Un árbitro para cada acto público


¿Cuánto vale el tiempo de un alcalde, o de un concejal, o de un gaiteiro, o de un periodista? A juzgar por las escenas que se repiten un día sí y otro también en la Costa da Morte -cabe pensar que en el resto del país pasa tres cuartos de lo mismo- parece que bastante más que el común de los mortales. De otro modo costaría, y mucho, explicar cómo es imposible que cualquier actividad programada empiece a su hora. Da la impresión de que la puntualidad genera algún tipo de urticaria que ni todas las uñas del mundo sincronizadas alcanzasen a rascarla. Es más, ya se ha convertido en costumbre hasta el punto de que si un acto, o la visita de alguien más o menos señalado no se hace esperar le falta caché. Está instaurado el complejo de estrella del rock o de gran líder político que aguarda a que el auditorio esté lleno y deseoso para hacer su entrada triunfal.

Lo que pasa es que en la sociedad del siglo XXI ya no quedan ni césares ni coliseos con lo que, el que más y el que menos, tiene vida. Así, con esta dinámica lo que se generan son ineficiencias y frustraciones, que afectan hasta a los niños -todos sabemos que el tiempo pasa a diferentes velocidades dependiendo de la edad- que acaban hastiados cuando realmente empieza aquello por lo que estaba esperando. Da lugar a ineficiencias porque el don de la ubicuidad sigue por inventar y hay gente -llámenla rara- que tiene que hacer más de una cosa al día y, aunque nunca se cumpla, tiende a programar la jornada en base a los horarios previstos y anunciados.

En el terreno de las disculpas cabe de todo y, por lo tanto, tendría sentido ser comprensivos porque hay actos difíciles de organizar, que implica a muchas personas, gente que viene de otros lugares, infraestructura... Vayamos pues con un ejemplo: precisa de cortar hierba o rastrillar caucho, cuando no de desaguar charcos para contener el barrizal. Participan un mínimo de 23 protagonistas, que pueden ser hasta el doble y varias más de refuerzo para aprovisionar material, organizar estrategias, garantizar el agua caliente, sortear un jamón... Incluso se dan casos de que hay otras docenas, a veces hasta centenares, que se tienen que desplazar hasta el mismo sitio, puede que desde Ribadeo, Cangas, Lalín o Coristanco. Necesita iluminación artificial muchos días, megafonía las más de las ocasiones, botiquines de primeros auxilios y, en determinados casos, incluso está prescrita la presencia de una patrulla de la Guardia Civil.

Curiosamente, con toda esta parafernalia y bastante más detalles que lleva asociados, salvo raras excepciones el fútbol empieza a su hora. Así que a ver si la solución va a ser poner un árbitro y un silbato en cada acto público.

Autor J. V. Lado CIUDADANA

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Un árbitro para cada acto público