Los nombres de un tiempo perdido

Así fue el paso y la impronta de la Milicia Nacional en Corcubión


En 1856 la Milicia Nacional de Corcubión estaba capitaneada por el teniente de Caballería de Cazadores Antonio Porrúa Valdivieso. Diecisiete años después, en 1873 aparecen como integrantes de esas milicias individuos de entre 18 y 45 años, que dejaron, unos más que otros, su impronta grabada en las desaparecidas piedras de las calles y plazas de la histórica villa de San Marcos, esfumándose otros sin dejar rastro. Los personajes que formaron parte de tal milicia son los que podríamos llamar privilegiados. Son, pues, las llamadas fuerzas vivas de Corcubión, la mayoría de los económicamente pudientes, funcionarios y profesionales liberales que ocuparon el escalón más alto de la sociedad de su tiempo. Son los que habitaron en la plaza principal y en las calles más céntricas, el mascarón de proa social, económico y profesional del Corcubión del XIX.

Dos de esos individuos fueron José y Manuel Agramunt Figueroa, de 37 y 43 años, en 1873. El primero, soltero, armador y capitán del bergantín mercante Liberto, falleció en Almería a principios de 1876 a consecuencia de las heridas sufridas por arma de fuego en un motín. El segundo fue comerciante, ambos vecinos de la calle Mártires. También Francisco del Río Osorio, muxián, de 41 años, vicecónsul en 1875 del Imperio Británico, propietario y fomentador, vecino de la calle Recreo y alcalde de Corcubión entre 1868 y 1872, cargo del que fue separado por ser deudor al Estado o tener comprado bienes estatales que aún, en 1880, no tenía pagados.

Formó parte de las Milicias cuando contaba 18 años el escribano José González Cereijo Pepito Cereixo, cuando residía en la calle Recreo, actual calle Antonio Porrúa. Con posterioridad se convirtió en un importante empresario del sector naval y de salvamento y desguace, con instalaciones en la playa de A Viña. A principios de siglo XX levantó en esa playa unos talleres dedicados al aprovechamiento de chatarra procedente de los desguaces de barcos naufragados, construyendo en 1909 un muelle de madera para una actividad que supuso crear bastantes empleos.

Igualmente integró la Milicia Laureano Riestra Figueroa, nacido en 1834, piloto y alcalde de Corcubión durante la Restauración, del 1 de julio de 1887 al 31 de diciembre de 1890. Estuvo domiciliado en la calle Recreo y fue de él de quién procedió la fortuna que creó el Asilo de Ancianos Desamparados Emilio Alonso. Y, con 18 años, también aparece Constantino Alvarellos Berrocal, que residía en la calle de la Marina, abogado y propietario, casado después con una integrante de la familia Cereijo, de Cee. Posteriormente fue alcalde de la villa de A Xunqueira durante varios años hasta que la enfermedad le obligó a renunciar. Constantino falleció a mediados de 1925.

Asimismo fue miliciano Clemente Constante Carrera Fábregas, de 22 años, abogado, residente en la calle Mártires y hermano de los emigrantes y filántropos, José y Juan Benito. Fue alcalde en varias ocasiones y en 1894 se separó transitoriamente de la política local para pasar a ocupar plaza de Promotor Fiscal en Abra, en la provincia de Manila-Filipinas, retornando tras el desastre colonial para volver a ser elegido regidor. Y, también lo fue el fomentador y armador, propietario del bergantín Mal Genio y de la goleta Camila, José Sagristá Xampén, originario de Sau Pol (Cataluña), casado con Rosa Colomé Trepidó. Sagristá tenía 31 años y residía en el playal de Quenxe, abandonando esta residencia en 1889 y dejando como encargado a José Villaronga Sagristá. Lo mismo sucedió con Francisco Porrúa, de 19 años en 1873, piloto de profesión y de una familia de armadores propietarios de los bergantines San Manuel y Glorioso San Antonio. Vivía en la calle Recreo y fue alcalde de 1881 a 1883.

