permanente y persistente goteo de sacrificios de vidas humanas, la mayor parte de ellas jóvenes. Fisterra pide a gritos un plan, uno que guíe hacia el futuro la gloria que ha ido acumulando durante la historia. Incluso para garantizar el futuro de su economía. Una estrategia que abarque varios ámbitos: acciones, formaciones e informaciones, además de actuaciones concretas. En otros lugares de Europa, puntos también alimentados por la fábula o agraciados por la naturaleza con paisajes exclusivos, han instalado incluso vallas, aunque muy ajustadas al entorno: en el Land?s End inglés, Cabo da Roca en Portugal, los irlandeses cantiles de Moher o el Tintagel artúrico. Aquí ni siquiera hay advertencias con indicadores o señales adecuadas al respecto. Si Fisterra se hubiese tomado en serio su destino hace tiempo, ni siquiera se atreverían a pintar su templo de colores.

La otra reflexión es que la fatalidad ha escogido en esta ocasión a un policía nacional como víctima, lo que ha abierto muchos ojos. A algunos se los dejó como platos. Esta lamentable tragedia ha permitido descubrir en la Costa da Morte que este cuerpo de seguridad estatal tiene también equipo de submarinistas. Antes nunca se había visto. Y también ha permitido comprobar lo que es un verdadero despliegue de equipos de rescate y una eficacia digna de elogio, pero tan ausentes en tantas otras ocasiones. Un peregrino italiano luchando minutos y minutos contra las corrientes sin que nadie lo socorriese. Ausencia total de preocupación ante un alemán desaparecido en las aguas mansas de Langosteira. El joven de Lires que apenas despertó el celo de quién debería haber puesto más ahínco en la búsqueda. Lamentable constatación de que aún parece haber ciudadanos de primera, segunda o tercera. Una confirmación de que la sociedad ha dado marcha atrás y la igualdad de trato parece aún una quimera.

Transporte en fase de liquidación

Dulce es la vida para quien no ha sufrido nunca necesidades. Es una frase trucada de Píndaro para tratar de que se entienda lo que sucede con el transporte en la Costa da Morte. Si los gestores públicos no quieren ponerse en el caso del que sufre las carencias, difícilmente se resolverán los problemas de quien las padece. Hay mucha gente que pierde oportunidades: de estudiar, de sanarse, de resolver sus problemas con la cada vez más complicada administración o, simplemente, darse una vuelta para ver a amigos o familiares, cuando no ir a un cine, un teatro o una exposición, que para eso la gente es libre y puede hacer lo que su voluntad le dicte.

   Santiago está a 50 kilómetros de Carballo, pues ni así un estudiante tiene posibilidades para hacer lo que es fácil en otros lugares: salir por la mañana temprano, ir a clase y regresar por la tarde. Durante varios decenios jóvenes de la comarca se desplazaban desde sus pueblos hasta Carballo para hacer el bachillerato. Hoy en muchos de ellos es imposible. El transporte público parece en fase de liquidación. La conselleira dio un golpe en la mesa y exigió la reposición de líneas, pero, de nuevo, han hecho oídos sordos. A menos servicio menos actividad, a menos actividad menos población. Y así hasta el final.

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