La antología del incivismo


Hace un par de años, salir cada mañana de mi piso de Cee solía ser una auténtica odisea. Apenas unos metros me separaban del lugar donde trabajaba por aquel entonces, y los salvaba como podía haciendo un recorrido serpenteante para esquivar la enorme cantidad de heces de perro que había por la acera. Y no era un día, ni dos, ni tres, sino una costumbre bastante arraigada.

En mi anterior apartamento ya no eran heces, sino orina. La inquilina del bajo se quejaba de que cada mañana, al abrir la reja de su comercio, tenía que sacar la fregona para que, al menos, el olor no echara para atrás a los clientes. En el portal de mi edificio, más de lo mismo. Lo mismo le pasa, esta vez en Camariñas, a una buena amiga que tiene una clínica de fisioterapia. Pocos son los días en los que no tiene que armarse de paciencia y limpiar restos animales de todo tipo a las puertas de su negocio.

Aquí en Carballo también se ven, no vayan a pensar, aunque a veces son más bien los humanos los causantes de los desaguisados. Trozos de pizza mordidos, cucuruchos de helado sin acabar en los veranos, bolsas de plástico, heces espachurradas... En la variedad está el gusto. Gestos de incivismo que desmerecen los esfuerzos de una mayoría ciudadana por mantener las calles y parques limpios. ¿De qué sirve que la mayoría de los paseantes recojan los excrementos si después vienen dos o tres que dejan rastro por donde pasan?

Eso en cuanto a espacios públicos, pero es que ni los particulares se libran. Dueños de fincas en la zona de Nemiña se quejaban este año de que muchos veraneantes ocupaban sus propiedades con sus enormes caravanas, o que se aseaban en duchas ajenas, o que dejaban tras de si un reguero de basura después de días de cámping. En Fisterra hay peregrinos que no hacen caso de las advertencias y, aun en pleno verano y con riesgo de incendio, queman sus ropas al llegar al cabo. En A Ferida, Muxía, más de lo mismo. Hubo una época que la fractura entre las dos grandes piedras era usada por los caminantes para dejar recuerdos de su paso por la villa de la Barca. En la última noche de juerga de Año Nuevo una escultura de casi 2.000 euros apareció destrozada frente a una galería de arte de Cee; y hace apenas unos días las botellas de agua que un bar de Carballo había colocado a sus puertas, aparecieron esparcidas y pisoteadas por el suelo. Hay que añadir que en este establecimiento también amanecieron con orines en el exterior.

Una interminable lista de ejemplos que bien podría extenderse mucho más -pintadas en edificios sin terminar y en baños públicos, puertas reventadas, preservativos, cristales rotos al alcance de los niños...- y que siguen produciéndose, y consumiendo recursos públicos, cada día.

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