Teselas del mosaico de nuestra historia

Otros milicianos fueron Benigno Abella Rodríguez, de 30 años, comerciante y residente en la Plaza; José Abella Rodríguez, de 24, comerciante, vecino de la calle Recreo; José María Ballesteros Gil, de 44 y abogado, con residencia en la calle Mártires; Deogracias Bermúdez Díaz, de 41 años, comerciante y vecino de la calle Peligros; José Bernárdez Santamaría, de 40, comerciante y residente en la Plaza; Francisco Buelta Iglesias, de 26 y con domicilio también en la Plaza; Juan Campos Piñeiro, de 39, comerciante y vecino de la calle Recreo y José Canosa Castiñeira, de 44, propietario y con domicilio en la misma calle que el anterior.

Relación

En este marco estaban también Francisco Castiñeira Canosa, de 37 años, tabernero y residente en la calle Recreo; Manuel Cereijo Fernández, de 29, sin oficio conocido y vecino de la calle San Marcos; Marcial Corbacho Figueroa, de 26 y domiciliado en la calle de la Marina; Laureano Díaz Domínguez, de 19, bachiller y más tarde procurador judicial, vecino de la calle Recreo; Indalecio Domínguez Domínguez, de 41 y domiciliado en la calle Mercedes; José Domínguez Martínez, de 36, labrador y vecino de Redonda; Ramón Estévez, de 34 años, domiciliado en la calle de la Marina; Marcial Fábregas Ramón, de 22 y vecino de la Plaza; José Fernández Casáis, de 20, domiciliado en la calle Recreo; José Fernández Monterroso, de 40, piloto y residente en la calle Mártires -lejano ascendiente familiar-; Wenceslao Figueroa Domenech, de 20, piloto y residente en la Plaza; José García Blanco, de 43, comerciante y vecino de la Plaza; Maximino García Blanco, de 36, piloto y residente en la calle Recreo; Andrés Antonio Lago Lema, de 24, vecino de la calle Mártires; Clemente Lastres Castiñeira, de 22, procurador y domiciliado en la calle Recreo; Manuel Lema Valdomar, de 41, marinero y vecino de la calle Prim; Manuel Louro Quintana, de 37, piloto y vecino de la calle San Marcos; Jerónimo Martínez, de 36 y vecino de la calle Recreo; José Moreira Asensio, de 41, marinero y vecino de la calle Mercedes; José Nemiña Ansean, de 28 y vecino de la calle Recreo; José Pazos Villanueva, de 19, abogado y domiciliado en la calle Recreo, alcalde de 1883 a 1884 y 1886 y otros periodos; José María Piñeiro Gómez, de 44, procurador y vecino de la calle Recreo; Jesus Recamán Quintana, de 26 y vecino de la misma calle, emigrando para la Argentina, casándose en 1874 en Buenos Aires con Clementina González; Manuel Recamán Quintana, de 31 años, escribano y vecino de la calle Recreo; José Antonio Rodríguez Cruces, de 36, Agente de Marina y vecino de la misma calle; Eladio Romero Cacheiro, de 23 y residente en la calle Mercedes; Antonio Romero Trillo, de 27, labrador, de A Oliveira; José Romero Trillo, de 30 años y vecino de A Oliveira; Ramón Romero Trillo, de 31, de A Oliveira; Diego Ruíz Casal, de 41, vecino de la calle San Marcos, que entre 1878 y 1879 ejerció como alcalde de Cee y en 1892, cuando contaba 62 años, figuraba como funcionario cesante del Ministerio de la Gobernación. Al año siguiente, en 1893 entró a trabajar en el colegio Fernando Blanco como auxiliar de administración para ocupar el puesto de bedel; Manuel Ruíz Casal, de 35 años, notario y vecino de la calle Recreo; Salvador Ruíz Casal, de 23, propietario y residente en la calle San Marcos; Antonio Stanchey Pernarri, de 33, propietario y vecino de la misma calle; Francisco Suárez Osorio, de 24, abogado y vecino de la Plaza, alcalde de 1877 a 1879 y de 1884 a 1885; y Manuel Vázquez Sánchez, de 28, comerciante y vecino de la calle Recreo.

Hasta aquí hicimos un paseo por los nombres de un tiempo perdido. Más de 140 años han pasado y ya no quedan recuerdos de la mayoría, y más cuando desapareció la vieja necrópolis en donde se enterraron sus cuerpos y también sus memorias, perdiéndose igualmente sus epitafios. No obstante, cada uno de ellos son una de las teselas del mosaico de nuestra historia como pueblo, gentes que compartieron nuestro pasado espacio social y geográfico común.

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