Aquel cálido verano de 1966

En primera persona| «Fue mi primer contacto con el idioma gallego, y como no entendía iba corriendo al lado de mi madre para preguntarle qué significaba cada palabra», escribe Carlos Ameijeiras Miñones, presidente de la asociación ABC de Corcubión en Buenos Aires


En el cálido verano porteño de 1966, aquel sobre con sus bordes azules, rojos y blancos y la estampilla con el rostro del caudillo nos trajo una dolorosa noticia que a mis padres les cayó como un balde de agua helada. Habían emigrado a Buenos Aires dos décadas antes, allí se conocieron, casaron y tuvieron dos hijos. A esa altura, los más de 20 años sin volver a ver a sus padres ya se les hacían poco menos que insoportables y llevaban varios meses ahorrando dinero y planificando el ansiado retorno.

La noticia de la muerte de mi abuela Dolores que traía esa carta fue un golpe muy duro, difícil de asimilar. A Ramiro se le escurrían mares de lágrimas y una gran ilusión entre sus dedos temblorosos que sostenían el papel. ¿Qué hacer ahora? ¿Seguía valiendo la pena continuar con el proyecto, o sería mejor postergarlo hasta que el dolor fuera mitigado por el paso del tiempo? Luego de varios días de discusiones, coincidieron en que a pesar de la inevitable ausencia, aún les quedaban sus otros padres, familia, y su ilusión por el reencuentro con ellos seguía intacta.

Decidieron entonces cerrar el almacén familiar, llenar los baúles, y una gris tarde del mes de mayo, Carmen y Ramiro junto con quien esto escribe, con 11 años de edad y su hermana Silvia con 9, embarcaron en el Monte Umbe rumbo al puerto de Vigo. Luego de 19 días de navegación, que para un niño como yo fueron apenas el comienzo a toda orquesta de una experiencia que me marcó por el resto de mis días, alcanzamos nuestro destino y mientras el barco efectuaba sus maniobras de amarre, ya mi madre explotó en gritos y emoción al divisar a mis abuelos en la multitud que se agolpaba en las terrazas que en esa época asomaban sobre el muelle.

Inesperadamente un baúl se soltó del guinche de la grúa y cayó desde las alturas hasta estrellarse en el fondo de la bodega destruido por completo lo cual aumentó la espera, mucho más cuando mis padres fueron informados de que ese baúl era uno de los nuestros.

Otra nueva dificultad que no menguaría en absoluto su ilusión por el reencuentro, subsanada eficientemente por el personal del puerto.

El reencuentro de mi madre y sus padres fue inolvidable para mis ojos de pequeño. Compartiría con mis abuelos vivos seis meses de convivencia, luego de cuales no volvería a verlos nunca más. Aún quedaba un largo viaje desde Vigo hasta Torelo, parroquia de Salto (Vimianzo). Una camioneta Volkswagen cargada de baúles nos llevó por carreteras angostas llenas de curvas que bordeaban los montes y evitaban las rías ante la ausencia de puentes que acortaran el camino.

Viaje cansador para los mayores, novedoso y deslumbrante para mis ojos bien abiertos, acostumbrados al paisaje de los caminos rectos y las vastas llanuras.

Llegamos de noche a la casa de mis abuelos; el reencuentro de mi madre con sus parientes dio luego paso a las presentaciones, iniciando la relación con nuestra nueva familia.

Una pelota de plástico

De pronto mi primo Pepe me invita a jugar con una pelota de plástico blanca. Yo la pateaba con fuerza y el, cubriéndose con sus manos me rogaba «¡a modiño!». Ese fue mi primer contacto con el idioma gallego, y como no entendía, iba corriendo al lado de mi madre para preguntarle qué significaba cada palabra, hasta que de a poco fui decodificando cada palabra de esa extraña forma de hablar para mis oídos no acostumbrados a la misma.

Tras un muy intenso primer día en Galicia, nos fuimos a descansar. Al día siguiente dio comienzo lo que serían seis meses continuados de convivir en un mundo muy diferente al de niño de gran ciudad, los cuales han marcado mi vida e inoculado Galicia en mi sangre definitivamente. Fue un encuentro con otra Galicia muy diferente a la actual, que daría para varios relatos de anécdotas inolvidables de aquel país con bajos niveles de desarrollo, y que acentúa mi percepción de su enorme progreso en cada retorno, pero en la que ya no encuentro gran parte de esas costumbres, olores y paisajes que han quedado definitivamente en mis recuerdos y en mi corazón.

Nació en Buenos Aires el 19 de mayo de 1955, de familia vimiancesa. Viudo, padre de Federico y Nicolás, convive en pareja con Mercedes Diana Babiche Rodríguez. De profesión contador público, se desempeñó profesionalmente en la actividad privada. Fue legislador de la Ciudad de Buenos Aires de 2003 a 2005. Actualmente preside la sociedad ABC del Partido de Corcubión, centro de referencia de emigrantes de Costa da Morte en Buenos Aires, y una de las grandes instituciones gallegas en el exterior.

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