FOTOS CON HISTORIA | EL PUENTE DE O ÉZARO | «Onde están as casas era canteira»

María Castro trabajó de los 17 a los 19 años en una obra que supuso una auténtica revolución técnica y social en la zona


cee / la voz

Que la llamasen para participar en la construcción del puente de O Ézaro, al igual que a otras muchas jóvenes de la zona, a cinco pesetas el jornal, «os homes cobraban 10 e os canteiros que sabían, 15», fue casi un descanso porque venía de transportar troncos «á cabeza» de los que sacaban los maderistas del monte y antes ya había llevado pescado por las aldeas o el estiércol para cultivar las escasas tierras de las que disponía su familia como tantas otras «porque a terra tíñana catro».

María Castro Lema, que en cuanto se conversa con ella un rato resulta difícil creer que tenga ya 90 años, es de la poca memoria viva que queda de aquella obra histórica. De hecho, ella recuerda los tiempos en los que se cruzaba la desembocadura del Xallas en barca. «Íamos á festa ao Pindo, a San Crimenzo, que era en agosto, pero raro era o ano que non había un chuvasco grande. Acórdome que bailei cun dos mozos que era de Salamanca e á volta tapoume coa súa gabardina. Non me mollei para nada», relata.

Eran los tiempos muy duros de las posguerra en los que la construcción del puente, por la que se llevaba esperando en la zona desde la tragedia de 1902 cuando murieron ahogadas 23 personas al zozobrar la barca que unía las dos orillas, por lo que supuso todo un acontecimiento técnico y social.

«Tiñamos unha machacadora de pedra a corrente e onde están agora as casas [en el acceso a la cascada] non había nada, aquilo era unha das canteiras das que se sacaba a pedra. Chamábanlle sillares e os canteiros facíanlle o leito e sobreleito e máis os lados a escuadro, o único que non ía traballado era a parte de dentro, porque despois iso ía recheo e non se vía», detalla María, que llegó incluso a «barrenar con outra chavala» y recuerda como las mujeres transportaban los cubos de arena de tres en tres en una carretilla plana «que despois cambiaron porque nas costas os caldeiros esvaraban e caían».

Al contrario que una de sus hermanas, 13 años mayor que ella, «que estivo ata o final e foi á festa», la de inauguración y todos los actos que se celebraron por aquella época, como una misa de campaña con los militares en la playa, María solo estuvo desde los 17 a los 19 años, porque la mandaron a construir «o funicular de Castrelo», dentro de las obras de generación hidroeléctrica que se estaban llevando a cabo.

De todo aquello la nonagenaria guarda viva memoria, especialmente de cómo hacían los bloques de hormigón, o como una máquina succionaba arena del fondo para asegurar los cimientos «e despois paleábana catro mulleres». Inclusa cita por su nombre a los técnicos venidos de fuera, uno de los cuáles ya viudo acabó casándose y teniendo un hijo en la localidad. En definitiva, toda una revolución y no solo en cuanto a comunicaciones.

«Morréronme dous irmáns da silicose dos túneles. Aquilo non era para min, afogaba ao entrar»

María es la única viva de seis hermanos, cinco mujeres, una de las cuales trabajó en el puente de principio a fin. «Morréronme dous irmáns da silicose dos túneles de Castrelo. Aquilo non era para min. Fun unha vez un sábado á forza porque había que levar carbón e afogaba xa ao entrar», recuerda la mujer con la memoria de su familia presente.

La protagonista

María Castro Lema cumplió 90 años el pasado 14 de agosto y, pese a las penalidades que tuvo que soportar durante buena parte de su vida, conserva un buen estado de salud y una memoria enciclopédica, que le permite recordar al detalle su trabajo en la construcción del puente de O Ézaro, de las instalaciones hidroeléctricas de Santa Uxía o en el astillero Sicar de Cee. Sobre su cabeza ha transportado desde pescado para vender por las aldeas hasta madera y toneladas de arena, piedras y cemento para las obras en las que empezó con 17 años.

La foto

La instantánea muestra el puente ya muy avanzado, pero todavía sin finalizar. Se observa perfectamente todo el trabajo de cantería realizado en ambos estribos, que se sustentan sobre unos cimientos que en algunos casos superan los 25 metros de profundidad, algo necesario para encontrar lecho de roca en un terreno eminentemente arenoso. Se construyó un puente provisional de madera y la línea para los cubos que se ve sobre el arco, movida por un cabestrante que accionaban cuatro mujeres a través de un sistema de manivelas. 

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