Corcubión fue tierra de héroes rescatadores de buques hundidos

José González Cereijo creó una empresa de salvamento marítimo en las inmediaciones de la playa de A Viña


Desde finales del siglo XIX, el corcubionés José González Cereijo, Pepito Cereijo, se convirtió en naviero, propietario e industrial de salvamento marítimo. Levantó en la playa de A Viña talleres para el aprovechamiento de chatarra de los desguaces de barcos hundidos. Fue el más importante promotor de esta actividad en la Costa da Morte, y levantó en 1909 un muelle de madera para estas actividades en A Viña. Así creó muchos empleos en Corcubión en el sector del salvamento marítimo que se sumaron a la actividad portuaria y de las conserveras de Quenxe, a los depósitos flotantes de carbón y a los servicios de la capitalidad del partido judicial.

No obstante, el negocio comenzó una lenta agonía cuando González Cereijo falleció, en noviembre de 1912. El 5 enero de 1933 la familia formalizó un préstamo hipotecario por importe de 56.100 pesetas a cinco años de plazo. Ofrecieron como garantía cuatro casas y 21 fincas rústicas. Lo formalizaron con la entidad bancaria Manuel Miñones Barros. Sin embargo, de nada sirvió esta inyección monetaria: el deterioro continuó imparable y, con el tiempo, o fue traspasado o fue vendido el negocio, y la familia González Lago perdió aquella pujanza conseguida por el viejo patriarca, Pepito Cereijo.

Pero, la ría de Corcubión, con otros empresarios, siguió con la actividad del salvamento y desguace de buques. Durante la Primera y Segunda Guerra Mundial los mares de la Costa da Morte, si ya eran un cementerio de barcos y chatarras sumergidos por los numerosos naufragios a lo largo de la historia, se intensificaron por los hundimientos con los ataques de submarinos y aviones a buques en tránsito. Así, se llenaron nuestros fondos marinos de materiales recuperables para hacer negocio.

Al investigar todo ello me encontré con un viejo vecino de Corcubión de la primera mitad del siglo XX, José Yermo Mandayo, nacido alrededor de 1892 en O Son (Cee), un fornido y recio hombretón propietario de una pequeña compañía de salvamento marítimo y desguace de buques. Hacía ya más de veinticinco años en 1942 que recuperaba hierros retorcidos y oxidados, y bronces y otros materiales en estos nuestros mares, todos procedentes de naufragios y hundimientos provocados por las dos contiendas bélicas.

El aprendizaje lo efectuó en EE.UU, donde estuvo emigrado. Trabajó en el salvamento del célebre vapor Turquesa; el María Adaro, que se hundió en Baldaio, en 1933; el Monte Ayala, en Vigo en 1941; y otros buques en la ría de Corcubión. Y en 1932 de los restos del Río Cabriel embarrancado en los bajos del Pedrido. Empleaba dinamita para arrancar los trozos incrustados, algunos en roca viva, y realizaba inmersiones en el fondo marino durante tres o más horas, dependiendo de la profundidad.

El equipamiento de un buzo bien preparado pesaba unos cien kilos, y podía bajar hasta 18 brazas, unos 26 metros. En esa profundidad, la capacidad de trabajo era mucho menor, aunque a 10 y 12 metros era posible permanecer hasta cuatro horas sumergido. Y la vida de los buzos dependía de los tripulantes de su barco que alimentaban en cubierta el compresor de aire trabajando por parejas mientras el buzo permanecía en el fondo. Y dependía de la profundidad para hacerse más frecuente el relevo, porque la labor de los encargados del aparato era fatigosa y delicada: el más leve descuido podía determinar la muerte del buzo.

El apellido Yermo quedó en la historia de los buceadores

Entre las amuras de un pequeño barco matriculado en Corcubión, en septiembre de 1942 doce tripulantes, entre marineros, fogoneros, maquinistas y buzos, y todos ellos con manos callosas forjadas en el trabajo y la intemperie salitrosa, se afanaban en preparar el barco y hacerse a la mar. Y José Yermo Trillo, el hijo de Yermo Mandayo, con 18 años, trabajaba con su padre en el oficio. Por tres veces había colgado sobre su pecho el pesado escapulario que constituye uno de los aditamentos del uniforme submarino, calzado las plúmbeas botas y ceñido en su cabeza la corona del escafandro. Y después de su corta experiencia, explicó a un periodista de La Voz de Galicia que la sensación sobrevenida al bajar al fondo del mar era un poco molesta, que le zumbaban los oídos y las sienes le martilleaban; y que el corazón le oprimía, aunque con un «poco de serenidad» podía vencer los primeros momentos de angustia, propios de aquella. Había que convivir con el miedo. En tanto, su padre, atento a la conversación, vigilante y orgulloso del hijo, sonreía suavemente en una escena que narró el periódico el 23 de septiembre de 1942, en un reportaje del redactor García Puebla.

Unos años después, antes de febrero de 1949 se sumó al negocio del salvamento el hijo político del viejo Yermo, Manuel Xoubanova Blánquez. Creó una nueva sociedad en A Coruña, para seguir con la actividad extractiva a bordo del buque José Manuel. Recuperó ese año los restos de los vapores Barcelona-Unión y Teresa, hundidos en el distrito de Camariñas.

En marzo de 1963 aún seguía activo José Yermo Mandayo, pero quien se enfrentaba al trabajo era su hijo homónimo. En un violento temporal que azotó la ría de Corcubión el día 8, la gabarra cabria Ribadeo arrastró 1as anclas y golpeó un pesquero de la casa armadora Eliseo Torrente, recién botado. Le causó daños considerables y acabó hundido. Dos barcos, el Fernando I, propiedad de José Yermo Mandayo, y el de Antonio Paris López, lograron arrastrar la embarcación sumergida hasta la playa. El pesquero estaba muy dañado.

El veterano buzo José Yermo Mandayo falleció el 3 de octubre de 1966 a los 74 años. Y siguió su hijo, José Yermo Trillo, O Verde, con la actividad y la empresa, que coexistía con otras radicadas en la ría. Y fue uno de los últimos representantes del viejo oficio de buzo, la vieja profesión de desguazar buques hundidos y recuperar sus planchas de hierro y de cobre u otros objetos más o menos valiosos, un oficio que desempeñó durante treinta años. «Íamos a buscar chatarra ou bronces que se usaban para refundir», confesó José Yermo a Gabriel Rivera en La Voz de Galicia del 1 de marzo de 2000. Entre los buques a los que bajó en el fondo de la ría de Corcubión, Yermo Trillo estuvo en el Laracha, un navío de la Transatlántica naufragado en 1904; el destructor Ariete, hundido en los bajos de Lira en febrero de 1966, o el Santa Isabel, que desguazó cerca de la isla Sálvora...

La rutina de su trabajo consistía en sumergirse en el agua, seleccionar el material que quería reflotar, y una vez determinado lo que quería llevar a tierra, engancharlo a una máquina para subirlo hasta el barco y desguazarlo. Una profesión, la de buzo, que, con los nuevos y modernos métodos de inmersión ha desaparecido. Sus métodos de trabajo ya no eran rentables económicamente. Viejos oficios, recuerdos de un mundo distinto... José Yermo Trillo falleció en Corcubión el 9 de abril de 2005.

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