Luis, el becerro que acompaña al bar a su dueño

Un vecino de Dumbría tiene un ternero de 4 meses que va con él de paseo a diario, y es manso y obediente


carballo

Se llama Luis y es un becerro de cuatro meses que se comporta, en algunos casos, como un perro. Sí, Luis, que ese fue el nombre que quiso darle su dueño, José Antonio Valiña, de Dumbría, cuando se lo regalaron hace unos tres meses, cuando apenas tenía uno de vida. Y ya le quedó.

Aún es poco tiempo, pero promete. Es animal de compañía a todos los efectos. Toda la vida, en todas las casas con vacas criadas de manera tradicional (algo ajeno a los nuevos modelos productivos desde hace años) se han llevado alguna vez a los terneros, becerros, cuchos o xatos a pastar a algún prado, en grupo con el resto de reses o atados con la cuerda. No es el caso de Luis, que camina libre siguiendo a Valiña por los caminos de su parroquia, en Olveira. Una vez, no hace mucho, incluso lo acompañó a la taberna. Esperó fuera pacientemente a que saliera y se fue de vuelta a casa. No es descartable que repita la acción.

Cada día dan largos paseos, por ejemplo entre la casa de Valiña, en Vilar, y Regoelle, ambos lugares en la parroquia de Olveira. Esta semana, por la tarde, ya cerca de las ocho, bajaban ambos hacia el centro de Regoelle con perfecta parsimonia. El ternero aún es muy joven y, por tanto, juguetón. Muy cariñoso, nada miedoso ante los extraños, aunque con el lógico recelo si hay perros cerca.

Lleva un collar de cuero alrededor de su cuello, no como elemento de sujeción, sino porque a Valiña le gustó. Y hasta le queda bien. «Debería de ter un cascabel tamén», bromeaba un vecino, que están sorprendidos con la evoluciones de Luis, aunque también reconocen el mérito de su amo para instruirlo, un gran amante de los animales desde siempre.

Lo curioso es que en su casa no hay vacas. Se hizo con el animal mediante un regalo que le hicieron en una explotación de Mazaricos, donde había ido a ayudar en un ensilado. Un regalo infrecuente, pero bien recibido. Lo que muchos harían con él es criarlo para llevarlo al matadero, ya sea para ganar unos dineros, o para aprovechar la carne. Valiña ya no lo ve tan claro, porque le está cogiendo mucho apego. Y el animal corresponde. Come bien y mucho, sobre todo a base de pienso, harina de maíz y hierba seca. Tiene un cocho (pequeño cobertizo) para él solo. Y en las salidas diarias a pasear por los caminos de la parroquia va aprendiendo las órdenes del dueño. Responde a la primera, y no se lía si hay gente alrededor. Pasados unos minutos de aceptar arrumacos y elogios de los presentes, de lamer la mano de su propietario, este se gira, da la vuelta, comienza a andar, le dice «Vamos», y el ternero se da la vuelta también y allá que se va detrás de él, camino a casa.

Curiosamente, también en Dumbría se crio, en sus primeros meses, Quinín, el célebre cerdo comprado en la feria de Senande, Muxía, que acabó sus días de gloria y bonanza en una finca de Carral. El futuro de Luis, por ahora, está más cerca de la hierba y el sol que de la sala de despiece.

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