Las abejas


Fonteboa es la sede oficial del club Amigos das Abellas, del que forman parte desde alumnos del centro hasta jubilados de Trazo, pasando por ganaderos de Vimianzo o naturistas de Coristanco. Aunque pudiera parecer que el mundo de las abejas es relajante, lo cierto es que la mayor parte de los apicultores se toman su labor con una pasión que resulta desconcertante.

Con los años, la mayor parte de los dueños de las colmenas han aprendido a comprender a estos insectos laboriosos y organizados, que tienen una estructura social que ya querríamos los humanos. Muchos de los que poseen enjambres son simplemente agricultores jubilados, que no pudieron ir a la escuela, pero que se han convertido en sabios a base de tener contacto con las abejas.

Ahora han puesto en marcha un servicio de rescate de enjambres. Se han dado cuenta de que no nos podemos permitir perder ni una sola abeja y que debemos salvarlas cuando se confunden y montan su colmena en una silveira, el alero de una vivienda o incluso el parachoques de un coche.

El comando de rescate sale en los momentos en que no preparan trampas contra la avispa asiática, que no es la principal enemiga de las abejas, pero sí la que está más a su altura. Antes de que la velutina se plantara ante las colmenas para arrancar la cabeza a todas las que asoman por la puerta, los herbicidas y demás productos químicos hicieron una auténtica escabechina.

En muchas ciudades intentan recuperarlas, permitiendo la apicultura en los terrados, mientras las abejas tienen que alimentarse en las terrazas y los jardines. Quizá sea el principio de la solución.

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