«En el instituto soñaba con una vida bohemia como la de Picasso en París»

Con raíces en Corcubión y casa en Asturias, el escultor Guillermo Lourido estrena una exposición en Fisterra


Carballo / La voz

Estudió restauración de bienes culturales, fue funcionario en un centro de menores y ahora se dedica a la escultura. Guillermo Lourido (1968) dice no haberse ido nunca de Corcubión, pese a vivir desde hace doce años en Asturias y desarrollar allí su actividad profesional. Afirma ser un artista «peculiar», al estar fuera del círculo de galerías y centrarse más en el mundo empresarial, aunque hace poco ha presentado parte de su obra en Fisterra.

-Viene de inaugurar una exposición en el hotel Bela Fisterra.

-Todo surgió porque tengo un par de piezas en la taberna O Ribeiro, en Corcubión, y Pepe supo de mí y de que andaba metido en estos menesteres. Me habló de su proyecto y me ofreció participar con una exposición. Allí tengo esculturas a escala real, pero también otras piezas y personajillos de otros tamaños más pequeños. El principal problema que tengo es el transporte, porque para pequeños encargos tengo una furgoneta y voy tirando, pero si no necesito otro transporte porque no solo es el tamaño, sino que tienen bastante peso.

-¿Qué materiales emplea?

-Trabajo sobre todo con maderas -con diferentes tipos, eso sí- porque es lo más accesible y lo que tienes más a mano. Me interesaría mucho trabajar otras técnicas como la fundición, pero es muy costoso. Últimamente estoy experimentando con la soldadura de algunos metales y con pequeñas piezas de piedra.

-¿Se dedica profesionalmente?

-Pues desde que me vine para Asturias me estoy dedicando a ello, ¡y además soy amo de casa! Tengo dos niñas y me dedico a estos menesteres del hogar.

-Menudo cambio pasar de ser funcionario a escultor...

-Fue bastante difícil. Es muy complicado hacerse un hueco en este mundo de la escultura. Yo ahora mismo estoy en una fase en la que se está comenzando a hablar de mí y a conocerse un poquito mi obra, pero también se necesita un golpe de suerte.

-¿Cuál fue su desencadenante?

-En mi caso tuve la fortuna de que el responsable de una empresa bastante potente de Valencia, JMM (José Martínez Medina), contactó conmigo. Fue algo así como mi mecenas y hoy día me está comprando mucha obra y me la está colocando por todo el mundo: Asia, América, diferentes países de Europa...

-No será lo mismo que dar rienda suelta a la imaginación.

-Realmente me gusta mucho trabajar por encargo, porque significa asumir nuevos retos. Ceñirte a una tarea tiene una gran complejidad y te pone las pilas.

-¿Puede vivirse de la escultura?

-Debería poderse vivir de la escultura, de la pintura y también de la poesía. Pero vivimos en un país que necesita más educación, y sobre todo en el mundo de las sensibilidades artísticas, por lo que cuando nos hacemos mayores no apreciamos nada de esto. Cuando seamos un país culto seguramente podremos vivir de la escultura. Yo tengo por obligación ser optimista, pero no lo sé.

-¿Qué despertó su interés por el mundo del arte?

-Fue estando en el instituto. A mí me interesaba mucho la vida bohemia de los artistas, no tanto su obra, pero sí ese estilo de vida tan peculiar. Yo quería tener una vida como la que Picasso tuvo en París. Ensoñaciones. A lo mejor si hubiese hecho caso de esa llamada desde un primer momento, hubiese tardado menos en llegar hasta aquí.

-Tampoco le ha ido tan mal, y últimamente se le está viendo más por la comarca.

-Sí, además también tengo algo en la galería Stoupa, que contactaron conmigo porque les interesaba tener algo mío. En realidad yo no me marché nunca de aquí, y mi carácter está hecho aquí.

-Expuso hace poco en el Museo de la Sidra, ¿le gusta?

-La primera vez que tomas la sidra no te gusta, es una bebida complicada, pero la segunda vez ya te engancha para siempre.

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