Si falla la justicia se cae todo lo demás


Ante la grave crisis de credibilidad de la política, de los medios de comunicación, de la Iglesia Católica o la monarquía incluso, lo único que le da verdadero sustento social al sistema es una Administración de Justicia que haga honor a su nombre. Es el recurso que le queda al ciudadano corriente para tener, al menos, la seguridad de que no va a ser pisoteado en lo esencial, como ya lo es en otros muchos ámbitos como el económico o el de las condiciones de trabajo y de vida. De ahí que espectáculos como el de la instrucción de la operación Orquesta, o ahora el caso del alcalde de Cerceda, sean verdaderos puñetazos en el estómago de la arquitectura social.

Por suerte el sistema es lo suficientemente garantista -a veces hasta la desesperación- para que existan maneras de recurrir y deshacer los entuertos que en un momento dado se puedan producir. Sin embargo eso no significa que, en cierta medida, el daño no esté hecho ya, bien porque se pone a los pies de los caballos a gente inocente o porque, incluso peor, la determinación de responsabilidades queda difuminada en medio de una nebulosa en la que el ciudadano ya no sabe a qué atenerse. Se llega al punto de que el ser detenido por la policía o reclamado por un juez no significa nada, más allá del grave daño injustificado que se le infringe a una persona y a una familia, cuando en realidad no habría motivos para ello.

Tener en las manos la libertad de los demás implica una responsabilidad tran grande como la que recae en un cirujano cuando abre un corazón, por eso cabe exigir unos estándares de rigor y eficiencia que casan mal con el mundo del espectáculo. No se puede jugar durante ocho años con los cimientos políticos de una comarca entera y que, a la hora de la verdad, el funcionario de turno, con una consideración y unas retribuciones económicas que quién se las diera al cirujano de antes, se olvide de pedir unos papeles, que era básicamente lo que tenía que hacer y, además, se lo habían advertido.

Se trata de que sea ciega, pero lo de «bruta, ciega, sordomuda; torpe, traste y testaruda» parece que debería dejárselo a Shakira.

Por J. V. Lado CIUDADANA

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