Marisol Elorza: «Ayer cumplí 87 años y voy y vengo conduciendo a donde yo quiero»

Personas con historia | Regentó el estanco, que hoy lleva su hija Astrid, y el desaparecido cine de Corcubión. Esta es la historia de Marisol Elorza, memoria viva de Corcubión


cee / la voz

En el estanco no está. En casa, tampoco. «Seguro que la encuentras por aí bajando la calle, pero tarda una hora, porque se para hablar con todo el mundo», sonríe su hija. Pero tampoco. Contesta al móvil: «Estoy en Cee haciendo la compra, ahora en un rato voy». Y viene, pero para el que quiera andar con prisas Marisol Elorza Landa no es una buena compañera de paseo. Hasta una niña de como mucho tres años desde el triciclo le grita con entusiasmo, «Adiós Marisol».

De lo que sí es la compañera ideal es de conversación, porque esta vasca, «de Bilbao, Bilbao», como recalca ella para seguir con el tópico, goza de muy buena memoria y se abre enseguida a todo el mundo. «Fue en lo que me educaron, en tratar a todos», dice. Y la educaron, o más bien se educó, bastante. Aunque ella no lo quiere decir porque tampoco le gusta echarse méritos, digamos que tiene titulación superior por partida doble en dos ámbitos muy distintos y una formación musical más que extensa, que también ha querido inculcar en sus cinco hijos, en algún caso con notable éxito.

La historia de como llegó a Corcubión la explica ella misma: «Mi tío era capitán de la marina mercante y se hizo ayudante marina aquí. Yo vine para pasar un verano, con 19 años que creo que tenía, y ya ves». Esa ya ves, es una vida entera desarrollada en Corcubión, con una amplia familia y, según señala Marisol, «muy feliz». Tuvo un buen marido, cinco hijos y ocho nietos que «ahora como ya está de moda traer a las novias, para las Mercedes que vamos a celebrar seremos 23», sonríe.

Después de aquel primer verano todavía volvió a Bilbao a acabar los estudios y años más tarde, ya casada, se estableció en Santiago para darle la educación que quería a los niños. «Es que la carretera de aquí a Coruña era de piedras. Ibas en el coche [de línea] y volvías al día siguiente», recuerda esta bilbaíno-corcubionesa, que ha visto pasar por delante de sus ojos la historia reciente de la villa. «Es que Corcubión lo tenía todo: juzgado, cuartel, notaría, registro, seguridad social... y hoy aquí no queda nadie. Recuerdo que en casa -en la familia del padre de mi marido eran abogados- aún estaban, que los quitamos hace poco, los enganches donde amarraban los caballos, porque entonces había muchos pleitos por fincas y ese tipo de cosas y venían a caballo», relata.

Sin embargo, lo que le ha dado una visión privilegiada de la evolución del pueblo fueron dos, o más bien tres, de los negocios familiares: el estanco, que ahora regenta su hija Astrid, el desaparecido cine y el carbón, que tenía su marido. «Como el barco que vino el otro día a Cee y más grandes los había aquí todos los días. Venían aquí a carbonear porque era el último punto que tenían antes de salir a navegar. Y no solo eso, el muelle también estaba lleno de pesqueros. Había lonja y llegaban los camiones para cargar el pescado que se desembarcaba. La calle que hay subiendo para mi casa, eran todo tabernas, comercios... el pueblo estaba lleno de vida. Y hoy ya ves, en esa casa no vive nadie, en aquella no vive nadie, allí una persona», va señalando.

El carbón no solo tenía importancia para los de fuera, sino también en el uso doméstico. «Como el carbón no hay nada. Yo tuve cocina de carbón toda la vida. Ponías unas piñas y calentaba muchísimo», explica Marisol, que tiene muy buena mano para la repostería, aunque reconoce que el trabajo doméstico nunca le ha gustado en exceso. Prefería atender a la gente y hablar con ella. De ahí que conozca a todo el mundo en la villa, mayormente a través del estanco. «Teníamos lo que le llamaban la subalterna, con lo que de todos los pueblos de alrededor venían aquí a buscar el tabaco», recuerda, al tiempo que hace memoria de la animada vida que se respiraba en las tabernas y, en general, en todo Corcubión.

El cine era el centro de aquella vida social. «Era una fiesta. Se inauguró con la película de Juana la Loca. Había sesión los domingos, repetíamos los lunes... si había gente se volvía a repetir los jueves y los sábados y con tres sesiones: a las cinco de la tarde, a las ocho y a las 10. En el de las ocho, a la salida sonaba el altavoz y allí se formaba un gran baile», detalla Marisol, a la que el solar de ese cine luego derruido le ha dado algún disgusto en el que prefiere no entrar.

Ahora, con todo eso en la memoria y «una familia maravillosa», se dedica a vivir, pasear, conversar... De hecho dice que este es el primer año que le dan así un poco libre y también de los pocos que no veraneará en Benidorm, después de perder a una gran amiga que le acompañaba. «Yo soy una loca [bromea] y ella era muy buena, así que íbamos por ahí adelante», cuenta la mujer que, ni por aspecto ni por agilidad mental, aparenta para nada su edad. «Ayer [por el martes] cumplí 87 años y, de momento, voy y vengo conduciendo a donde quiero. No dependo de nadie. Ahí tienes mi coche, es viejo, está lleno de golpes pero me lleva a los sitios», incide señalando su Renault Laguna, que sí, tiene unos años. Curiosamente un vehículo de la misma marca que el primero que condujo, hace ya bastante, poco después de casarse, «un cuatro latas», que es como se conocía popularmente el utilitario Renault 4 L.

Y así, entre vecinas (alguna de la familia) que entran y salen del estanco, sin olvidarse de darle las «felicidades, aunque sean atrasadas» por su cumpleaños, iba cayendo la tarde de ayer en Corcubión, que no el ánimo y la buena conversación de Marisol, que de esa queda para rato.

Más nombres con historia

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
1 votos
Comentarios

Marisol Elorza: «Ayer cumplí 87 años y voy y vengo conduciendo a donde yo quiero»