La cárcel de mi pueblo


Es bien conocido que Corcubión tiene una larga tradición como centro judicial. Y, como tal, las cuestiones carcelarias tuvieron especial importancia. Inicialmente la cárcel estuvo situada en el bajo del palacio de los Altamira, pero más tarde pasó a los bajos de un edificio alquilado. El Concello nombraba un alcaide carcelero y contrataba varios alguaciles para atender las necesidades del servicio.

No obstante, por reunir unas condiciones sanitarias precarias y amontonarse los presos, en 1850 el alcalde propuso a los demás alcaldes del Partido, a indicación del gobernador civil, la construcción de un nuevo recinto carcelario. Una vez puestos de acuerdo, el edificio fue construido entre 1854 y 1858, al parecer en el Campo de la Viña, pero finalmente quedó obsoleto, presentando numerosas carencias tanto en seguridad como en capacidad.

Estaba atendida por un jefe, varios alguaciles, un aguador, un médico -cargo que desempeñaron personajes tan reconocibles para la villa como Antonio Porrúa o Emilio Alonso, entre otros-, un capellán -como fue Daniel Ruíz Casal-, un depositario de fondos, un secretario de la junta carcelaria y un barbero.

En 1909 se tomó conciencia de los problemas que acarreaba el recinto carcelario del campo de la Viña, cediendo el Concello otro terreno, también en dicho campo, pero en este caso lindando con el cementerio viejo. El actual edificio se levantó en 1915, de estilo ecléctico, organizado como un volumen en torno a un patio central, con varias celdas, una estancia utilizada como enfermería y una capilla. Al suprimirse en 1931 las cárceles de los partidos judiciales, se gestionó para que se autorizase convertirla provisionalmente en depósito municipal. No obstante, volvió a su actividad carcelaria con la represión franquista. ¡Siempre me tropiezo con ella¡

Sin duda que las viejas paredes de la antigua cárcel encierran más tragedias y dramas que ningún otro edificio del pueblo, como relata Jerónimo Figueroa Domenech, en impresión sobre la cárcel de Corcubión, en agosto de 1920: «Un recuerdo sombrío me trae también ese grabado; el terror mezclado de curiosidad con que miraba a aquellos rostros de expresión dura, que asomaban por las rejas de la cárcel. El aspecto de aquel tétrico edificio dejó una huella imborrable en mi memoria. Mi juicio de niño no alcanzaba a comprender por qué aquellos hombres estaban allí contra su voluntad. Un día me atreví a preguntarle a uno joven que cantaba tristemente tras la férrea ventana, qué hacía allí. Me contestó: ?Estoy curándome?. Entonces no comprendí la respuesta; más tarde supe que hay hospitales para el cuerpo y hospitales para el alma, pero, tan mal atendidos, que los enfermos se mueren o se hacen crónicos».

Por Luis Lamela Historiador corcubionés

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