El camino de la vocación pedagógica

De Murias de Aller a Coristanco, aprendiendo de las experiencias en todo momento


Al empezar a escribir sobre uno invade cierto pudor: no resulta fácil expresar sentimientos y vivencias que puedan ser entendidas e interpretadas adecuadamente por todos los lectores. De ahí la resistencia inicial a vencer antes de enfrentarse al folio en blanco. Ya desde antes del COU tenía claro que enfocaría mi formación y futuro profesional hacia la educación: siempre me había atraído, tal vez animado por el buen ejemplo de mis maestros. Terminados los estudios de Magisterio, uno empieza a buscarse la vida (clases particulares, sustituciones...), simultaneando con los estudios del llamado «curso puente» para acceder a la licenciatura, y por supuesto, sin olvidar los ineludibles deberes para con la patria, la mili.

Bienvenido al sur

En 1981, inicio mi vida profesional en serio: surge la oportunidad de trabajar en Lora del Río (Sevilla), en una escuela familiar agraria que impartía formación profesional agraria de primer grado. Allá me fui, no sin antes de vencer resistencias: suponía atravesar la península. Fue un año enriquecedor en el que aprendí, por ejemplo, que el algodón es un cultivo, que la remolacha se destina a la industria azucarera, que las plantas de maíz del sur son más grandes que las del norte y que los cítricos no solo se producen en Valencia. Pero lo que más me sedujo fue el sistema pedagógico, en la línea de los postulados de la Escuela Nueva y de las corrientes pedagógicas más innovadoras. Este sistema lo habían inventado un pequeño grupo de agricultores franceses en 1935 y en España se había incorporado hacía pocos años.

En el pueblo

Aunque mis inicios profesionales son en la provincia de Sevilla, remedando a Antonio Machado, mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero, sino de Murias, pequeño pueblo del concejo de Aller, en la hoy denominada comarca de la Montaña Central. La actividad predominante era la minería, complementada por una agricultura y ganadería de subsistencia que ayudaban a sostener las economías familiares. En el pueblo había una escuela unitaria en la que se cursaba la escolaridad obligatoria; allí un maestro atendía a alumnos de varios niveles y edades dispares. Las expectativas de los mayores eran salir pronto de la escuela y ponerse a trabajar en la mina. Estos deseos no siempre coincidían con los de los padres, que aspiraban a poder ofrecer un futuro mejor para sus hijos.

Asistí a esa escuela no más de dos cursos, pues en esos años el Ministerio de Trabajo había establecido becas para que los hijos de los trabajadores pudieran estudiar (universidades laborales y entidades educativas similares). Mis padres tomaron esta decisión con los cuatro hijos. Yo fui el primero; estuve interno en Oviedo desde los 7 a los 17 años, unos años exigentes pero fructíferos, en los que se forja el carácter y amistades de por vida. Regresábamos al pueblo en vacaciones.

Por eso cuando en los estudios de bachillerato nos obligaron a leer El Camino, de Miguel Delibes, novela en la que el autor recrea la vida de un pueblo de la España rural de mediados de siglo XX, resultaba fácil reconocer el entorno social e identificarse con los personajes. Con los años he disfrutado releyéndola varias veces. Otro Camino que ha influido en mi itinerario vital ha sido el escrito por Josemaría Escrivá, pues sus sentencias y consejos me resultaron muy aleccionadores y de gran ayuda; lo conservo y lo consulto con frecuencia.

Bienvenido al norte

En Fonteboa trabajo desde el curso 83-84. La opción de estar aquí me resultaba atractiva, pues ya se sabe, gallegos y asturianos, primos hermanos, y un paisaje y una cultura similares y con las mismas raíces. Se impartía por entonces solamente formación profesional de primer grado en la rama agraria; era una escuela pedagógicamente innovadora, pero demasiado pequeña para ser viable económicamente. Había que crecer y anticiparse a los cambios. Y a ello nos aplicamos, con ilusión y esfuerzo, cometiendo algunos errores, pero aprendiendo en todo momento.

Un franco, 14 pesetas

Con la introducción de la formación profesional de segundo grado (Administración y Dirección de Empresas Agrarias), en el curso 1987-88, abrimos una vía de colaboración con centros de formación de las Maisons Familiares Rurales, de los que hemos aprovechado su experiencia más amplia, y a adaptar iniciativas de éxito. Estos contactos nos han permitido participar en variados programas europeos (Sócrates, Comenius, Leonardo, Erasmus +). En 25 años que llevamos de intercambios con Francia, unos 400 alumnos de formación profesional han podido realizar stages de formación en explotaciones agrarias de Aquitania, Pays de la Loire y Poituou-Charentes. Y cerca de un millar de profesionales de la zona han viajado a esas regiones en los programas que anualmente se organizan. En los primeros viajes había que andar cambiando y descambiando francos por pesetas; el euro ha simplificado las cosas.

No me imaginaba que el estudio del francés en el bachillerato tendría tanta importancia en mi periplo profesional. Y continuamos aprendiendo, pues la educación debe ser dinámica y la función de un buen docente, así lo creo, no es transmitir conocimientos, sino poner a las personas en disposición de aprender, ser un buen catalizador, ser útil, dejar poso, procurar que la vida de uno no sea estéril.

Quién es. Luis García Fernández nació el 29 de septiembre de 1958 en Murias, concejo de Aller (Asturias). Luis es director del centro de promoción rural EFA Fonteboa (Coristanco), merecedor recientemente del Premio Bergantiñán do Ano por parte del Padroado Fogar.

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