La niñera argentina cumple 106 años

Manuela Suárez Riveiro entonó en su cumpleaños coplas de su juventud en Cerceda


Carballo

«O paxaro cando chove mete o rabo na silveira. Así fai a boa moza cando non ten quen a queira». Así cantaba ayer Manuela Suárez Riveiro, en la celebración de sus 106 febreros rodeada de dos de sus hijos, nietos y bisnietos, en su Xende (Rodís-Cerceda) natal. A Manuela se le va quebrando la voz. «Leva 15 días un pouquiño apagada», cuenta su nieta Maricarmen González, para quien cuidar de su abuela tan longeva «é unha felicidade».

Manuela se acuerda a menudo de una niña argentina que cuidó de joven cuando emigró a América. Tal vez fueron los momentos menos duros de su vida. Aún soltera, ejerció de niñera en casa de un acaudalado comerciante. Aquella pequeña solo quería que la durmiese Manuela. Y no quería ir al parque con nadie más. Viajaban juntas y descubrían muchos lugares a la vez. Pero aquella familia cayó en crisis y le ofreció a la joven de Rodís el billete de vuelta a Cerceda, a la dura vida agraria: levantarse con el sol, revolver la tierra de todas las maneras para sacar el sustento, criar a los hijos y acostarse con la luna para soñar tiempos mejores. «Traballou moi duro», sostiene Maricarmen. Eran tiempos en los que la electricidad no había llegado a aquella aldea de Cerceda, casi vecina muchos decenios después de una central eléctrica.

Se casó con un labrador, Jesús Suárez Souto, con el que tuvo cuatro hijos, José, de 82 años, Manuel, Eduardo y Celestino, el más joven, ahora con 71 años. Eduardo murió con 68. Era el padre de Maricarmen, la nieta cuidadora. Ayer acudieron a la fiesta sus hijos Manuel y Celestino y demás descendientes. En total eran 24 que contagiaban alegría.

De joven, allá por los años 20, Manuela cantaba y tocaba la pandereta en las celebraciones. Y aún lo hacía hasta no hace mucho. Ayer cantó en su cumpleaños. Todavía se acuerda de muchas coplas, pero su voz ya no es tan nítida y los años le endurecieron los oídos. No obstante, los presentes aplaudían felices los alardes de la anciana. Cumplió en la mesa con todos sus invitados y sopló la vela sobre una cumplida tarta. No toma cava porque no le gusta, pero sí le echa un chupito de vino dulce.

En su día a día, Manuela es una persona «tranquila». La vida la curtió tanto que no le gusta molestar mucho. «É unha paz. Ten que ter moita dor para queixarse», explica Maricarmen. Come de todo, pero conociendo un poco su historia no es extraño que su plato preferido sea el caldo de siempre, aunque tampoco le hace ascos al arroz. De todos modos, necesita muy poco para subsistir. Ayer cumplió los 106 años. Está dispuesta a vivir muchos años. «Se me deixan», dijo.

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