La imborrable obra de Pepe do Raio

IN MEMORIAM | Gran persona y artista, dejó inacabado un último Carrumeiro, su faro idolatrado


El pasado 12 de octubre, justo un mes antes de cumplirse los 101 años de su idolatrado faro Carrumeiro, José Caamaño López, más conocido como Pepe do Raio, se despidió para siempre dibujando en su cara una infinita sonrisa.

Desde muy joven su vida estuvo vinculada al mar, compartiendo largas jornadas de pesca con los más experimentados pescadores de la Ría de Corcubión, entre ellos su padre, siendo tan solo un niño de 10 años. Más tarde comenzó a cantar en la actualmente desaparecida Orquesta Palma, a la vez que trabajaba tanto en la construcción como en la mar. Todo ello compaginado con la obligatoria asistencia nocturna a la antigua escuela en la rúa Perigros de Corcubión.

Finalizada su mocedad y el servicio militar -ejerciendo labores de electricista en la Estación Naval de la Graña (Ferrol)- junto a su inseparable esposa Inés decidieron como otros muchos gallegos emigrar en la década de los sesenta. Primero Suiza como pintor, Barcelona y finalmente Sutton, en Londres, fueron sus destinos, donde desarrolló su vida y los múltiples oficios de los que hizo gala a su regreso a casa. Establecida la familia de nuevo en Corcubión a principios de los años setenta desarrolla su vida profesional vinculada a la construcción a la vez que da sus primeros pasos hacia su gran pasión, la ebanistería.

Durante unos talleres de carpintería organizados por el Concello y de la mano del por entonces alcalde Rafael Mouzo, donde Pepe ejerció como profesor, se decidió a montar un pequeño taller en el bajo de su casa. Allí comenzó a hacer chalanas, senllas e infinidad de réplicas de buques de época y modernos. No tardó en hacer su primer Carrumeiro -«a ollo»-, como solía decir y realmente lo hacía, tan solo con una fotografía de forma totalmente autodidacta.

Sin duda fue su gran pasión hacer réplicas de su querido Carrumeiro. Cuando pasaba junto a él mientras navegaba jamás perdía la oportunidad de admirarlo desde su barco y coger referencias visuales para luego plasmarlas en sus diferentes creaciones de este centenario faro. Creó infinidad de ellos de diferentes formas y tamaños, colores y tipos de maderas. Tal y como él afirmaba no había dos carrumeiros iguales creados por él. La razón reside en que estaban cada uno de ellos hechos íntegramente a mano. Como cualquier artista que se precie, cada uno de ellos reflejaba su estado anímico y creatividad del momento; y es que él era lo era. Ninguno de sus carrumeiros tiene los mismos escalones, escalas, ni terminaciones; todos son diferentes. Quien tiene uno de ellos hoy por hoy, tiene una pieza única e irrepetible.

Una persona con un halo de vida y «magia», cuya seña de identidad era su enorme derroche de bondad y generosidad sin límites tanto en casa, como con cada uno de los vecinos del pueblo, a los cuales se ponía a su servicio desarrollando su polivalencia profesional y cultural para ayuda, auxilio y disfrute de quien lo necesitase.

Una lluviosa tarde

Finalizando su terrenal andadura y con su último e inconcluso Carrumeiro, Pepe puso rumbo eterno al Carrumeiro una lluviosa tarde del trece de octubre del presente año. En un multitudinario entierro al que ningún vecino quiso faltar para darle su último adiós, se despidió tal y como pasó por esta vida, con esa chispa que le caracterizaba. No faltó ni un detalle, intensa y abundante lluvia durante su sepelio, un rayo en el horizonte que se iba alejando mientras todos llorábamos su irreparable pérdida; y un trueno como banda sonora, que anunciaba su abrazo junto a su padre y seres queridos. Descansa en paz querido capitán.

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