«La vida de dos, eso sí que desaparece, aquí ahora todo se hace de a cinco»

Las trillizas Paula, Clara y Nadia consumen, y con gusto, todo el tiempo de la joven pareja: así lo cuentan Lucía y Víctor desde Cee


Cee / La Voz

Ambos están en la treintena, supieron a los tres meses de embarazo que iban a ser padres de las trillizas, que ahora tienen tres años, y todo en su piso de Cee se vive a lo triple: las alegrías y los buenos momentos, «que es con lo que te quedas», pero también los esfuerzos para sacar adelante, de repente y sin ayuda, una familia numerosa.

Lucía Sambade Rodríguez (con 25.000 seguidores en su cuenta de Instagram) tiene 30 años y Víctor Louzán Castiñeira, 31. Estudiaron juntos en el colegio Eugenio López, donde este septiembre esperan escolarizar también a Paula, Clara y Nadia, que hasta el momento no han tocado la escuela infantil. En Cee lo descartaron porque el coste se les disparaba -solo hay descuentos para familias numerosas desde el último pleno- y en Corcubión solo quedaba una plaza. «Para llevar a una y quedarme con las otras dos en casa no tenía sentido. Nos dijeron que por ser hermanas tenían que cogerlas a todas, pero no fue así. Eso, por lo visto, solo funciona en las guarderías de la Xunta, aquí había que esperar a ver si quedaban más sitios», explica Lucía. «Ademais, aínda que ela fose traballar -que realmente traballa máis ca min- íasenos o soldo todo niso e así está mellor na casa con elas», añade Víctor, que sí le pide a su jefe hacer guardias y horas extra porque, evidentemente, el gasto de la familia es grande. «Yo pienso que prefiere estar allí», bromea Lucía.

Con todo, se las arreglan y, además, decidieron hacerlo solos. Nada de «deixalas varias días cos avós, nin a durmir nin nada diso. «Claro que nos din traédeas, pero preferimos facer nós á nosa maneira, porque se non despois sempre hai aquilo de faille deste xeito ou eu quero facerlle do outro, así non lle fagas...», explica el padre, mientras la madre añade que la familia de ambos hacen «el papel de abuelos». Muy orgullosos, eso sí, pero no los han convertido en cuidadores de las pequeñas, más allá de las lógicas visitas, que realizan unos a las casas de los otros.

Es más, incluso ellos, que han tenido que aprender de repente todo lo que tiene que ver con la paternidad, se han convertido un poco en la academia para otros padres de la familia que tienen niños aún más pequeños, como el hermano de Lucía. «Aprenderon á conta nosa, porque aquí cambiar cus, baños, comidas,... era un non parar. O que queira aprender que veña», bromea Víctor, que, junto a su mujer, se las ingenia para aprovechar el espacio, que tampoco les sobra. Por ejemplo, serraron los barrotes de las cunas para adaptarlas como las primeras camas de las trillizas y ahora, que ya son algo mayores, les han comprado una litera, que se vuelve triple.

«La matrona nos dijo que contásemos con que teníamos que acostumbrarnos a tener gente en casa para ayudar, quedarse a dormir, y nosotros pensamos: ¿Y dónde la metemos?», recuerda la madre, como anécdota, porque ellos al final no se han visto en esa situación.

Lo que sí reconocen ambos es que el tiempo para hacer cosas solos se ha esfumado. «La vida de dos, eso sí que desaparece, aquí ahora todo se hace de a cinco. Incluso si hacemos alguna escapada vamos todos». «Si, se imos ao súper, a onde sexa, sempre todos, ou como moito van as catro se eu non estou. Aínda que agora xa son grandiñas e xa é outra cousa, xa podes baixar a tomar un pincho pola mañán», dice Víctor.

«Aunque las cosas sean todas iguales, cada una sabe bien cuáles son las suyas»

Mires a donde mires en casa de Lucía, Víctor y las trillizas, todo aparece multiplicado por tres: la ropa, las bicis, los patinetes, los carritos de muñecas, las huchas,... Sin embargo, eso no significa que las pequeñas, porque naciesen todas juntas, carezcan de sentido de pertenencia. Es más, tienen caracteres bastante dispares. «¡Uy! Aunque las cosas sean todas iguales, cada una sabe bien cuáles son las suyas», explica Lucía, para dar a entender que en alguna riña por apropiación de juguete ajeno sí tiene que lidiar.

Ahora es cuando más disfrutan de sus hijas pero, en general, todo el proceso les ha salido a pedir de boca. «El embarazo, salvo los tres primeros meses que no paraba de vomitar, muy bien. Lo único que, como te van diciendo que es de riesgo, que si puede salir mal... acaban metiéndote cierto miedo, con lo que ya no te preocupa que sean tres, en lo único que piensas es en que todo salga bien», recuerda la madre, que tampoco tuvo que lidiar con problemas serios de salud. «Solo que las primeras tres semanas tuvieron que estar en el hospital por el peso, pero luego todo normal. Eso sí, aquí si una coge conjuntivitis detrás vamos todos los demás», señala.

Paradójicamente, no se quejan especialmente por la pérdida de sueño, que es lo más habitual en los padres. A los dos meses las pequeñas ya dormían toda la noche. «O peor era o tema das tomas, porque che levaba dúas horas, durmías unha e despois xa che volvía a tocar», recuerda Víctor, que sí insiste en la importancia de dormir, sobre todo a partir del año, cuando ya se vuelven más revoltosas, pero coincide de lleno con su pareja: «Sempre te quedas co bo».

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