El circuito de velocidad languidece

Una empresa privada explota una parte del recinto, abandonado tras más de un millón de euros invertidos sin llegar a construirse


Llenó páginas de periódico. Hubo muchas reuniones en su nombre. Se pagó el proyecto: 1,2 millones de euros. Se presupuestó la obra: más de 15 millones de euros. Se aseguró que sería financiada con fondos comunitarios. Se fundó la empresa que lo gestionaría: Cirgave S.A. Se iniciaron las expropiaciones, en una superficie de 2,64 kilómetros cuadrados entre los concellos de Cerceda y A Laracha, con más de quinientos propietarios afectados. Se puso fecha, 1999, a la primera carrera que acogería y hasta se inauguró el edificio de oficinas. «No hay nada, la realidad es que de todo aquello no queda nada», dice José García Liñares, alcalde de Cerceda. Aquello, era el Circuito Galego de Velocidade, el frustrado intento de construir un trazado equiparable a los de Jerez, el Jarama o Montmeló.

Hoy queda un terreno empantanado, una caseta abandonada, pasto de los vándalos, y una pequeña parte del recorrido gestionado por una modesta empresa coruñesa -Motopark- que ha habilitado 1,6 kilómetros de tierra para entrenamientos de motocrós, tras lograr la cesión gratuita por parte del Concello de Cerceda. Nada que ver con aquella pista de asfalto que empezaron a imaginar allá por el año 1990 bajo el gobierno de Manuel Fraga.

«Fue en una comida con un ingeniero de Ponferrada que trabajaba en Meirama. Me considero el máximo impulsor del proyecto. Y, a la vista de lo ocurrido, acabé siendo el único», lamenta Iván Corral, presidente de la Federación Gallega de Automovilismo. En su despacho descansa el diseño original, por el que se pagó más de un millón de euros: un trazado de 4,7 kilómetros acompañado de un complejo faraónico con tres hoteles, un cámping, un campo de golf, locales de hostelería... «Son seis libros. Se hizo también el estudio de impacto ambiental y el de catas y sondeos», recita Corral, que señala al consistorio de Cerceda como el responsable de haber evaporado el proyecto. «La Xunta puso sobre la mesa 600 millones de pesetas que no se pudieron ejecutar porque el ayuntamiento no había iniciado las expropiaciones». Jesús Orgeira era entonces el regidor, pero la pelota recayó después en García Liñares, que tomó el mando en 1995. «Hubo que recalificar los terrenos, no se podía expropiar así como así, sin ver cómo se pagaba todo aquello. Eso llevó su tiempo. Cuando se consiguió aclarar, vino primero el Prestige y Fraga ordenó parar. Se lo presenté a Touriño y ya no fue posible. Luego la crisis se lo llevó todo por delante. Todo fueron reveses», mantiene Liñares. «Parte de nuestro proyecto está enterrado en el Gaiás», sostiene Corral.

«El plan de viabilidad está presentado, podría recuperarse con fondos de inversión e iniciativa privada», insiste el máximo exponente de la federación gallega. «A día de hoy, en las dimensiones en las que se pensó, no lo veo posible. Tendría que ser algo mucho más modesto», contraviene Liñares. Un final escrito sin haber consumado el principio.

Hugo, el niño piloto que inspiró a los actuales gestores

Han logrado hacerse con unos 90.000 metros cuadrados de tierra y acondicionarlos para entrenamientos de motocrós. La segunda vida -si es que realmente llegó a tener una primera- del Circuito Galego de Velocidade viene propagada por una familia coruñesa. «Tenemos un niño, Hugo, que lleva andando en moto desde los cuatro años y nos encontramos con que en la comarca no había recintos preparados para entrenarse», explica Rebeca, que gestiona junto a su marido, Juan Manuel, Motopark Cerceda, la entidad que ha recuperado una parte del recinto.

«Preparamos un proyecto y se lo presentamos al alcalde. Nos dieron facilidades para llevarlo adelante y nos lanzamos». El consistorio les cedió el terreno sin coste alguno y colaboró económicamente para que el 24 de septiembre del 2014 pudiera poner en marcha un circuito de entrenamiento de poco más de kilómetro y medio. «Solemos abrir todos los fines de semana del año, siempre que el tiempo nos lo permita. En verano hacemos jornadas intensivas». La respuesta fue grata y ahora estudian presentar un nuevo boceto con la intención de ampliarlo. «Queremos implicar a la cantera del motocrós, los más pequeños necesitan un espacio para aprender en este deporte y nos gustaría abrir un circuito infantil», avanza Rebeca, que reconoce la búsqueda de algún espónsor para impulsar la ampliación.

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