Más árboles, más flores, más verde


Hace 16 años, Antonio Domínguez, que era alcalde de Cee y ahora quiere volver a serlo, regresaba de un viaje a Perpignan, en Francia, y me enviaba una foto de uno de sus canales, que aún conservo. Ojo: entonces las fotos aún se enviaban por correo postal, o se daban en mano, nada que ver con los tiempos actuales. Al grano. Ese canal tenía a ambos lados dos bandas verdes de césped, además de flores, y árboles más arriba, lo que humanizaba un simple curso de agua. No tardó mucho en dotar de dos parterres al canal que conduce al Recheo, en el que habitan los peces que nadie pescará jamás, pero que nos servían de distracción a los que hemos pasado muchas horas muertas de paseo por Cee mientras esperábamos el resultado de alguna operación en el hospital.

Viajar es lo que tiene, que te abre los ojos si no los tienes pegados. Desde siempre. No hay que caer en el papanatismo de que todo lo de fuera es mejor, porque no es cierto. Hay que fijarse en aquello en lo que nos superan y tratar de imitarlo, así de simple. Gracias a una operación tan simple hemos mejorado mucho. Por eso a Antonio le gustó lo que vio y lo reprodujo. Bien hecho. Ojalá ocurriese así con más cosas. También Fonteboa aprende mucho de sus salidas a Francia, un gran país todavía muy desconocido en España, y eso que es el que más turistas recibe del mundo. Sí, del mundo. Ya sé que es imposible copiar sus comidas a las 12.00 o 12.30. Y sus cenas a las 19.00 o 19.30, y desde luego es ciencia ficción hacer como ellos en los restaurantes y espacios públicos: hablar bajito, no molestar al de al lado. Hace dos días, en una céntrica calle de Lyon, una madre reprendía a su hija porque había gritado solo una palabra. Una. No es inventado, ocurrió delante de mí.

Pero sí que podríamos copiar algunas cosas, como la de Cee. Los árboles, por ejemplo. Ya sé que no hace falta ir a Francia para ver árboles en las calles, porque Santiago, Coruña, Cambre, Oleiros o A Laracha en dos direcciones los tienen y le dan otra vida a sus calles y carreteras. En un barrio residencial de Londres, donde vive mi madre, los árboles son tan grandes que los edificios de cuatro pisos no se ven desde la calle por sus hojas. Y los vecinos protestan no por las ramas, ¡sino cuando las cortan! ¿Se imaginan algo así en Carballo? Árboles por todas partes, en las nuevas avenidas. Incluso flores, miles de flores como en tantas ciudades, o como en Dumbría, sin ir más lejos. ¿Cuántos premios más podrían ganar?

Lo más curioso de todo esto es que la culpa de no tener tanto verde no es solo del gobierno de turno (bastante hemos avanzado). Es de muchos vecinos que ven una hoja en el suelo y ya se ponen histéricos. Viajen, abran los ojos y la mente.

Por Santi Garrido CIUDADANA

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