El poético pino de Corcubión necesita savia para revivir

El original secó en 1943 y el sustituto pasa desapercibido sin la atención que tuvo su antecesor


«A este pino solitario / que es un árbol centenario, / profesa veneración / casi todo el vecindario / del pueblo de Corcubión. / Mil veces pudo escuchar / los tiempos del verbo amar / por la noche y por el día; / ¡Si el Pino pudiera hablar, / cuántas cosas nos diría!» (Emerito Paz, en la revista Alborada, agosto 1927).

En Fisterra, la llamada Cruz de Baixar es el símbolo del adiós para la mayoría de los emigrantes que marcharon de su tierra. Lo mismo sucedió con los de Corcubión con su famoso pino a orillas de la ría, una última imagen que grabaron en sus retinas cuando llegó la hora de emprender el viaje de cruzar el Atlántico buscando una oportunidad para sí y para su descendencia, en muchos casos creyendo que podrían volver cuando irse en aquel entonces era irse para siempre. «Era el último amigo que nos decía adiós -el Pino-, si las vicisitudes de la existencia nos llevaban lejos de aquel terruño y era él el primero en recibirnos, ufano, si teníamos la dicha de tornar a nuestros lares» (Labarca, Buenos Aires, 1942).

Y este es el motivo por el que la asociación emigrante ABC del Partido de Corcubión en Buenos Aires, tuvo a bien tomar su imagen para convertirla en su emblema, en su identidad institucional.

Cantado por el poeta festivo Emerito Paz, y por los muxiáns Gonzalo López Abente y Gervasio Paz Lestón, entre otros, el pino de Corcubión dejó profundas huellas en la memoria colectiva de los corcubioneses, y bajo su sombra, al marchar o al regresar, fueron incontables los individuos que contemplaron el bello paisaje de la ría y de la villa, con el omnipresente telón de fondo del pedregal del Pindo y la isla Lobeira grande, convertida en una imagen de postal.

Y no solamente los que se iban o regresaban, también fue el pino de los enamorados, según tradición que llegó a nuestros días, reflejada, entre otros, en los versos de Emerito Paz en 1927 que encabezan esta crónica, o en un artículo sin firma -supongo de la autoría del abogado Alejandro Lastres Carrera- aparecido en La Voz de Galicia del 11 de diciembre de 1943: “¡Pino venerable! Bajo tu sombra bienhechora se recogían los amantes para decirse sus ternezas en los bellos atardeceres melancólicos cuando el Sol -despidiéndose del día- lo llena todo con sus visos, sus colores y sus ráfagas luminosas. ¡Pino centenario! Por tu vera discurrían los poetas, los pensadores, los artistas, los soñadores, los solitarios.., ¡Los hombres superiores! ¡Poético y simpático Pino de Corcubion!”

Línea divisoria

Y, también, de testigo y frontera no bien delimitada, ubicado al lado mismo de la carretera que limitaba con el borde del pequeño acantilado: «Este pino centenario (sic) que a manera de atalaya servía para marcar la línea divisoria entre las villas de Corcubión y Cee, era muy querido entre nuestros comarcanos, por haber visto desaparecer a muchas de sus generaciones» (en el mismo texto). Y más allá del tópico, el pino fue un punto recurrente en aquel entonces, y formó parte de la iconografía emocional y sentimental del Corcubión de antes.

Pero, como todo lo que tiene vida, el venerado árbol se murió de viejo durante la posguerra, concretamente en diciembre de 1943: «Decaído, minado y corroído por la acción destructora del tiempo, el famoso pino de Corcubión, ha venido a tierra, como tronchado por el Rayo de la Muerte... Agobiado bajo el peso de los años y cansado de vivir, el famoso pino muere para siempre. Pero sabe caer con grandeza. Inclinado ante tus restos queridos y con el ánimo contristado, nos despedimos de ti, con estas palabras rituales: ¡Adiós! ¡Adiós para siempre!” (texto sin firma de 11 de diciembre de 1943), dejaba, según el autor, a la mayoría de los corcubioneses en la mayor tristeza, para adquirir después un valor testamentario.

Sin duda, lo cierto es que, aún desaparecido, no dejó indiferente a ningún corcubionés y su reputación no dejó de crecer... Yo no llegué a verlo, y por eso lo busqué en la memoria de otros, y recordarlo es una oportunidad para la evocación, pues durante muchos años dejó un poso de nostalgia en muchos vecinos.

Los intentos

Existieron intentos de plantar otro en su lugar, pero no fructificaron hasta pasado mucho tiempo. En diciembre de 1989, en plena campaña electoral, 46 años después de desaparecer, visitó Corcubión Xosé Manuel Beiras, y el alcalde Rafael Mouzo organizó una serie de actos, tanto electorales como medioambientales. Declaró la jornada Día municipal do Medio Ambiente,  que incluyó la plantación del simbólico pino de Corcubión desaparecido tras la Guerra Civil”. No obstante, en julio de 1995, en la presentación del libro de Miro Villar en la capilla del Pilar sobre el poeta Gonzalo López Abente, el mandatario lamentó: «Intentamos recuperalo, pero debido a varias circunstancias non foi posible», seguramente también por circunstancias políticas y alguna agresión de los más fanatizados. En aquel encuentro, el regidor señaló que «aínda que hai moitas teorías sobre o significado do pino, a máis estendida é a que di que era o lugar de encontro para os mozos de Corcubión e Cee».

Hoy, en el año 2020 luce ya el sustituto del pino de Corcubión cerca del lugar en el que clavó, hundió y fijó sus raíces el desaparecido a finales de 1943. Y existe porque el otro existió. Sin embargo, nada ahora es lo mismo. El actual pugna entre la angustia de la soledad y la melancolía, y en la más absoluta indiferencia. Ya no fascina, da la impresión de que no es patrimonio de todos, tal y como nos transmitieron quienes conocieron al antiguo; ya no tiene aquel sentido que el paso del tiempo ha extinguido, al dasaparecer su antigua significación y prestigio. Tal vez es posible, por tener otra manera de mirarlo, que no deje rastro alguno de resonancia pública, ni los enamorados busquen su sombra, ni los que emigran -que aún siguen siendo muchos- fijen en él sus miradas al irse y no lo graben en sus retinas.

En fin, historias que parecen minúsculas, pero hablan de la grandeza de otros tiempos.

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